Porque ser insomne significa quedarse demasiado tiempo a solas con uno mismo. Ahí siempre estás tú. Y no deberías.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Calcetines
domingo, 9 de diciembre de 2012
Carta a ella
jueves, 6 de diciembre de 2012
Compadre
— Suena a que no se va a reir nadie.
— Qué va, allí arriba se debe estar descojonando alguien de mí.
— Mientras que no sea allá abajo...
El alto se llamaba algo con jota, Javier, Jorge, algo así, pero ya ni su madre se acordaba y a nadie le importaba, así que era Jota. Olía a demasiado pasado y muy poco futuro, y a tabaco rancio. El gordo parecía, por el contrario, ser sólo presente. Andaba como quemando el último cartucho a cada segundo, reinventandose en cada palabra. No era, por supuesto, un tipo de fiar. Claro que el otro tampoco. Le daba igual como le llamaran, nunca respondía. Así que Jota le decía compadre. Compadre esto y compadre lo otro.
Esa noche bebían cerveza fuerte en el bar de siempre, compartiendo a media voz secretos y cigarros. Hablaban suave queriendo hacer creer que habría alguien interesado en escucharles. Nunca se sabe por dónde te la van a meter, pensaba Jota. — La he jodido.—¿Qué fue, compadre?— Ya sabes, lo de siempre; esas putas— . Cómo no, de putas iba la cosa. De pasarla putas o de pasarla con putas, o las dos cosas.
— La he matado. — ¿Lo has hecho? ¿En serio? No era tan cara—. Jota se mostraba cauto, de tanto pasado había aprendido a no meterse en asuntos de muertos. Ya le tocaría el turno de reencontrarse con ellos. En realidad tampoco quería tener nada que ver con los de los vivos, pero bueno, la cerveza estaba fría. — Y aquella zorra muy caliente, joder Jota, y tan caliente te digo.
— Para, para. No sé por qué insistes en hacerme partícipe de tus tribulaciones, compadre.
— Después de tirarse a una puta a nadie le gusta pagar. Después de matarla menos.
— ¿Y no podías haberla golpeado y largarte sin más?
— No joder, claro que no, joder. Yo...la quería joder.
Y este es el punto en el que todo se suele ir a la mierda. Porque claro, una cosa es ir y decirle por aquí esto y por aquí lo otro, y otra es querer darle un besito al acabar. El cartel de neón encima de la puerta parecía querer perder otro letra de su "Sara's" rosa y azul. El camarero del bigote limpiaba vasos con un paño y mucha indiferencia. Y los clientes apestaban cada uno por su lado, con sus anodinas vidas tiradas en la silla de al lado. El gordo cabrón enamorado bebía como si quisiera matarse junto con la sed. Tenía la mirada perdida, en busca de su conciencia y de las palabras adecuadas para expresarse. — Ya sabes que las palabras nunca han sido lo mío, joder, la boca está para otras cosas. — Lo sé, compradre, lo sé.
— Al principio no era así, claro—. Sonaba algo de Sabina, pero la propia radio tenía la voz rota, como si se hubiera acostumbrado a fumar mucho y a cantar para nadie. Muy pocos nueves días y demasiadas quinientas noches. — Al principio, sabes, iba y la ensartaba, y luego pagaba y adiós, sin el muy buenas. — Pero luego empecé a girarme al salir por la puerta. Y, joder, se la veía preciosa. Ahí tirada, desnuda. — Claro compadre, una mujer desnuda te acaba desnudando lo que no debe—. Un barril de cerveza se había sumado ya al recuento de cuitas y otro presentaba solicitud. Jota fumaba de liar, porque no tenía prisa, y su compadre agotaba paquetes de Fortuna en busca de la suya.
— Todo estaba muy claro. Ella ponía el agujero y yo el dinero para taparlo, como se ha hecho toda la vida con los dineros y los agujeros. Pero tuve que joderla. Tuve que mirarla a los ojos—. Dos cervezas más, primera raya. — Y, ¿sabes? Vi que estaba sola. Es decir, yo estaba allí, pero ella no, estaba sola joder. Y sentí que quería hacerle compañía allí donde estuviera.— Compadre, creo que has bebido demasiado, deberías dejar esas rayas para el desayuno.— Para el desayuno me basta con llegar—. El camamero asentía como queriendo expresar conformidad. — ¡Métete en tus asuntos!— Tranquilo compadre, él sólo está aquí porque no tiene más remedio—. Y aquel puto gordo seguía perdido, pensando, recordando el día en que de repente quiso saber su nombre. Sara. Le pegaba ese nombre. No de la misma forma que le pegaban los demás clientes, era una concordancia de estilo, tan fluida ella como su nombre. Parecían hechos el uno para la otra y vicerversa.
Sara era una puta barata. Con toda la poesía que eso le otorgaba, con todo su aura de desgracia y pasado incierto, con todo lo que parecía poder enseñarte. Pero aquel tipo vivía sólo en el presente. Jota se había abstraído ya de la historia, era demasiado típico, tíos duros que se pasan metiéndola y se llegan al corazón, y ahí se joden vivos para siempre. Seguía bebiendo, más pausadamento pero con convicción, sabedor de que todo aquello iba a acabar en algo peor que una resaca. La vida es una puta a la que no puedes dejar de pagar. — Olía a sexo, a carne y sudor, a látex y semen; pero también a limón. Sí, joder, a limón te digo. A suavizante de limón tal vez, o a algún perfume barato. Pero todos sus caminos conducen aroma, a ese aroma, que estaba en el fondo de todos sus suspiros.— Parece, compadre, que esa mierda te ha soltado la lengua, te asemejas ahora a un chupatintas de esos, con toda tu jerigonza absurda...
— ¿Qué significa jerigonza?
— Mucha chingada hablando y poca chingando.
— Bueno, por una vez que tengo algo que decir, mejor será hacerlo bien.
Debía creer que su historia era única, pensaba Jota, sin ser él de pensar mucho en los demás. — Noté que empezaba a desear estar con ella, sin ser yo nada de eso—. Sara era voluptuosa, no había duda, pero al mismo tiempo frágil, delicadamente elástica, conduciendote irremediablemente a querer protegerla, y al desastre. — Era de piel aceitunada y ojos color miel, de la más dulce joder. — Normal, era medio mora, o panchita, o de su puta madre, quién sabe—. Un cliente se levantó de su mesa del fondo y tambaleándose se avino hasta la barra. — ¡Esa era una zorra como todas!—. Jota no trató de impedir que su compadre y el recién llegado se enzarzaran, pues lo hicieron con desgana, por cumplir el cupo de hombría de la noche. Además, qué carajo, por él como si se mataban, más abono para este mundo de mierda. Todo acabó con dos vasos rotos, un grito del camarero del bigote y cada uno declamando imprecaciones a la sazón de la madre del otro, pero de lejos. Y hasta la próxima, compañero.
El camarero recogió los cristales rotos y el gordo sus recuerdos desperdigados. La bebida seguía corriendo río abajo, pero hacía tiempo ya que habían cruzado el Rubicón. — Un día me dijo que yo era distinto, que se la metía como si quisiera purgar todos mis demonios. Ella; ella que ahuyentaba todos mis nuncas.— Ahora debes ser un Cervedo de esos. O un Góndola. Ya sabes, de los de la escuela—. Sara, en realidad, no era nada, como todos, pero para aquel gordo cabrón había representado, por un instante idílico e irrepetible, su salvación. La posibilidad de, por una vez, salir del presente en el que vivía atrapado y soñar con un futuro redentor.
— Llegó un día en que no me quiso cobrar. Invita, cariño, la casa dijo. Por ser tú dijo.
— Joder, sexo gratis compadre, eso ya no se ve mucho por estos lares.
— Ya no recordaba la última vez, debió ser en otra vida.
— Ah, ¿que has llegado a desperdiciar más de una?
Entonces se hizo el silencio y Jota aprovechó para ir al baño, dejando por un rato al otro con sus fantasmas. Se apalancó sobre el urinario y se sacó la polla para mear con dificultad un lánguido chorro de tono rojizo. Después de recuperar la respiración y la compostura, extrajo un frasco de pastilllas del abrigo y se tragó la mitad con gesto de familiaridad, como saludando a un viejo amigo. Se miró al espejo, se vio tan viejo y sucio como siempre y, con la cumplida resignación que le había acompañado desde aquellos días en que nada volvió a ser como antes, volvió al bar, a seguir charlando un ratio más con los muertos. El gordo se había derrumbado ya sobre la barra, tal vez por el alcohol, tal vez por el peso de la culpa. — Esa noche la poseí con pasión joder, no como los animales. La acaricié ¿sabes? Y nos besamos. Y me dijo suavecito papi, tócame aquí, sí, despacito mi amor. Joder, nos besamos te digo. Tenía una hermosura tan rota, tan cansada, tan...— Lo sé, compadre, lo sé—. Qué iba a saber, en aquella ciudad no había polla que se agitase a la que ella no hubiese bautizado como mi amor, pensó Jota, llevándose disimuladamente la mano a la suya propia, escodiendo un gesto de dolor entre los pliegues de su contrahecha máscara.
— Cuando acabamos se desenrroscó de entre mis brazos y me miró a los ojos. No podemos seguir asi, papi, me dijo. Joder, ¿cómo que no podemos seguir así? ¿Seguir a dónde?
— ¿Eso dijo?
— Eso dijo.
— Y la mataste.
— La maté, joder, claro que la maté.
— ¿Por qué?
Jota no quería la respuesta, no le interesaba, en realidad, pero había elegido dejarse llevar, olvidarse de su mierda por una noche para que le echaran encima la de los demás. Entonces aquel gordo cabrón se levantó congestionado de ira y de coca, arrojando el taburete y los vasos y la botella contra el suelo, destrozando implacablemente a su paso todo aquello que trató de interponerse entre él y su desgarrada confesión, su definitivo mea culpa, con dos cojones y un corazón roto: "¡PORQUE LA QUERÍA JODER, POR ESO LA MATÉ!".
El camarero, el del bigote, el que llevaba ahí toda la noche, perro viejo en el oficio, no trató de contenerle. Se limitó a mirarle acodado en la barra y preguntarle por el sentido trágico de sus actos, también por cumplir el cupo.
— ¿Qué has hecho esta vez, gordo cabrón?
Jota suspiró y se encendió el último cigarro.
— ¡HE MATADO A TU MUJER, HIJO DE PUTA!
martes, 4 de diciembre de 2012
Jodida zorra
No sabes escribir una jodida mierda si no te sientes un alma en pena, hundida y solitaria. Eres un impostor de pluma barata.
Calla mujer, ojalá no fueras tú igual de barata.
Entonces bebió y escribió hasta vaciarse él y la botella. Y después rompió todas las hojas y le dijo que lo único que podría escribirle que ella considerara bonito serían los papeles del divorcio.
Me voy al bar.
¿A estas horas? Está cerrado.
Como tú.
Imbécil.
Y se marchó a pasear su aterido talento por el frío de la ciudad. Sentía la boca pastosa y el alma ahogada en alcohol. Pero las penas seguían ahí, a flote, como siempre. Llegó al puente sobre el río, más por fortuna y azar que por propósito, o por despropósito. Y atisbó el fondo. El suyo, no el del río, que para eso estaba demasiado oscuro.
Jodida zorra.
Y se tiró. Y nunca supo si fue un escritor maldito o un maldito escritor.
jueves, 29 de noviembre de 2012
"Porque mi oficio es escribir y ella siempre..."
Tan inestable que deviene inaprensible, como un sueño por la mañana. Es algo blasfemo, casi obsceno, verla ser. O simplemente estar. Tan ajena, tan perdida en sí misma, que dan ganas de ir a buscarla y quedarse allí, encontrado. Tan como el fluir de un gato en el alféizar de una ventana abierta, el mismo eco a abismo, la misma elegancia peligrosa, el mismo vértigo. Un roto sin descosío, un dedal sin aguja, un hilo bordándote en filigranas inacabadas. Siempre yéndose, siempre huyendo, siempre aquí pero allá; una sonrisa desacompasada en el mirar. Tan ella como no podría ser de otra forma, tan como el rastro de los aviones en el cielo, tan queriendo ser nube sin serlo. Una muesca en un palito a la deriva en cualquier río. Y río por no llorar. Es impulsivo llanto histérico, risa incontenida, eclosión abrasiva o nota triste de un violín desafinado. Es según, y según el momento. Quisiera, no sé, agarrar su trenza ladeada y aferrarme a ella para susurrarle en la nunca palabras necias que no hagan oídos sordos, firme para no caer y quedar atrás. Quisiera, tal vez, componer canciones sin melodía con los sonidos de un microondas, o de la lluvia o de los suspiros, para bailarlas hasta no saber bailar, y luego seguir no bailandolas hasta que duelan los pies y quieran bailar solos, sólo para ella. Quisiera, quizá, dejarle el cuello como la tapa de un bolígrafo, y luego dejar correr la tinta. Píntame, píntame rápido como si me fuera a borrar, y luego fírmalo con la puntita de los dedos. Yo sólo sé que sabe a té amargo y promesas. Tan tan. Es coma, como el como de ella, como para comar o comer, o comérsela. A veces siento la necesidad imperiosa de enredarla, de atarla a mi cama y no dejarla salir nunca más, hasta que se agote el olor de sus sabores, pero me conformo con recoger pelos de la almohada y hacer cadenas de nuditos con los que prender deseos. Y después mueren las palabras, desubicadas dentro del diccionario, agolpadas todas en las esquinas siguiéndola al pasar, desesperadas tratando de encontrar de entre ellas a la más adecuada. ¡Alocada! ¡Extasiante! ¡Hechizo! Levantan sus manecillas intentando llamar la atención para ser elegidas, pero la marea unánime de descontento las acalla, sabedoras todas de que jamás darán con la adecuada. Entonces me miran a mí, arremolinadas en el canto, conceptuando mi llanto con devaneos crueles. ¡Absurdo! ¡Pueril! ¡Insensato! ¡Etcétera! Y caracolean todas divertidas, maravilladas de que, al fin, pueda dejarme sin palabras.
martes, 27 de noviembre de 2012
El polvo entre dos motas de polvo
lunes, 26 de noviembre de 2012
OLA KE ASE
- ¡¿Qué dice?! ¡No!
- Ah, pues yo sí.
- ¿Por qué narices me cuenta esto?
- Bueno, por ir conociéndonos...
- ¿Y por qué truenos es usted nazi?
- ¿Por qué dice "truenos"? ¿No sería "rayos"?
- Bueno, los truenos son lo que se oye, los rayos sólo se ven, y usted y yo estamos hablando. Mas no me ha respondido.
- Pero...el trueno es únicamente la manifestación sonora del relámpago, que es el entre primordial.
- El ente primordial era mi pregunta. Los truenos eran un simple aderezo en aras de la expresividad... ¿Es eso el Mein Kampf?
- No, en realidad es el Hola, pero le he cambiado la portada porque me da vergüenza que me vean con él.
- No le entiendo, es una muy buena película, la Ola. Habla de lo suyo, creo.
- Bueno, lo mío con el surf es sólo afición, nada significativo.
- Oh, ya decía yo que parecía usted envidiablemente atlético.
- En realidad soy del Real Madrid. Por algo es el equipo blanco.
- Pues qué mala suerte, últimamente van de culo, están faltos de concentración.
- Sí, de campos.
- Bueno, el Bernabéu no está mal.
- Cabe poca gente. Y sólo tiene 11 duchas. Aún así, tiene usted razón, el equipo va a medio gas.
- Eso es porque Cristiano está flojo.
- Bah, lleva 200 años así, nada nuevo bajo el sol.
- No se preocupe, el próximo será el domingo de Ramos.
- ¿Estamos ya en Semana Santa?
- Ah, ¡pues felices fiestas!
- Una fiesta no puede ser feliz, no tiene personalidad.
- ¡Oiga, no me insulte! ¡Irradio personalidad! ¡Y dígame de una vez por qué es usted nazi!
- Pues porque no me gustan las judías.
- ¿Las judías? ¿Querrá decir los judíos no?
- No, no, las judías.
- ¿Y eso por qué?
- Dan gases.
domingo, 25 de noviembre de 2012
Contrarréplica locuela
Manolo acometía tarea ciclópeas todas las mañanas tales como despertarse muy temprano para prepararle a ella un desayuno esmeradamente repugnante; o llenar la tapa del retrete de gotitas de pis con las que darle los buenos días cuando se sentara. Era un genio malvadamente simple. Úrsula, en cambio, era más taimada, más maquinadora. Ingería sin protestar todas las delicatessen que le habían sido preparadas, pero iba dejando caer lever pullas que minaran la autoestima del rival. "Mm, este pan está duro, ya podrías tomar ejemplo";" Oh, qué soso está esto, supongo que lo has hecho tú"; ¿Es esto té amargo?". Pero él no se dejaba amilanar fácilmente: "No, es me amargas", respondía.
El día proseguía su curso y ellos permanecían enredados en estos rifirrafes de amor hiriente. - ¡No sé qué veo en ti!- ¡El amor es ciego! - ¡Pero el nuestro apesta!- se susurraban abrazaditos, en alguna de sus escasas treguas. Pero en cuanto ella se distraía, él le cambiaba las agujas de los tacones por tubitos de cartón. Ella, terriblemente suspicaz, se vestía siempre tumbada y le aleccionaba con aires de superioridad, esquinadanente: "se pilla antes a un mentiroso que a una coja".
A veces Úrsula se ablandaba viendo alguna película romanticona de domingo por la tarde, en la que los protagonistas se deseaban mutuamente una muerte a polvos, y corría a decírselo acaramelada. "Atempera tu entusiasmo, nena, como no limpies más asiduamente, no tardaremos en hacerlo", cortaba Manolo, viril, recio, firme. Y corría a su vez a jactarse en Twitter escribiendo libelos difamatorios. "@Úrsula_pústula quiere que la mate a polvos. Debe ser alérgica". Rápidamente recibía contestaciones de la misma índole: "@Manol_Oroso no me rinde porque está hecho polvo". Afortunadamente, tenían menos seguidores que los partidos ecologistas y todo quedaba en casa.
El Whatsapp era otra fuente de horror y conflicto. La caquita sonriente les había interpuesto ya cuatro denuncias por abuso y una orden de alejamiento. "Qué contrariedad, no se me ocurre ninguna metáfora de Manolo más acertada que una mierda ufana de serlo", había de declarar Úrsula ante el curso de los acontecimientos. "Hemos perdido el icono de la comunicación social moderna, el símbolo de una nueva era, la bandera apátrida de las generaciones venideras", había de añadir un entendido (nadie sabe exactamante en qué). A pesar de ello, eran frecuentes las batallas dialécticas por guassa. - Fíjate, Manolo, se cae esto más que tu pene.- Debe ser que necesita un servidor con menos estrechez...de banda.
Las comidas conjuntas eran el culmen de la confrontación. "Úrsula, cariño, es la primera comida que me haces en 20 años de matrimonio", dejaba caer picantemente Manolo. Y ya devenía imposible la paz. - ¿Por qué bebes con pajita, Manolo?- Pss, será la nostalgia...- ¡Pó toma, foto pal Feisbuk! Entonces ella huía y el corría detrás. Y acababan arrinconados, arremolinados, arrejuntados, arrastrados en una espiral pasional de pulsiones contenidas. Y en vez de indirectas, se lanzaban besos, trocaban en trovadores de versos mudos y acallaban todo rumor de combate que no fuere el cuerpo a cuerpo.
"¡Píntame como a uno de tus Warhammer, Manolo!", había de oírse quedamente entre las sábanas...
viernes, 16 de noviembre de 2012
Vela brillante
domingo, 4 de noviembre de 2012
El Caballero de la Tristeza Figurada
lunes, 29 de octubre de 2012
Cuento metafórico
El castillo dominaba toda la aldea desde las alturas de su solitario esplendor. Era conocido en la región como "el puercoespín de piedra", todo lleno de torrecillas coronadas con almenas. Había también, como en todo cuento que se precie, un rey bondadoso que amaba a su hija y un pueblo de gentes humildes, los metafóricos. No podía faltar, por supuesto, el concepto del mal encarnado en un antagonista tirano y henchido de odio y envida: 'El Maniqueo Hombre Literal'.
Cuando no tenía más remedio que abandonar su guarida del mal para ir a la aldea a atender asuntos diversos de la supervivencia, los metafóricos le increpaban sutilmente: "Nubarrones negros de tormenta se ciernen sobre este río de adoquines que desemboca en el mar de harina y levadura." A lo que él, que no se dejaba amilanar por los requiebros linguísticos de lo simbólico, respondía cortante: "¡Sólo voy a comprar pan!". Sus duras palabras causaban siempre un profundo desasosiego entre los aldeanos, que corrían a refugiarse en sus "buñuelos de ladrillo y calor de hogar".
El resto del tiempo, el malvado Hombre Literal permanecía escondido en su cueva del terror, fraguando ideas oscuras con las que someter de una vez por siempre a los metafóricos al yugo de lo textual. Nadie conocía el rencor del pasado que alimentaba esta coraza de realismo puro. Nadie recordaba ya a aquel pizpireto y risueño niño que soñaba con ser poeta y alumbrar "danzas de sentimientos hechas palabra". Nadie recordaba tampoco el sueño truncado por una descorazonadora crítica literaria en el diario 'La Biografía De La Vida': "[...] sus metáforas son peores que la escarcha del amanecer sobre la cosecha del intelecto, y parecen regadas por una lluvia de mediocridad rayana en el más atávico despropósito naturalista".
Ajena a todo este dolor y maléfica maquinación, la vida transcurría con normalidad en el resto del reino. Para todos menos para nuestro joven y nuestra princesa. El zagal, "hacedor de sujetos conceptuales para la confrontación hiperbólica con días excesivamente largos", trabajaba a diario en la panadería de su padre. Cuando terminaba la jornada, se entregaba con pasión a la actividad de perseguir mariposas poniéndoles nombres de sentimientos fugaces tales como 'Sorpresa' o 'Euforia'. Un día cualquiera, ensimismado en este quehacer, tuvo la ventura o la desdicha de ir a chocar con la princesa que visitaba a su pueblo. Y fue una conjunción planetaria, una alineación de astros destinados desde su origen más remoto a cruzarse en ese mismo instante y lugar de todos los inconcebibles posibles de un universo infinito, una casualidad inevitable de causalidad incognoscible, el principio de un fin en sí mismo. Más tarde las malas lenguas lo definirían como "una colisión desafortunado entre dos carros en sentidos opuestos". Pero eso sólo las malas lenguas.
Inmediatamente fueron separados por la guardia personal de la princesa, acto que sería identificado como "Moisés separando las furibundas aguas de un mar prohibido". Mas no pudieron impedir que quedara irremediablemente prendida la chispa de un amor inmisericorde entre aquellas dos criaturas que, al mirarse por primera vez y para siempre, derrocaron de un plumazo el despotismo de las convenciones sociales, la tiranía de las clases y la opresión de todo designio que intentara subyugar la pasión de sus corazones latiendo, desde ese momento y hasta que algún viento mal dado los apagase de un soplo, al unísono. Dos tímidas sonrisas apenas entrevistas fueron suficientes para hacer rugir al Hombre Literal en su escondrijo, abrumado por el doloso peso de tanta alegoría sentimental; y para hacer tiritar los cimientos del reino y sus asuntos en una suerte de escalofrío mudo.
De regreso en sus respectivos y distanciados hogares, ambos jóvenes se entregaron al proceso vano de morir de amor perdidos entre las esquinas. Inevitablemente, él se quedó antes sin esquinas en la diminutez de la panadería, por lo que resolvió, fruto de lo locura de la valentía del amor loco y enloquecedor, enviarle una carta a su princesa. Solucionó el obstáculo de no saber escribir con imaginación y buena voluntad, y plasmó los delirios de su alma rota en hojas arrancadas de los libros de contabildad. Entonces llamó a sus mariposas, 'Desazón', 'Esperanza' e 'Ilusión', y les encomendó la trascedental tarea de hacérselas llegar a la princesa.
Ésta, aún perdida entre las esquinas de su castillo sin fin, se deshacía en suspiros que hacían llorar a los pajaritos, "los dulces poetas cantores del aire". Entre tanto devenir trágico, vio venir a las mariposillas cargando los legajos destinados a la razón de su sinrazón. Los cogió ansiosa y perpleja quedó al ver un montón de cifras de harina y pan y símbolos indescifrables apretados en los márgenes con caligrafía de persona herida de pasión. A pesar de no entender nada, supo de quién venía y qué quería decir, pues en el fondo el amor es un lenguaje propio. Presa de un ataque de resolución, mandó convocar a su fiel "mujer de compañía y voluntarioso servicio" y le contó al oído y entre vahídos de amor su plan secreto.
El Maniqueo Hombre Literal, alertado de esta injuriosa trama por su patógena alergia hacia el simbolismo romántico y demás ñoñerías, había actuado con presteza interceptando las mariposas por el camino para sustituirlas por las suyas propias: 'Negatividad', 'Pesimismo' y 'Desilusión'. De esta forma pudo espiar a la princesa y conocer de primera mano sus sentimentaloides planes benéficos. Y de aquesta forma decidió subir al castillo por vez primera en muchos años a imponer todo el peso de la realidad. Una vez dentro del recinto amurallado y entre los murmullos asustados de sirvientes y soldados, solicitó audiencia con carácter de urgencia con el bondadoso rey. Este, sorprendido por su presencia allí, se la concedió sin más dilación y ambos entablaron misterioso coloquio en los reales aposentos.
En el transcurso de esta conversación, el malvado Hombre Literal advirtió al magnánimo rey sobre las nefastas intenciones de su amada hija de fugarse ladinamente con un simple plebeyo para entregarse a los placeres del vicio y la pernición sin el consentimiento paterno ni de nadie en general. El pobre (metafóricamente hablando, claro, que dinero le sobraba) rey apenas acertó a balbucear respuestas inconexas tales como: "¡oh, mi lucero del alba, mi dulce florecilla primaveral, oh, el fruto de mi amor, el cofre de mis desvelos, el velero de mis sueños! ¡Oh, mi princesa de princesas, mi segundo corazón palpitando en pos de desvaríos prohibidos! ¡Oh, dolor!". Dejando al bienamado rey en esta triste tesitura, el Hombre Literal marchó de allí satisfecho por haber derrocado todo germen de idealidad con el poder irrefutable de la cruda realidad.
Ajenos a esta confabulación en su contra, los amantes permanecían inmersos en la suya propia. Pintaban corazones en la pared tras humedecerse el dedo con saliva, ansiando dejar huella indeleble en alguna idealidad paralela; se enviaban mariposas de nombres superfluos en las que se decían cosas que ni ellos mismos entendían pero que les hacían felices; se abstraían mirando el horizonte al compás, separados únicamente por la distancia y sonreían tontamente mientras se imaginaban como "dos habitantes de mundos distintos colonizando un nuevo planeta hecho de cosas dulces y aire esponjoso", evadidos en su evasión. Mientras, la fiel criada alistaba los preparativos de su plan de fuga: dispuso caballos frescos y ensillados, cambió los turnos de guardia de los soldados valiéndose de sutiles artimañas metafóricas, mandó una carta al joven muchacho detallándole lo que debía hacer... Fue el brazo ejecutor de cabezas pensantes que ya no pensaban sino penaban de la agonía de la incierta espera.
El en buena hora nacido rey, contagiado de la enfermedad literal de su antagonista, maquinaba cómo impedir la ignominiosa fuga. Para ello ordenó cerrar todos los accesos y salidas del castillo y apartar a los criados de su amada hija, dejándola recluida add infinutum en sus aposentos. A consecuencia de estas disposiciones, el castillo tornó repentinamente en un lugar lúgubre y sombrío, apartado de la idealidad del resto del reino, convertido en "la fortaleza de la nada separada del todo". El Maniqueo Hombre Literal reía desatado con entonación malvada en las profundidades ignotas de su escondrijo, rebosante de autocomplacencia.
Nuestro querido e ingenuo jovenzuelo, desconocedor de las trabas que habían sido puestas a su felicidad, prosiguió con los planes acordados. Esperó abrazado a la impaciencia hasta la decimotercera noche del mes, cuando la Luna se encaramó al cielo luciendo todo su esplendor plateado. Y entonces agarró el petate con sus escasas pertenencias y todos sus deseos, y se escabulló en silencio de su hogar al amparo de la noche. Los metafóricos habrían de llamar a esto años después "el poema de amor que huyó sin ser visto". Infatigable, anduvo hasta el tercer recodo del tercer río a la sombra del tecer criprés y ató su corazón al tronco para evitar que se le escapara desbocado antes de someterse a la imposible tarea de la útima espera. Alguien diría después que el reloj dejó de ocuparse de la banal tarea de medir los segundos para sentarse a esperar con él.
Y así el tiempo se detuvo y solo transcurrió el espacio y lo hizo, cómo no, despacio. Y se fue yendo la Luna, triste ella también, y la acompañó a regañadientes la oscuridad que quería seguir velando ese amor prohibido; y empezó a despuntar el Sol y lo hizo tímido y apocado, sabedor de que llegaba demasiado pronto o tarde para siempre. Y ella no llegaba, y el Hombre Literal reía y reía, y él lloraba. Y los pajarillos y las mariposas volaban flojito, por respeto, moviendo poquito el aire para no secar sus lágrimas antes de tiempo. Y el frío del alba se resistía a irse, pues el calor ahí no pegaba nada; y el rocío parecía llorar también, y el río lloraba y ya no era dulce, sino salado.
Y cuando ya se disponía a irse a no sabía dónde y no quería saber para qué, ella apareció. Radiante como no lo había hecho el Sol y dulce como quería ser el río. Se abrazaron y se besaron, mientras las mariposas y los pajarillos revoloteaban ya sin límites, y derritieron el rocío y se fue el frío, asustado de tanto calor. El tiempo volvió a quedarse muy quieto mientras florecía la pasión y los aldeanos se referirían a aquello como "la primavera de los anhelos". Paralelamente a todo esto, el bondoso rey y el Maniqueo Hombre Literal dormían inquietos, sin terminar de comprender del todo que el amor les había ganado la partida con unas reglas sin normas. Y se removían, angustiados sin saber por qué, en sus lechos de realidad.
"¿Cómo os llamais, princesa?", le preguntó el joven, mientras la cogía de la mano para llevarla a no sabía dónde ni le importaba para qué. "
viernes, 26 de octubre de 2012
Frío
martes, 23 de octubre de 2012
Microrrelato
jueves, 18 de octubre de 2012
La tradición de la infamia
Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.
Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".
Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".
Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.
Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!
lunes, 15 de octubre de 2012
Carta al director
Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.
viernes, 12 de octubre de 2012
Bájame la Luna
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
jueves, 4 de octubre de 2012
El llanto de una hormiga
domingo, 9 de septiembre de 2012
¿Qué vas a hacer ahora?
De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.
Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.
No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.
Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.
Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.
– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…
viernes, 3 de agosto de 2012
Como viajar a África
miércoles, 11 de abril de 2012
El mar
- ¿Qué ves ahí delante? - preguntó el anciano.
- El mar. - respondió sucinto el niño.
- ¿Y más allá? - insistió el anciano.
- Umm... El infinito, supongo. - reflexionó aquel niño.
- ¿Y a tu espalda? ¿Qué ves a tu espalda? - prosiguió el frágil anciano.
- ¿Detrás mía? Solo veo la ciudad. - se limitó a decir el niño.
- Ajá. ¿Y qué crees que significa? - inquirió una vez más.
- No lo sé... - respondió confuso el niño - Nada, supongo. Que está ahí y punto.
- Ah, solo está. Sí, es una posibilidad. Pero yo prefiero verlo de otra forma. - contestó el anciano.
- ¿Cómo? - se atrevió a preguntar el niño tras una larga pausa ensimismada.
- Oh, muy sencillo: detrás nuestra ya está todo construido, por eso debemos mirar siempre hacia delante. - argumentó el anciano. Tras eso, se puso trabajosamente en pie y se alejó del precipicio caminando hacia la ciudad con paso lento.
El niño, extrañado, lo vio marchar un rato. Después, se dio la vuelta indiferente, y siguió contemplando absorto el mar.
domingo, 25 de marzo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
A.M.O.R.
....eres A.M.O.R.
lunes, 19 de marzo de 2012
Tu yo
Entonces surgieron las preguntas: "¿Cómo lo he hecho?", "¿Cuándo he vuelto?", "Si lo he hecho yo, debería saberlo, ¿no?", "¿Qué me quiero decir con esto?" "¿Estaré en peligro?". Ahí despuntó el inicio de una obsesión que tornaría en enfermiza. Ahora lo veía todo con otros ojos y la realidad parecía tomar otro tamiz distinto. Se abrían ante ella mil paradojas espacio-temporales, mil preguntas sin respuesta y mil posibilidades angustiosas o maravillosas.
La obsesión la arrastró casi al borde de la locura y al precipicio de la paranoia. Anduvo todo el día perdida entre sueños y realidad hasta que, exahusta y atormentada, cayó rendida en brazos de Morfeo al filo del alba. Apenas unas horas o tal vez cientos de años después, se vio arrancada de nuevo del descanso por unas insistentes llamadas a la puerta. Tal vez, quién sabe, era su yo del futuro.
Corrió a la puerta con el alma en vilo y la cordura pendiente de un hilo. Allí, la esperaba un hombre sonriente de aspecto indolente que tanteaba evocar ciertos recuerdos en su confusa mente. "Hola cariño." - saludó-. Qué cambiada se veía en el futuro. "Me pediste que necesitabas distanciarte un poco, ir a tu aire un tiempo, tener tu espacio, reflexionar... Nos hemos dado un tiempo que necesitábamos los dos." - prosiguió su extraño yo del futuro-.
Pareció dudar brevemente antes de proseguir el desconocido de la puerta; entonces la luz se hizo en ella y reconoció en aquel hombre a su novio del presente. "Pero creo que ya es hora de que volvamos a estar juntos porque nos queremos. Te dejé un mensaje ayer para avisarte: 'Soy tuyo mañana'. ¿Lo leiste?"
Comprendió ella en ese revelador instante la importancia del espacio.
sábado, 17 de marzo de 2012
Hojas caducas
Irene
The Gas
Parecía haber encontrado el secreto de la inmortalidad; era el nuevo Mesías y su mensaje, música y orgías. La palabra de Dios a través de las notas punteadas de su guitarra y su voz desgarrada acariciando el micro. Llenaba estadios, colmaba escenarios y arrasaba ciudades y botellas de Larios. Era droga dura y sus fans, yonkis de sus dosis de apoteosis. Siempre pedían más y él parecía inagotable.
Mas llegó aquel día aciago e inevitable. Hallábase subido al escenario como de costumbre, siendo aclamado por miles de bocas vociferantes y anhelantes cuando se hizo el silencio. Se disponía a interpretar su famoso solo a capea "Singing in the pain" y el público escuchaba atento. En ese instante de éxtasis y clímax, olvidose de todo control y relajóse hasta el extremo, deshaciéndose así en una sonora e interminable flatulencia ampliada y repetida hasta el infinito por decenas de altavoces. Tembló el escenario y espantose el público. No fue ventosidad sino huracán. Fue estrépito sin fin y espectáculo decrépito. Pasó, en apenas un momento, de gloria a escoria.
Nunca el mundo había asistido antes a mayor genio musical ni a semejante virtuosismo rectal. Mas los que antes habían aclamado su destreza con las cuerdas de la guitarra, repudiaban ahora su maestría en el solo de esfínter. El más grande talento musical de la historia vio truncado su destino por el desatino de su intestino. Ya solo quedaría para el recuerdo la impresión de su regüeldo. La mofa y la chanza acabaron con la alabanza y nunca se supo más del hombre de aquel gas.
jueves, 8 de marzo de 2012
Cosas
- ¿Qué cosas?
- No te lo voy a decir.
- ¿Juegas a las adivinanzas?
Pues adivina esto. Un día algo ilumina tu vida anodina, se clava en tu retina en forma de espina, destroza tu rutina vacía y mezquina, penetra en ti como una toxina, sonríe ladina, canina, y poco a poco te contamina, te arranca como cafeína, te mantiene vivo como gasolina, te hipnotiza como una bailarina, te atrapa como heroína, como cocaína, y se convierte en quien manda, quien reina, en la insulina de tu diabético corazón.
Imagina. Imagina toda esta mierda repentina que engancha como nicotina. Pobre politoxicómano de 9 meses, cuánta ilusión adamantina.