lunes, 10 de diciembre de 2012

Calcetines

Aquel niño había robado un conocimiento innato. Ignorando la carga instintiva concreta que ha de acompañar a cada ser humano en su nacimiento, se había llevado uno de más. Y ese fue el secreto de su infelicidad. Portaba una verdad ignota para el resto de sus congéneres, era primitivamente superior, más próximo al conocimiento real y universal, una maldición sin nombre ni tregua. Este don envenenado le mantuvo toda la vida apartado, excluido de la sociedad, recluido en sí mismo y su soledad. Jamás pudo integrarse pues pendía un abismo insondable entre él y los demás, que no podía ser salvado en ninguna dirección. Muriendo en vida acabó por morir en muerte, de la verdad, no de la metáforica de "vivo sin vivir en mí" y blablablá. No, muerto del todo. Del todo solo y solitario, muerto de muerte. Y solo entonces reveló el secreto primigenio que le había torturado en vida: que los calcetines no existen, son las madres.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Carta a ella

Querida ella, si estás leyendo esto, probablemente ya te has ido. Acabarás, sin duda, olvidando lo ocurrido, trascendiendo el pasado en busca de un futuro pretendidamente más feliz. Cerrarás, tarde o temprano, cuando llegue el momento, las fisuras por las que entraba el agua y se escapaban los suspiros, primero a raudales incontenibles, luego con ímpetu pasional, más tarde con suave constancia y, finalmente, con la desidia renuente de las despedidas. Y, superado el finalmente, no quedará resquicio alguno en el muro que levantarás a golpe de vivir. Pero hay personas que nacimos empeñadas en contrariar a la naturaleza, a los instintos que no sean los pasionales y al sentido común, y perseveramos en nuestro afán de saltarnos el ciclo lógico del tiempo, precisamente por eso, por lógicamente absurdo, y permanecer anclados en el pasado. Al fin y al cabo, a todos nos llegará un día aciago en que lo único, absolutamente lo único que nos quedará ya, serán el pasado y lo pasado. Nos limitamos, por pragmatismo poético, a adelantar acontecimientos. Y es que tú, querida ella, serás el motivo de todo lo anterior y lo posterior, pero también pasado. Haberte querido será el leit-motiv de toda una existencia anacrónica con su presente. La experiencia más desgarradora a la que poder asomarse, con el miedo al abismo colgando del cuello pero sin terminar de caer; el compendio de toda la ingenuidad de un corazón que empezó sin estrenar y hasta aquí ha llegado, con toda su obsolescencia, su nostalgia y sus ayeres. Y lo más genuinamente maravilloso jamás presenciado, el único motivo real. Cuando retrotraigas tu conciencia por nuestros aledaños, te dará igual, porque mirarás sin ver, porque tal vez fue bonito, porque en el fondo eres ella pero no lo quieres saber. Y te dirás que se está empezando a hacer demasiado oscuro para contemplar, que releer es de cobardes, pudiendo inventar. Y te diré que hiciste bien yéndote, que a contracorriente se ahoga uno más fácil que en alcohol, que aquí hace mucho frío y no huele a nada y duele todo. Ese mismo día aciago no tendré más remedio, a pesar de ser ya solo un disidente más, que alegrarme de que hayas sido ella todo este tiempo. Mas hay deudas que no se pueden jamás dejar de pagar, por eso desde el pasado te escribo esta carta para decirte, ah, que aquí estoy.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Compadre

— Joder tío, estoy metido en un asunto divertido.
— Suena a que no se va a reir nadie.
— Qué va, allí arriba se debe estar descojonando alguien de mí.
— Mientras que no sea allá abajo...

El alto se llamaba algo con jota, Javier, Jorge, algo así, pero ya ni su madre se acordaba y a nadie le importaba, así que era Jota. Olía a demasiado pasado y muy poco futuro, y a tabaco rancio. El gordo parecía, por el contrario, ser sólo presente. Andaba como quemando el último cartucho a cada segundo, reinventandose en cada palabra. No era, por supuesto, un tipo de fiar. Claro que el otro tampoco. Le daba igual como le llamaran, nunca respondía. Así que Jota le decía compadre. Compadre esto y compadre lo otro.

Esa noche bebían cerveza fuerte en el bar de siempre, compartiendo a media voz secretos y cigarros. Hablaban suave queriendo hacer creer que habría alguien interesado en escucharles. Nunca se sabe por dónde te la van a meter, pensaba Jota. — La he jodido.—¿Qué fue, compadre?— Ya sabes, lo de siempre; esas putas— . Cómo no, de putas iba la cosa. De pasarla putas o de pasarla con putas, o las dos cosas.

— La he matado. — ¿Lo has hecho? ¿En serio? No era tan cara—. Jota se mostraba cauto, de tanto pasado había aprendido a no meterse en asuntos de muertos. Ya le tocaría el turno de reencontrarse con ellos. En realidad tampoco quería tener nada que ver con los de los vivos, pero bueno, la cerveza estaba fría. — Y aquella zorra muy caliente, joder Jota, y tan caliente te digo.

— Para, para. No sé por qué insistes en hacerme partícipe de tus tribulaciones, compadre.
— Después de tirarse a una puta a nadie le gusta pagar. Después de matarla menos.
— ¿Y no podías haberla golpeado y largarte sin más?
— No joder, claro que no, joder. Yo...la quería joder.

Y este es el punto en el que todo se suele ir a la mierda. Porque claro, una cosa es ir y decirle por aquí esto y por aquí lo otro, y otra es querer darle un besito al acabar. El cartel de neón encima de la puerta parecía querer perder otro letra de su "Sara's" rosa y azul. El camarero del bigote limpiaba vasos con un paño y mucha indiferencia. Y los clientes apestaban cada uno por su lado, con sus anodinas vidas tiradas en la silla de al lado. El gordo cabrón enamorado bebía como si quisiera matarse junto con la sed. Tenía la mirada perdida, en busca de su conciencia y de las palabras adecuadas para expresarse. — Ya sabes que las palabras nunca han sido lo mío, joder, la boca está para otras cosas. — Lo sé, compradre, lo sé.

— Al principio no era así, claro—. Sonaba algo de Sabina, pero la propia radio tenía la voz rota, como si se hubiera acostumbrado a fumar mucho y a cantar para nadie. Muy pocos nueves días y demasiadas quinientas noches. — Al principio, sabes, iba y la ensartaba, y luego pagaba y adiós, sin el muy buenas. — Pero luego empecé a girarme al salir por la puerta. Y, joder, se la veía preciosa. Ahí tirada, desnuda. — Claro compadre, una mujer desnuda te acaba desnudando lo que no debe—. Un barril de cerveza se había sumado ya al recuento de cuitas y otro presentaba solicitud. Jota fumaba de liar, porque no tenía prisa, y su compadre agotaba paquetes de Fortuna en busca de la suya.

— Todo estaba muy claro. Ella ponía el agujero y yo el dinero para taparlo, como se ha hecho toda la vida con los dineros y los agujeros. Pero tuve que joderla. Tuve que mirarla a los ojos—. Dos cervezas más, primera raya. — Y, ¿sabes? Vi que estaba sola. Es decir, yo estaba allí, pero ella no, estaba sola joder. Y sentí que quería hacerle compañía allí donde estuviera.— Compadre, creo que has bebido demasiado, deberías dejar esas rayas para el desayuno.— Para el desayuno me basta con llegar—. El camamero asentía como queriendo expresar conformidad. — ¡Métete en tus asuntos!— Tranquilo compadre, él sólo está aquí porque no tiene más remedio—. Y aquel puto gordo seguía perdido, pensando, recordando el día en que de repente quiso saber su nombre. Sara. Le pegaba ese nombre. No de la misma forma que le pegaban los demás clientes, era una concordancia de estilo, tan fluida ella como su nombre. Parecían hechos el uno para la otra y vicerversa.

Sara era una puta barata. Con toda la poesía que eso le otorgaba, con todo su aura de desgracia y pasado incierto, con todo lo que parecía poder enseñarte. Pero aquel tipo vivía sólo en el presente. Jota se había abstraído ya de la historia, era demasiado típico, tíos duros que se pasan metiéndola y se llegan al corazón, y ahí se joden vivos para siempre. Seguía bebiendo, más pausadamento pero con convicción, sabedor de que todo aquello iba a acabar en algo peor que una resaca. La vida es una puta a la que no puedes dejar de pagar. — Olía a sexo, a carne y sudor, a látex y semen; pero también a limón. Sí, joder, a limón te digo. A suavizante de limón tal vez, o a algún perfume barato. Pero todos sus caminos conducen aroma, a ese aroma, que estaba en el fondo de todos sus suspiros.— Parece, compadre, que esa mierda te ha soltado la lengua, te asemejas ahora a un chupatintas de esos, con toda tu jerigonza absurda...

— ¿Qué significa jerigonza?
— Mucha chingada hablando y poca chingando.
— Bueno, por una vez que tengo algo que decir, mejor será hacerlo bien.

Debía creer que su historia era única, pensaba Jota, sin ser él de pensar mucho en los demás. — Noté que empezaba a desear estar con ella, sin ser yo nada de eso—. Sara era voluptuosa, no había duda, pero al mismo tiempo frágil, delicadamente elástica, conduciendote irremediablemente a querer protegerla, y al desastre. — Era de piel aceitunada y ojos color miel, de la más dulce joder. — Normal, era medio mora, o panchita, o de su puta madre, quién sabe—. Un cliente se levantó de su mesa del fondo y tambaleándose se avino hasta la barra. — ¡Esa era una zorra como todas!—. Jota no trató de impedir que su compadre y el recién llegado se enzarzaran, pues lo hicieron con desgana, por cumplir el cupo de hombría de la noche. Además, qué carajo, por él como si se mataban, más abono para este mundo de mierda. Todo acabó con dos vasos rotos, un grito del camarero del bigote y cada uno declamando imprecaciones a la sazón de la madre del otro, pero de lejos. Y hasta la próxima, compañero.

El camarero recogió los cristales rotos y el gordo sus recuerdos desperdigados. La bebida seguía corriendo río abajo, pero hacía tiempo ya que habían cruzado el Rubicón. — Un día me dijo que yo era distinto, que se la metía como si quisiera purgar todos mis demonios. Ella; ella que ahuyentaba todos mis nuncas.— Ahora debes ser un Cervedo de esos. O un Góndola. Ya sabes, de los de la escuela—. Sara, en realidad, no era nada, como todos, pero para aquel gordo cabrón había representado, por un instante idílico e irrepetible, su salvación. La posibilidad de, por una vez, salir del presente en el que vivía atrapado y soñar con un futuro redentor.

— Llegó un día en que no me quiso cobrar. Invita, cariño, la casa dijo. Por ser tú dijo.
— Joder, sexo gratis compadre, eso ya no se ve mucho por estos lares.
— Ya no recordaba la última vez, debió ser en otra vida.
— Ah, ¿que has llegado a desperdiciar más de una?

Entonces se hizo el silencio y Jota aprovechó para ir al baño, dejando por un rato al otro con sus fantasmas. Se apalancó sobre el urinario y se sacó la polla para mear con dificultad un lánguido chorro de tono rojizo. Después de recuperar la respiración y la compostura, extrajo un frasco de pastilllas del abrigo y se tragó la mitad con gesto de familiaridad, como saludando a un viejo amigo. Se miró al espejo, se vio tan viejo y sucio como siempre y, con la cumplida resignación que le había acompañado desde aquellos días en que nada volvió a ser como antes, volvió al bar, a seguir charlando un ratio más con los muertos. El gordo se había derrumbado ya sobre la barra, tal vez por el alcohol, tal vez por el peso de la culpa. — Esa noche la poseí con pasión joder, no como los animales. La acaricié ¿sabes? Y nos besamos. Y me dijo suavecito papi, tócame aquí, sí, despacito mi amor. Joder, nos besamos te digo. Tenía una hermosura tan rota, tan cansada, tan...— Lo sé, compadre, lo sé—. Qué iba a saber, en aquella ciudad no había polla que se agitase a la que ella no hubiese bautizado como mi amor, pensó Jota, llevándose disimuladamente la mano a la suya propia, escodiendo un gesto de dolor entre los pliegues de su contrahecha máscara.

— Cuando acabamos se desenrroscó de entre mis brazos y me miró a los ojos. No podemos seguir asi, papi, me dijo. Joder, ¿cómo que no podemos seguir así? ¿Seguir a dónde?
— ¿Eso dijo?
— Eso dijo.
— Y la mataste.
— La maté, joder, claro que la maté.
— ¿Por qué?

Jota no quería la respuesta, no le interesaba, en realidad, pero había elegido dejarse llevar, olvidarse de su mierda por una noche para que le echaran encima la de los demás. Entonces aquel gordo cabrón se levantó congestionado de ira y de coca, arrojando el taburete y los vasos y la botella contra el suelo, destrozando implacablemente a su paso todo aquello que trató de interponerse entre él y su desgarrada confesión, su definitivo mea culpa, con dos cojones y un corazón roto: "¡PORQUE LA QUERÍA JODER, POR ESO LA MATÉ!".

El camarero, el del bigote, el que llevaba ahí toda la noche, perro viejo en el oficio, no trató de contenerle. Se limitó a mirarle acodado en la barra y preguntarle por el sentido trágico de sus actos, también por cumplir el cupo.

— ¿Qué has hecho esta vez, gordo cabrón?
Jota suspiró y se encendió el último cigarro.
— ¡HE MATADO A TU MUJER, HIJO DE PUTA!

martes, 4 de diciembre de 2012

Jodida zorra

Le pidió el encargo de que escribiera algo bonito para ella. Y, bueno, no se le ocurría una mierda. Eso fue al principio. Luego las ideas empezaron a fluir, pero no como ella habría querido. Eran ideas fundamentalmente negativas, esbozos de dudas y miedos ocultos, trazos de una infelicidad subyacente que amenazaba con destruirle a él y a su escrito. Ella le acusaba de malditismo de pega.

No sabes escribir una jodida mierda si no te sientes un alma en pena, hundida y solitaria. Eres un impostor de pluma barata.
Calla mujer, ojalá no fueras tú igual de barata.

Entonces bebió y escribió hasta vaciarse él y la botella. Y después rompió todas las hojas y le dijo que lo único que podría escribirle que ella considerara bonito serían los papeles del divorcio.

Me voy al bar.
¿A estas horas? Está cerrado.
Como tú.
Imbécil.

Y se marchó a pasear su aterido talento por el frío de la ciudad. Sentía la boca pastosa y el alma ahogada en alcohol. Pero las penas seguían ahí, a flote, como siempre. Llegó al puente sobre el río, más por fortuna y azar que por propósito, o por despropósito. Y atisbó el fondo. El suyo, no el del río, que para eso estaba demasiado oscuro.

Jodida zorra.

Y se tiró. Y nunca supo si fue un escritor maldito o un maldito escritor.

jueves, 29 de noviembre de 2012

"Porque mi oficio es escribir y ella siempre..."

Tan inestable que deviene inaprensible, como un sueño por la mañana. Es algo blasfemo, casi obsceno, verla ser. O simplemente estar. Tan ajena, tan perdida en sí misma, que dan ganas de ir a buscarla y quedarse allí, encontrado. Tan como el fluir de un gato en el alféizar de una ventana abierta, el mismo eco a abismo, la misma elegancia peligrosa, el mismo vértigo. Un roto sin descosío, un dedal sin aguja, un hilo bordándote en filigranas inacabadas. Siempre yéndose, siempre huyendo, siempre aquí pero allá; una sonrisa desacompasada en el mirar. Tan ella como no podría ser de otra forma, tan como el rastro de los aviones en el cielo, tan queriendo ser nube sin serlo. Una muesca en un palito a la deriva en cualquier río. Y río por no llorar. Es impulsivo llanto histérico, risa incontenida, eclosión abrasiva o nota triste de un violín desafinado. Es según, y según el momento. Quisiera, no sé, agarrar su trenza ladeada y aferrarme a ella para susurrarle en la nunca palabras necias que no hagan oídos sordos, firme para no caer y quedar atrás. Quisiera, tal vez, componer canciones sin melodía con los sonidos de un microondas, o de la lluvia o de los suspiros, para bailarlas hasta no saber bailar, y luego seguir no bailandolas hasta que duelan los pies y quieran bailar solos, sólo para ella. Quisiera, quizá, dejarle el cuello como la tapa de un bolígrafo, y luego dejar correr la tinta. Píntame, píntame rápido como si me fuera a borrar, y luego fírmalo con la puntita de los dedos. Yo sólo sé que sabe a té amargo y promesas. Tan tan. Es coma, como el como de ella, como para comar o comer, o comérsela. A veces siento la necesidad imperiosa de enredarla, de atarla a mi cama y no dejarla salir nunca más, hasta que se agote el olor de sus sabores, pero me conformo con recoger pelos de la almohada y hacer cadenas de nuditos con los que prender deseos. Y después mueren las palabras, desubicadas dentro del diccionario, agolpadas todas en las esquinas siguiéndola al pasar, desesperadas tratando de encontrar de entre ellas a la más adecuada. ¡Alocada! ¡Extasiante! ¡Hechizo! Levantan sus manecillas intentando llamar la atención para ser elegidas, pero la marea unánime de descontento las acalla, sabedoras todas de que jamás darán con la adecuada. Entonces me miran a mí, arremolinadas en el canto, conceptuando mi llanto con devaneos crueles. ¡Absurdo! ¡Pueril! ¡Insensato! ¡Etcétera! Y caracolean todas divertidas, maravilladas de que, al fin, pueda dejarme sin palabras.

martes, 27 de noviembre de 2012

El polvo entre dos motas de polvo

Esta es, obviamente, la historia de un polvo entre dos motas de polvo. Del refocile, del ayuntamiento libinidosos entre dos insignificantes motecillas de azaroso polvo. El breve instante en que esas dos motillas abandonan su vida contemplativa del devenir implacable del tiempo en la cima de una estantería cualquiera, para revolotear alegremente entre la insinuante luz de un rayo de sol. Minúscula porción de tiempo en que la gravedad las libera de su acomodada tarea reposatoria para danzar en suave armonía por un aire otrora viciado y ahora vicioso. Ambas motuelas, en tan corto lapso, aproximan su compañía para bailar un polvoriento vals celestial, prendidos de la nada y ansiándolo todo. Se funden, se confunden, se hunden, y renacen. Ponen pies en polvorosa del anquilosamiento rutinario, y retozan en lo etéreo, entre la magia de la primera vez y la última, entre los deseos y los de esos y aquellos. Son polvo y se lo hacen, son polvo y se lo echan. Y, finalmente, son como motas que van a dar a la par. Y se muere la pasión, el momentáneo ajetreo del revuelo accidental, y las motecillas se posan de nuevo en su leve lecho de intrascendentalidad, como los recuerdos.

lunes, 26 de noviembre de 2012

OLA KE ASE

- Buenos días, ¿es usted nazi?
- ¡¿Qué dice?! ¡No!
- Ah, pues yo sí.
- ¿Por qué narices me cuenta esto?
- Bueno, por ir conociéndonos...
- ¿Y por qué truenos es usted nazi?
- ¿Por qué dice "truenos"? ¿No sería "rayos"?
- Bueno, los truenos son lo que se oye, los rayos sólo se ven, y usted y yo estamos hablando. Mas no me ha respondido.
- Pero...el trueno es únicamente la manifestación sonora del relámpago, que es el entre primordial.
- El ente primordial era mi pregunta. Los truenos eran un simple aderezo en aras de la expresividad... ¿Es eso el Mein Kampf?
- No, en realidad es el Hola, pero le he cambiado la portada porque me da vergüenza que me vean con él.
- No le entiendo, es una muy buena película, la Ola. Habla de lo suyo, creo.
- Bueno, lo mío con el surf es sólo afición, nada significativo.
- Oh, ya decía yo que parecía usted envidiablemente atlético.
- En realidad soy del Real Madrid. Por algo es el equipo blanco.
- Pues qué mala suerte, últimamente van de culo, están faltos de concentración.
- Sí, de campos.
- Bueno, el Bernabéu no está mal.
- Cabe poca gente. Y sólo tiene 11 duchas. Aún así, tiene usted razón, el equipo va a medio gas.
- Eso es porque Cristiano está flojo.
- Bah, lleva 200 años así, nada nuevo bajo el sol.
- No se preocupe, el próximo será el domingo de Ramos.
- ¿Estamos ya en Semana Santa?
- Ah, ¡pues felices fiestas!
- Una fiesta no puede ser feliz, no tiene personalidad.
- ¡Oiga, no me insulte! ¡Irradio personalidad! ¡Y dígame de una vez por qué es usted nazi!
- Pues porque no me gustan las judías.
- ¿Las judías? ¿Querrá decir los judíos no?
- No, no, las judías.
- ¿Y eso por qué?
- Dan gases.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Contrarréplica locuela

Se pasaban el día con el 'jijijaja'. No concebían otro modo de vida que el pique continuo, la mofa y chanza ejercida a costa del otro en constante reiteración recíproca. Gustaban de disgustarse y en el desafecto encontraban su compás perfecto. Ella era una zorra ególatra con ínfulas de princesita de cuento. Él, un latin lover abonado a la decadencia. Ella se llamaba Úrsula. Él, Manolo.

Manolo acometía tarea ciclópeas todas las mañanas tales como despertarse muy temprano para prepararle a ella un desayuno esmeradamente repugnante; o llenar la tapa del retrete de gotitas de pis con las que darle los buenos días cuando se sentara. Era un genio malvadamente simple. Úrsula, en cambio, era más taimada, más maquinadora. Ingería sin protestar todas las delicatessen que le habían sido preparadas, pero iba dejando caer lever pullas que minaran la autoestima del rival. "Mm, este pan está duro, ya podrías tomar ejemplo";" Oh, qué soso está esto, supongo que lo has hecho tú"; ¿Es esto té amargo?". Pero él no se dejaba amilanar fácilmente: "No, es me amargas", respondía.

El día proseguía su curso y ellos permanecían enredados en estos rifirrafes de amor hiriente. - ¡No sé qué veo en ti!- ¡El amor es ciego! - ¡Pero el nuestro apesta!- se susurraban abrazaditos, en alguna de sus escasas treguas. Pero en cuanto ella se distraía, él le cambiaba las agujas de los tacones por tubitos de cartón. Ella, terriblemente suspicaz, se vestía siempre tumbada y le aleccionaba con aires de superioridad, esquinadanente: "se pilla antes a un mentiroso que a una coja".

A veces Úrsula se ablandaba viendo alguna película romanticona de domingo por la tarde, en la que los protagonistas se deseaban mutuamente una muerte a polvos, y corría a decírselo acaramelada. "Atempera tu entusiasmo, nena, como no limpies más asiduamente, no tardaremos en hacerlo", cortaba Manolo, viril, recio, firme. Y corría a su vez a jactarse en Twitter escribiendo libelos difamatorios. "@Úrsula_pústula quiere que la mate a polvos. Debe ser alérgica". Rápidamente recibía contestaciones de la misma índole: "@Manol_Oroso no me rinde porque está hecho polvo". Afortunadamente, tenían menos seguidores que los partidos ecologistas y todo quedaba en casa.

El Whatsapp era otra fuente de horror y conflicto. La caquita sonriente les había interpuesto ya cuatro denuncias por abuso y una orden de alejamiento. "Qué contrariedad, no se me ocurre ninguna metáfora de Manolo más acertada que una mierda ufana de serlo", había de declarar Úrsula ante el curso de los acontecimientos. "Hemos perdido el icono de la comunicación social moderna, el símbolo de una nueva era, la bandera apátrida de las generaciones venideras", había de añadir un entendido (nadie sabe exactamante en qué). A pesar de ello, eran frecuentes las batallas dialécticas por guassa. - Fíjate, Manolo, se cae esto más que tu pene.- Debe ser que necesita un servidor con menos estrechez...de banda.

Las comidas conjuntas eran el culmen de la confrontación. "Úrsula, cariño, es la primera comida que me haces en 20 años de matrimonio", dejaba caer picantemente Manolo. Y ya devenía imposible la paz. - ¿Por qué bebes con pajita, Manolo?- Pss, será la nostalgia...- ¡Pó toma, foto pal Feisbuk! Entonces ella huía y el corría detrás. Y acababan arrinconados, arremolinados, arrejuntados, arrastrados en una espiral pasional de pulsiones contenidas. Y en vez de indirectas, se lanzaban besos, trocaban en trovadores de versos mudos y acallaban todo rumor de combate que no fuere el cuerpo a cuerpo.

"¡Píntame como a uno de tus Warhammer, Manolo!", había de oírse quedamente entre las sábanas...

viernes, 16 de noviembre de 2012

Vela brillante

Una vela brillante, alumbrando un estrecho círculo en derredor, al que tenía a bien designar como su círculo de amistades. Más allá, todo le era ajeno e ignoto. Vela brillante que reflexionaba sobre su natural condición, siéndole inaprensible la capacidad de la oscuridad, el manto tranquilizador de la envolvente negrura de la noche. Herida de brillo por decreto. Aislada en su brillantez. Vela aquejada de oxímoron perpetuo, brillante en su sufrimiento, opacada en su brillantez.

domingo, 4 de noviembre de 2012

El Caballero de la Tristeza Figurada

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, hollaba un hidalgo caballero conocido como Don Quejica de la Mancha. Vivía enamorado de la sin par dama Diabética del Toboso y obsesionado con los libros de Medicina. El Vademecun le había sorbido el seso irremediablemente hasta convertirlo en el "Caballero de la Tristeza Figurada". Andaba perdidamente sumido en su demente mundo hipocondriaco de continuos recelos. Veía mohínos donde tan solo había gente sana y feliz, cabalgaba poseído cartilla en ristre hacia la Seguridad Socia,l acometiendo duendes y estafilococos en días trasnochados, y entregaba su vida a desfacer entuertos gripales y salvaguardar la higiene íntima de damas de alta alcurnia y bajos instintos. Se hacía acompañar a perpetuidad por su fiel enfermero Sancho Pancyl 100 mg en todas sus idas y venidas de caballero pedante, montado siempre en su jumento Rociante, que padecía de incontinencia urinaria. "¡Con la eugenesia hemos topado, amigo Sancho!", exclamaba en sus delirios de salud perdida y recobrada. Y entre medias de tanto errar, suspiraba lacónico por la, no tan dulce, Diabética del Toboso, su musa, su dama, el Ibuprofeno de su herido corazón. "Mas es estocada firme de muerte, y sólo me aplacará este sinvivir en viviendo hallar en vos mi suerte, por ser vos la razón de la sinrazón de mis desafueros al no poder veros", le recitaba al verla, empero ella nada entendía por ser de condición humilde y medio sorda; y por no saber élfico también. "Ciega ando de amor, mi caballero", acertaba a responderle. Pero en realidad, su poca visión se debía a la diabetes. Y desfallecía así de amor y de sinusitis crónica el Caballero de la Tristeza Figurada; y moría así por sentirse morir entre afecciones y melindres; y enloquecía de saberse loco y sin remedio.

lunes, 29 de octubre de 2012

Cuento metafórico

Érase una vez el pequeño reino de los metafóricos. Era un mundo lleno de gente feliz unida por su abnegada afición por las metáforas. La vida entera del reino se basaba en el transcurrir diario de lo alegórico. Había, como siempre en estas historias, un joven humilde y una princesa en un castillo.

El castillo dominaba toda la aldea desde las alturas de su solitario esplendor. Era conocido en la región como "el puercoespín de piedra", todo lleno de torrecillas coronadas con almenas. Había también, como en todo cuento que se precie, un rey bondadoso que amaba a su hija y un pueblo de gentes humildes, los metafóricos. No podía faltar, por supuesto, el concepto del mal encarnado en un antagonista tirano y henchido de odio y envida: 'El Maniqueo Hombre Literal'.

Cuando no tenía más remedio que abandonar su guarida del mal para ir a la aldea a atender asuntos diversos de la supervivencia, los metafóricos le increpaban sutilmente: "Nubarrones negros de tormenta se ciernen sobre este río de adoquines que desemboca en el mar de harina y levadura." A lo que él, que no se dejaba amilanar por los requiebros linguísticos de lo simbólico, respondía cortante: "¡Sólo voy a comprar pan!". Sus duras palabras causaban siempre un profundo desasosiego entre los aldeanos, que corrían a refugiarse en sus "buñuelos de ladrillo y calor de hogar".

El resto del tiempo, el malvado Hombre Literal permanecía escondido en su cueva del terror, fraguando ideas oscuras con las que someter de una vez por siempre a los metafóricos al yugo de lo textual. Nadie conocía el rencor del pasado que alimentaba esta coraza de realismo puro. Nadie recordaba ya a aquel pizpireto y risueño niño que soñaba con ser poeta y alumbrar "danzas de sentimientos hechas palabra". Nadie recordaba tampoco el sueño truncado por una descorazonadora crítica literaria en el diario 'La Biografía De La Vida': "[...] sus metáforas son peores que la escarcha del amanecer sobre la cosecha del intelecto, y parecen regadas por una lluvia de mediocridad rayana en el más atávico despropósito naturalista".

Ajena a todo este dolor y maléfica maquinación, la vida transcurría con normalidad en el resto del reino. Para todos menos para nuestro joven y nuestra princesa. El zagal, "hacedor de sujetos conceptuales para la confrontación hiperbólica con días excesivamente largos", trabajaba a diario en la panadería de su padre. Cuando terminaba la jornada, se entregaba con pasión a la actividad de perseguir mariposas poniéndoles nombres de sentimientos fugaces tales como 'Sorpresa' o 'Euforia'. Un día cualquiera, ensimismado en este quehacer, tuvo la ventura o la desdicha de ir a chocar con la princesa que visitaba a su pueblo. Y fue una conjunción planetaria, una alineación de astros destinados desde su origen más remoto a cruzarse en ese mismo instante y lugar de todos los inconcebibles posibles de un universo infinito, una casualidad inevitable de causalidad incognoscible, el principio de un fin en sí mismo. Más tarde las malas lenguas lo definirían como "una colisión desafortunado entre dos carros en sentidos opuestos". Pero eso sólo las malas lenguas.

Inmediatamente fueron separados por la guardia personal de la princesa, acto que sería identificado como "Moisés separando las furibundas aguas de un mar prohibido". Mas no pudieron impedir que quedara irremediablemente prendida la chispa de un amor inmisericorde entre aquellas dos criaturas que, al mirarse por primera vez y para siempre, derrocaron de un plumazo el despotismo de las convenciones sociales, la tiranía de las clases y la opresión de todo designio que intentara subyugar la pasión de sus corazones latiendo, desde ese momento y hasta que algún viento mal dado los apagase de un soplo, al unísono. Dos tímidas sonrisas apenas entrevistas fueron suficientes para hacer rugir al Hombre Literal en su escondrijo, abrumado por el doloso peso de tanta alegoría sentimental; y para hacer tiritar los cimientos del reino y sus asuntos en una suerte de escalofrío mudo.

De regreso en sus respectivos y distanciados hogares, ambos jóvenes se entregaron al proceso vano de morir de amor perdidos entre las esquinas. Inevitablemente, él se quedó antes sin esquinas en la diminutez de la panadería, por lo que resolvió, fruto de lo locura de la valentía del amor loco y enloquecedor, enviarle una carta a su princesa. Solucionó el obstáculo de no saber escribir con imaginación y buena voluntad, y plasmó los delirios de su alma rota en hojas arrancadas de los libros de contabildad. Entonces llamó a sus mariposas, 'Desazón', 'Esperanza' e 'Ilusión', y les encomendó la trascedental tarea de hacérselas llegar a la princesa.

Ésta, aún perdida entre las esquinas de su castillo sin fin, se deshacía en suspiros que hacían llorar a los pajaritos, "los dulces poetas cantores del aire". Entre tanto devenir trágico, vio venir a las mariposillas cargando los legajos destinados a la razón de su sinrazón. Los cogió ansiosa y perpleja quedó al ver un montón de cifras de harina y pan y símbolos indescifrables apretados en los márgenes con caligrafía de persona herida de pasión. A pesar de no entender nada, supo de quién venía y qué quería decir, pues en el fondo el amor es un lenguaje propio. Presa de un ataque de resolución, mandó convocar a su fiel "mujer de compañía y voluntarioso servicio" y le contó al oído y entre vahídos de amor su plan secreto.

El Maniqueo Hombre Literal, alertado de esta injuriosa trama por su patógena alergia hacia el simbolismo romántico y demás ñoñerías, había actuado con presteza interceptando las mariposas por el camino para sustituirlas por las suyas propias: 'Negatividad', 'Pesimismo' y 'Desilusión'. De esta forma pudo espiar a la princesa y conocer de primera mano sus sentimentaloides planes benéficos. Y de aquesta forma decidió subir al castillo por vez primera en muchos años a imponer todo el peso de la realidad. Una vez dentro del recinto amurallado y entre los murmullos asustados de sirvientes y soldados, solicitó audiencia con carácter de urgencia con el bondadoso rey. Este, sorprendido por su presencia allí, se la concedió sin más dilación y ambos entablaron misterioso coloquio en los reales aposentos.

En el transcurso de esta conversación, el malvado Hombre Literal advirtió al magnánimo rey sobre las nefastas intenciones de su amada hija de fugarse ladinamente con un simple plebeyo para entregarse a los placeres del vicio y la pernición sin el consentimiento paterno ni de nadie en general. El pobre (metafóricamente hablando, claro, que dinero le sobraba) rey apenas acertó a balbucear respuestas inconexas tales como: "¡oh, mi lucero del alba, mi dulce florecilla primaveral, oh, el fruto de mi amor, el cofre de mis desvelos, el velero de mis sueños! ¡Oh, mi princesa de princesas, mi segundo corazón palpitando en pos de desvaríos prohibidos! ¡Oh, dolor!". Dejando al bienamado rey en esta triste tesitura, el Hombre Literal marchó de allí satisfecho por haber derrocado todo germen de idealidad con el poder irrefutable de la cruda realidad.

Ajenos a esta confabulación en su contra, los amantes permanecían inmersos en la suya propia. Pintaban corazones en la pared tras humedecerse el dedo con saliva, ansiando dejar huella indeleble en alguna idealidad paralela; se enviaban mariposas de nombres superfluos en las que se decían cosas que ni ellos mismos entendían pero que les hacían felices; se abstraían mirando el horizonte al compás, separados únicamente por la distancia y sonreían tontamente mientras se imaginaban como "dos habitantes de mundos distintos colonizando un nuevo planeta hecho de cosas dulces y aire esponjoso", evadidos en su evasión. Mientras, la fiel criada alistaba los preparativos de su plan de fuga: dispuso caballos frescos y ensillados, cambió los turnos de guardia de los soldados valiéndose de sutiles artimañas metafóricas, mandó una carta al joven muchacho detallándole lo que debía hacer... Fue el brazo ejecutor de cabezas pensantes que ya no pensaban sino penaban de la agonía de la incierta espera.

El en buena hora nacido rey, contagiado de la enfermedad literal de su antagonista, maquinaba cómo impedir la ignominiosa fuga. Para ello ordenó cerrar todos los accesos y salidas del castillo y apartar a los criados de su amada hija, dejándola recluida add infinutum en sus aposentos. A consecuencia de estas disposiciones, el castillo tornó repentinamente en un lugar lúgubre y sombrío, apartado de la idealidad del resto del reino, convertido en "la fortaleza de la nada separada del todo". El Maniqueo Hombre Literal reía desatado con entonación malvada en las profundidades ignotas de su escondrijo, rebosante de autocomplacencia.

Nuestro querido e ingenuo jovenzuelo, desconocedor de las trabas que habían sido puestas a su felicidad, prosiguió con los planes acordados. Esperó abrazado a la impaciencia hasta la decimotercera noche del mes, cuando la Luna se encaramó al cielo luciendo todo su esplendor plateado. Y entonces agarró el petate con sus escasas pertenencias y todos sus deseos, y se escabulló en silencio de su hogar al amparo de la noche. Los metafóricos habrían de llamar a esto años después "el poema de amor que huyó sin ser visto". Infatigable, anduvo hasta el tercer recodo del tercer río a la sombra del tecer criprés y ató su corazón al tronco para evitar que se le escapara desbocado antes de someterse a la imposible tarea de la útima espera. Alguien diría después que el reloj dejó de ocuparse de la banal tarea de medir los segundos para sentarse a esperar con él.

Y así el tiempo se detuvo y solo transcurrió el espacio y lo hizo, cómo no, despacio. Y se fue yendo la Luna, triste ella también, y la acompañó a regañadientes la oscuridad que quería seguir velando ese amor prohibido; y empezó a despuntar el Sol y lo hizo tímido y apocado, sabedor de que llegaba demasiado pronto o tarde para siempre. Y ella no llegaba, y el Hombre Literal reía y reía, y él lloraba. Y los pajarillos y las mariposas volaban flojito, por respeto, moviendo poquito el aire para no secar sus lágrimas antes de tiempo. Y el frío del alba se resistía a irse, pues el calor ahí no pegaba nada; y el rocío parecía llorar también, y el río lloraba y ya no era dulce, sino salado.

Y cuando ya se disponía a irse a no sabía dónde y no quería saber para qué, ella apareció. Radiante como no lo había hecho el Sol y dulce como quería ser el río. Se abrazaron y se besaron, mientras las mariposas y los pajarillos revoloteaban ya sin límites, y derritieron el rocío y se fue el frío, asustado de tanto calor. El tiempo volvió a quedarse muy quieto mientras florecía la pasión y los aldeanos se referirían a aquello como "la primavera de los anhelos". Paralelamente a todo esto, el bondoso rey y el Maniqueo Hombre Literal dormían inquietos, sin terminar de comprender del todo que el amor les había ganado la partida con unas reglas sin normas. Y se removían, angustiados sin saber por qué, en sus lechos de realidad.

"¿Cómo os llamais, princesa?", le preguntó el joven, mientras la cogía de la mano para llevarla a no sabía dónde ni le importaba para qué. "

viernes, 26 de octubre de 2012

Frío

Siempre pensó que la embriaguez es el mejor de los estados. Aún mejor que el gaseoso. Por eso se sirvió otra copa. Lo hizo en vaso de plástico, en una suerte de glamour ajado, pues el cristal transparenta las miserias que intentas ahogar. Bebió. Sorbo corto y seco, sin preámbulos, directo a otro olvido. Las imágenes no se van, lo sabía. Pero se vuelven en blanco y negro, como más proclives a la melancolía elegante. Sin rencores. Suave. Por supuesto, bebía sin hielo. El frío, pensó, ya lo llevo por dentro. Muy dentro. Donde los abrazos llegan tibios y los recuerdos, tiritando. Quien sonaba en el arrastrar de la botella por encima de la barra era, claro, ella. Y la veía también entre las volutas de humo. Y en el fondo de todas las cosas. Entre vapores etílicos, el hielo de sus ojos azules, taladrándole. Sorbo corto y mirada larga. Porque, pensó, cuando no estás, tengo tanto frío que paso las noches abrigando esperanzas.

martes, 23 de octubre de 2012

Microrrelato


Cuando abrió los ojos, se dio cuenta. No había duda. Era una vaca. Enorme. Sobrepasaba impunemente todos los límites del crecimiento horizontal. Arrebataba al aire mismo su posición en el espacio, conquistando a fuerza de volumen inmisericorde todos los aledaños de su caótica masa corporal. Ante su empuje indómito, las propias leyes de la física parecían flaquear arredradas y desdibujaban el tejido espacio-temporal para poder hacerle hueco. Lucía, sin embargo, un extraño orgullo  en su obesidad, una altivez nobiliaria ante la constatación innegable de su superioridad frente al patético devenir de lo nimio. Se trataba, sin duda, de una gordura despótica en su inmensidad, ante la cual él se sentía diminuto e impotente. Se juró a sí mismo, contrito, no volver a beber tanto.

jueves, 18 de octubre de 2012

La tradición de la infamia

Nació con la vocación ineludible de dedicarse al negocio de la hipocresía consumada. Así que tras crecer, más por inercia que por voluntad, montó una tienda de souvenirs. Una sencilla caseta atestada de cachivaches negligentes con el pragmatismo hasta el desbordamiento. Cada día temprano, más por costumbre cívica que por necesidad, se acodaba entre todo aquello a ver pasar el devenir de los hipócritas.

Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.

Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".

Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".

Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.

Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!

lunes, 15 de octubre de 2012

Carta al director

Quisiera emular a Hunter S. Thompson enviando un carta al director de un periódico estableciendo las condiciones para mi contratación. Claro que, lo más probable, es que, como a él, no me contrate nadie. Pero será así igualmente, de forma que tómelo como un ejercicio de desahogo. Luego iré a echar el currículo al Mcdonald's, no se preocupe. Tal vez de mi promoción sea el que más gracia tenga escanciando Mcflurrys. O tal vez publiquen en el futuro una recopilación con todas mis cartas, a modo de redención póstuma; quién sabe. Figúrese que desde la Facultad de Periodismo se nos dice que el susodicho ha muerto. O que da los últimos coletazos agónicos. Que si Internet, que si la crisis, que si los anunciantes... Habéis de abriros a las nuevas posibilidades, reiventáos con el sistema, nos aconsejan. Y mientras preparan el entierro de la profesión, se han cargado la épica. Sed concisos, objetivos (esta es la sección de humor, tal vez), breves, aprended a comunicar... En realidad es que no tienen, en resumen, ni puta idea. El mundo de periodismo se divide en cuatro iluminados, varios inútiles que campan como Atila y sus hunos (al que se le moría toda la hierba, pobre) por las redacciones y el resto de fracasados que copan las universidades. Imagínese, aprended inglés nos dicen; el idioma del futuro, imprescindible. Y sucede en realidad que empiezan por flaquear en el castellano más aún que en las convicciones. 'Haber', que yo tengo el First y esas movidas, dirá alguno. Claro. Y yo sé chino, sólo (la RAE, otra conjunción de ínfulas alrededor de una mesa y un sueldo fijo) que no 'me se' entiende. Al final todos, hasta los presidentes del Gobierno, mire 'usté', sabemos hablar inglés. Nivel porno, eso si. Quizá la solución, en vez de tanto recortar en educación, sea recortar en tontería. Léanme ustedes a Kapuściński cuando acaben con el Marca. Correcto, has aguantado todas las clases magistrales sobre "el sentido trágico del relleno absurdo y sus conjuntos" para acabar pudiendo redactar en rica prosa y verbo fluidol la idiosincrasia del peinado de Cristiano Ronaldo o la descarnada soledad del poder estoicamente sobrellevada por The Special One (modestia aparte). Y lo de quejarse del sistema que sea flojito, que estos señores querrán descansar. Pero claro, qué se le va a pedir a estos tiempos en que todos los Ché Guevaras del mundo se levantan cada mañana a tuitear muy fuerte desde teléfonos más inteligentes que la mayoría y con baterías que duran más que sus anhelos. Lo mejor de todo es que cuando acaben de matar al periodismo se asegurarán de cobrar la indemnización. Faltaría más. Debéis abriros a los cambios, nos repetirán. Imagino que se referirán a los cambios de dueño. Mire usted a la épica, señor director, ahí llorando en un esquina. Rápido, digamos que pronto la prima de riesgo canjeará valores en el Reino de los Cielos fruto de su glorioso ascenso al más alto escalafón del neoliberalismo. Todo sea por alegrarle el día a alguien.

Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.

viernes, 12 de octubre de 2012

Bájame la Luna

Un día una mujer le pidió a su marido que le bajara la luna. A partir de ahí se desató el caos más atroz. El pobre hombre se enredó en una espiral de turbación, tratando de hallar la manera de secuestrar la Luna. Pasó noches en vela, cortejando a la locura con los delirios de sus fantasías. Erró la dirección y acabó más cerca del infierno que del cielo. Se hundió en el abismo y se marchitó en su propia desesperación. Hasta que, sin más, le llegó la inspiración. "Escalaré las nubes", pensó. Y se aplicó a generar vapor hasta obtener cientos de pequeñas nubes con las que ir escalando por el cielo. Pero la Luna, precavida, decidió no salir esa noche y el pobre hombre, sin una referencia clara en la oscuridad, se extravió sin remedio hasta ser un punto más lejano aún que la estrellas.

Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.

jueves, 4 de octubre de 2012

El llanto de una hormiga

Si quieres hallar el espectáculo más triste del mundo, imagínate a una hormiga que llora. Una diminuta hormiga que llora desconsoladamente. Imagínate la desamparada nimiedad del llanto de una hormiga. ¿Una hormiga que llora? Te preguntás. Oh, ¿y por qué llora? ¿Ha sucumbido al hastío de una existencia basada en lo ínfimo? ¿Ha alumbrado repentinamente la conciencia de ser del todo innecesaria para el mundo? ¿Se siente, tal vez, sola y perdida? ¿Qué puede motivar que una simple hormiguita rompa en herrumbroso lamento? ¿Será, tal vez, un arrebato nostálgico por aquella cópula con la hormiga reina que pudo ser y no fue? ¿Un amor que no puede sentir roto? Puede que sea que ha abandonado el nido y el devenir del tiempo le ha hecho perder sus alas; sintiéndose una irrisoriamente cruel metáfora del extravío de la esperanza. Puede que sea otra cosa. Imagínate a esa minúscula hormiga, apartada del ajetreo de la vida cotidiana, descomponiéndose su alma en los versos más tristes que se hayan compuesto nunca. Imagínate esa oda silenciosa a la pena más honda. Y te preguntarás, oh, ¿suspiráis, hormiga? Y de nuevo pensarás ¡qué banal, una hormiga que llora! Y, ciego, no te darás cuenta de que el llanto de una hormiga es la cosa más triste del mundo, porque a nadie le importa. La tristeza de la indiferencia de lo triste. Imagínate que no sabe qué le pasa porque no entiende conceptos abstractos. Imagínate el susurro del viento consolando a la hormiga con una caricia, suave, ajeno. Imagínate.

domingo, 9 de septiembre de 2012

¿Qué vas a hacer ahora?

Allí estábamos todos los que debíamos ser. Éramos pocos pero no hacía falta más. Ella lo hubiera querido así, sin estridencias, sin gestos grandilocuentes y falsos que diluyesen su momento de protagonismo. Pues era ella, indiscutiblemente, el personaje principal de esa función, su entierro. Caía una fina lluvia constante, plomiza, que calaba casi sin que te dieses cuenta. Supongo que era un favor del destino para ayudarnos a disimular nuestras lágrimas, que no pegaban con ella. Entre la cortina de agua y las sombras de los cipreses, se adivinaban los contornos de las figuras que bordeaban el ataúd en su descenso. En frente de mí acerté a adivinar la presencia de sus padres, dos figuras enjutas con aspecto de plantearse qué deudas les estaba cobrando la vida. Al otro lado estaba Eric, tan impasible y tan destrozado como siempre, cargando con las flores y con el dolor de otras tantas escenas similares. Y junto a mí, el malí Keita buscaba algo con la mirada perdida en el infinito que, supuse, no encontraría.

De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.

Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.

No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.

Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.

Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.

– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…

martes, 4 de septiembre de 2012

viernes, 3 de agosto de 2012

Como viajar a África


Estaba tumbado en el estrecho catre de mi cabaña, tiritando aún ante el recuerdo de su proximidad mientras conversábamos en la fuente. Sentí mi pulso acelerarse al compás de mis anhelos, incapaz de conciliar el sueño por el susurro de su voz que me ardía en la nuca. Sentí la sangre huir de mi corazón y agolparse allá donde más nos delata mientras rememoraba la calidez de su cuerpo junto al mío.Y sus palabras: “Te estoy dando falsas esperanzas. Y es gracioso, ¿no crees? Porque me llamo Esperanza, ya sabes, un juego de palabras. Y su sonrisa, burlona,ladeada, como incitándome a llevarle la contraria, a seguir su juego. El brilloen sus ojos, aún más burlón, más seguro de sí mismo, más dueño de la situación.Sentí la sangre volver a subir, esta vez a mis mejillas. Y así, acalorado, teñido de rojo y semifebril me encontró ella. Apareció de repente, como siempre. Allí estaba, recortada contra el quicio de la puerta. La Luna por detrás delineaba su figura al contraluz, jugando cómplice con el contorno de su cadera, con la suave curvatura de su cuerpo. Sonrió, y en esa sonrisa parecía haber atrapado el espíritu de África, esa peligrosa y sugerente promesa de aventura, de otra vida a la que no debías aspirar siquiera.

Paralizado,vendido y entregado a su hechizo, me limité a contemplar cómo, aún en el umbral de mi puerta y de mis deseos, se deshacía del vestido que a duras penas tapaba lo que mi imaginación llevaba un rato acariciando. Lentamente dejó caer la ropa, que se fue deslizando por su cuerpo perlado de sudor, para quedar vestida solo con rayos de Luna. Estos componían un cuadro propio sobre el lienzo de su piel morena, invitando al espectador a enamorarse del arte en su conjunto. Asentir que aquello debía ser la representación física de la música, esa música que suena continua en tu cabeza y despiertas pasiones dormidas y sueños que no pueden dormir. Ella, consciente de que acababa de seducir al mundo, que había conseguido detener el tiempo y el espacio, o que dejaran de importar, que tenía a la Luna a su merced, que… ella vino hacia mí. Y el resto del mundo se fue, porque ya no pintaba nada allí. Más tarde caería en la cuenta que fueron solo tres pasos los que dio, pero nunca antes me había enfrentado a una espera más larga,tan interminable, tan imposible.

Me empujó hacia atrás, firme, fuerte, ardiente, y se tumbó encima. Y mi consciencia se redujo a los límites físicos de su olor y su contorno. Olía a té amargo, olía a ella. Jamás me olvidaré del primer beso. Ella siempre decía que fue raro, que lo di como si fuera el último de mi vida, como si me fuera a morir, que fue tan intenso que asusté hasta a la pasión. Y cierto es que por mí podría haber muerto. Y luego vinieron más, y más, y la pasión huyó asustada porque ella era más fiera. En algún momento de aquel momento hecho de momentos me vi sin ropa, solos ella y yo y el roce nuestros cuerpos bañados en sudor. Recuerdo que pensé que ese debía ser el Mar Vivo y reí tontamente. - ¿Te peso?- preguntó ella. – No, me besas poco- respondí. Su sonrisa otra vez, la sugerente, la que nacía en los ojos y te hacía morir a ti. Y más besos. Le di la vuelta entonces,dejándola debajo – No quiero que se diga que Dios pudo conmigo- apunté, a medio susurro. Y noté que me quedaba mucho, demasiado, por besar. Y empecé a bajar.Su respiración entrecortada en mi oído, sus latidos desbocados reverberando entre sus pechos. Y allí bajé. Lento. Disfrutando del camino, de perderme encada recoveco, de trazar rutas alternativas con la lengua. Un gemido. Suyo tal vez. Un mordisco. Otro gemido. Música de nuevo.

Fuide duna en duna de aquel ardiente desierto color miel. Hasta encontrar un oasis. Y allí me quedé. Nuevos gemidos. Sería el viento entre las palmeras, tal vez. – Mmm… sube, sube aquí… Hagamos un puzle en el que encajen las piezas…- apremió ella. Y ahí se acabaron las palabras y la canción derivó instrumental. Poco apoco, como cuando caes y sabes que el impacto llegará, pero no tienes prisa,sobrevino el clímax. Ese momento de momentos en el que se te olvida todo, en que se te olvida que estás en África tratando de salvar al mundo, o de salvarte a ti mismo, y solo importa ese escaso punto de unión entre dos cuerpos que se estremecen al mismo compás. Ese momento en que supones que la felicidad o la paz pueden ser algo más que meros conceptos y que yo me quedo aquí, sigan ustedes.

-¿Cómo describirías el sexo?- me preguntó después, mientras fumábamos abrazados contemplando las estrellas. - ¿El sexo? Como viajar a África. De repente te ves metido en un sitio húmedo, caliente y que envuelve todos tus sentidos, transformándote por un instante en algo distinto a lo que sueles ser. Sí, como viajar a África.– respondí, seguro de que sería la respuesta que la complacería. Y ella se rió,muy alto, muy fuerte, durante mucho tiempo. Rió y yo lo hice con ella hasta que ya no recordábamos por qué reíamos o por qué dejar de hacerlo. – Me aseguraré de avisar a los del aeropuerto por si intentas follártelos cada vez que vengamos.- añadió entrecortadamente, aún entre risas. – El sexo es como el sexo, y punto. 

lunes, 30 de julio de 2012

miércoles, 11 de abril de 2012

El mar

Estaba un niño sentado en el borde de un barranco con las piernas colgando en el vacío, la mirada ausente perdida en el infinito y la ciudad a su espalda. En esto que se le acercó un frágil anciano con aspecto milenario y reclamó su atención preguntándole si podía sentarse a su lado. El niño cabeceó afirmativamente y siguió absorto en su contemplación.

- ¿Qué ves ahí delante? - preguntó el anciano.
- El mar. - respondió sucinto el niño.
- ¿Y más allá? - insistió el anciano.
- Umm... El infinito, supongo. - reflexionó aquel niño.
- ¿Y a tu espalda? ¿Qué ves a tu espalda? - prosiguió el frágil anciano.
- ¿Detrás mía? Solo veo la ciudad. - se limitó a decir el niño.
- Ajá. ¿Y qué crees que significa? - inquirió una vez más.
- No lo sé... - respondió confuso el niño - Nada, supongo. Que está ahí y punto.
- Ah, solo está. Sí, es una posibilidad. Pero yo prefiero verlo de otra forma. - contestó el anciano.
- ¿Cómo? - se atrevió a preguntar el niño tras una larga pausa ensimismada.
- Oh, muy sencillo: detrás nuestra ya está todo construido, por eso debemos mirar siempre hacia delante. - argumentó el anciano. Tras eso, se puso trabajosamente en pie y se alejó del precipicio caminando hacia la ciudad con paso lento.

El niño, extrañado, lo vio marchar un rato. Después, se dio la vuelta indiferente, y siguió contemplando absorto el mar.

domingo, 25 de marzo de 2012

jueves, 22 de marzo de 2012

A.M.O.R.

Anochezo amándote y amanezco ansiándote. Me atas y arrebatas, me abrazas y amordazas, me abrasas y atenazas. Ah, ángel que araña almas ávidas que arden hasta las ascuas, más apasionadas a más amadas, más aprisionadas a más ardientes. Arrancas alabanzas, acallas adioses y amparas amantes, ah, matas si mueres, muerte muda. Mellan tus mentiras, muerden tus miserias, marcan tus momentos. Meces si mereces, mandas mensajes malditos mientras miras mendigando más y manipulas mentes con murmurantes miradas. Eres magia y música, misterio y magnetismo, melancolía y melodrama, monstruo y mecenas de mis más maravilladas odas. Originas odios, oraciones, osadías y obsesiones; oficias de Olimpo y horizonte, de orgulloso obsequio y de obcecado objetivo, de optimismo y ofensa. Oh, eres órdago y orgasmo, eres omnipresente, omnipotente y orador onmisciente. Otorgas u oprimes, ostentas u obedeces, ofuscas u orientas. Oh, eres ópera y orquesta obscena, eres oxígeno y yo, oxidado organismo en tu órbita. Oh, eres oro que en la oscuridad reluce y yo, reo de tus redes. Rompes rutinas raquíticas rulando roles, rasgando ritmos, rizando el rizo. Eres rey sin reino, eres rapaz que roba ratos al reloj, eres río que roza revirtiendo roca en ruinas, eres rabia y rugido, risa y rubor. Eres recital rimado que roe recónditos recovecos raptando recuerdos y rehaciendo restos. Eres rebelión y revelación, eres regalo, rechazo y redención. Eres la razón que reanima la realidad y reactiva los rescoldos. Mi religión y mi recompensa, me reconforto recreándote y revivo recordándote. Renunciaría a respirar por retenerte, pues soy revolucionario radical de tus rarezas. Eres rey sin reino,

....eres A.M.O.R.

lunes, 19 de marzo de 2012

Tu yo

Se agachó y recogió la nota. Manuscrita, con caligrafía impecable, una frase: "Soy tu yo mañana". La había encontrado a los pies de su cama. Al leerla sintió la emoción subir como la espuma. Su yo del futuro se estaba comunicando con ella. Qué grandiosa experiencia que, habiendo sido ya dejada atrás por el inexorable paso del tiempo, una persona que es ella pero distinta se tome la molestia de volver atrás para solo para saludar.

Entonces surgieron las preguntas: "¿Cómo lo he hecho?", "¿Cuándo he vuelto?", "Si lo he hecho yo, debería saberlo, ¿no?", "¿Qué me quiero decir con esto?" "¿Estaré en peligro?". Ahí despuntó el inicio de una obsesión que tornaría en enfermiza. Ahora lo veía todo con otros ojos y la realidad parecía tomar otro tamiz distinto. Se abrían ante ella mil paradojas espacio-temporales, mil preguntas sin respuesta y mil posibilidades angustiosas o maravillosas.

La obsesión la arrastró casi al borde de la locura y al precipicio de la paranoia. Anduvo todo el día perdida entre sueños y realidad hasta que, exahusta y atormentada, cayó rendida en brazos de Morfeo al filo del alba. Apenas unas horas o tal vez cientos de años después, se vio arrancada de nuevo del descanso por unas insistentes llamadas a la puerta. Tal vez, quién sabe, era su yo del futuro.

Corrió a la puerta con el alma en vilo y la cordura pendiente de un hilo. Allí, la esperaba un hombre sonriente de aspecto indolente que tanteaba evocar ciertos recuerdos en su confusa mente. "Hola cariño." - saludó-. Qué cambiada se veía en el futuro. "Me pediste que necesitabas distanciarte un poco, ir a tu aire un tiempo, tener tu espacio, reflexionar... Nos hemos dado un tiempo que necesitábamos los dos." - prosiguió su extraño yo del futuro-.

Pareció dudar brevemente antes de proseguir el desconocido de la puerta; entonces la luz se hizo en ella y reconoció en aquel hombre a su novio del presente. "Pero creo que ya es hora de que volvamos a estar juntos porque nos queremos. Te dejé un mensaje ayer para avisarte: 'Soy tuyo mañana'. ¿Lo leiste?"

Comprendió ella en ese revelador instante la importancia del espacio.

sábado, 17 de marzo de 2012

Hojas caducas

Eran dos hojas colgadas de la misma rama. Ellas decían que se querían, pero sus palabras se las llevaba el viento. Y las raíces de todo quedaban ya muy abajo. Se acercaba el invierno, y eran hojas caducas.

Irene

Y aquel enclenque chaval se echó una novia. Era una chiquilla pizpireta de ojos claros y sonrisa hipnótica. El pobre muchacho parecía un extranjero desubicado en tierra ajena al lado de aquel ángel caído. Se les veía caminar juntos cogidos de la mano, imponente ella, tímido él. La miraba de reojo y se sonrojaba, encogido de espíritu, cuando sentía que ella se daba cuenta. No eran tal para cual, pero eso daba igual. El primer beso fue el primer exceso. A partir de ahí ya nada pudo poner freno a la pasión que les quemaba por dentro y les hacía ser fuego en el juego del amor. Entregados a este frenesí loco de quererse poco a poco y beberse a grandes sorbos, les llegó la acuciante necesidad del morbo. Desnudos bajo la luz de la luna decidieron fundir sus almas hasta ser una. En ese momento, aquel escuchimizado zagal descubrió un secreto que su amada había guardado celosamente. Se llamaba Irene, y tenía pene.

The Gas

Estaba en la cima de su carrera. Había alcanzado la cumbre y nada parecía poder desbancarlo de ahí. Tenía el mundo a sus pies y la gloria en sus manos. Allá donde iba los fans abarrotaban las calles, sus canciones reventaban las listas de éxitos y sus excentricidades le llevaron de hombre a divinidad.

Parecía haber encontrado el secreto de la inmortalidad; era el nuevo Mesías y su mensaje, música y orgías. La palabra de Dios a través de las notas punteadas de su guitarra y su voz desgarrada acariciando el micro. Llenaba estadios, colmaba escenarios y arrasaba ciudades y botellas de Larios. Era droga dura y sus fans, yonkis de sus dosis de apoteosis. Siempre pedían más y él parecía inagotable.

Mas llegó aquel día aciago e inevitable. Hallábase subido al escenario como de costumbre, siendo aclamado por miles de bocas vociferantes y anhelantes cuando se hizo el silencio. Se disponía a interpretar su famoso solo a capea "Singing in the pain" y el público escuchaba atento. En ese instante de éxtasis y clímax, olvidose de todo control y relajóse hasta el extremo, deshaciéndose así en una sonora e interminable flatulencia ampliada y repetida hasta el infinito por decenas de altavoces. Tembló el escenario y espantose el público. No fue ventosidad sino huracán. Fue estrépito sin fin y espectáculo decrépito. Pasó, en apenas un momento, de gloria a escoria.

Nunca el mundo había asistido antes a mayor genio musical ni a semejante virtuosismo rectal. Mas los que antes habían aclamado su destreza con las cuerdas de la guitarra, repudiaban ahora su maestría en el solo de esfínter. El más grande talento musical de la historia vio truncado su destino por el desatino de su intestino. Ya solo quedaría para el recuerdo la impresión de su regüeldo. La mofa y la chanza acabaron con la alabanza y nunca se supo más del hombre de aquel gas.

jueves, 8 de marzo de 2012

Adicto a tus armas de seducción masiva.

Cosas

- Me han contado cosas.
- ¿Qué cosas?
- No te lo voy a decir.
- ¿Juegas a las adivinanzas?
Pues adivina esto. Un día algo ilumina tu vida anodina, se clava en tu retina en forma de espina, destroza tu rutina vacía y mezquina, penetra en ti como una toxina, sonríe ladina, canina, y poco a poco te contamina, te arranca como cafeína, te mantiene vivo como gasolina, te hipnotiza como una bailarina, te atrapa como heroína, como cocaína, y se convierte en quien manda, quien reina, en la insulina de tu diabético corazón.
Imagina. Imagina toda esta mierda repentina que engancha como nicotina. Pobre politoxicómano de 9 meses, cuánta ilusión adamantina.

jueves, 1 de marzo de 2012

De esto que naces por compromiso y ya te quedas a ver qué pasa.

Hasta la última sílaba

Érase una palabra enamorada de quien la escribió. Vivía encadenada, en su simple existencia de sílabas, tinta y papel, al recuerdo encendido del trazo firme pero delicado que garabateó su nacimiento. No había lugar, entre sus letras apretadas en un abrazo cursivo, para otro pensamiento. Anhelaba desesperadamente sentir de nuevo el beso fresco de la pluma entintada recorriendo sus sinuosas curvas. Ansiaba el encuentro con su amado y su mano que daba forma a todo aquello que ella era. Mas no sabía la palabra que ya había sido olvidada, sepultada entre otras tantas que representaban solo una pequeña pieza de un vasto engranaje. No sabía que nunca había tenido nada de especial, y que aquel que lo era todo para ella, podía escribirla mil veces y borrarla otras tantas, podía ponerle punto final o podía escribir "para siempre" y "amante" en la misma frase. La palabra, pobre, era "ingenua".

Hasta la última gota

Érase un escritor enamorado de lo que escribía. Su pluma era testigo cómplice de un amor exótico. Escribía sin pausa, día y noche; llenando papeles, hojillas, cuartillas, paredes, mesas y toda superficie susceptible de acoger sus indiscriminados ríos de tinta. Y a cada palabra que escribía se hundía aún más en el seductor hechizo de su amor. Como enamorado, recorría melancólico los rincones de su hogar garabateando versos entre suspiros. Y pasaba largas horas que parecían efímeros segundos contemplando embelesado sus montañas de escritos. A ratos releía insomne sus más tiernas y delicadas palabras; en ocasiones miraba con desasosiego su pluma de tinta negrísima y punta muy fina, recelando del íntimo contacto con su amada. Celos eran, precisamente, lo que lo devoraban por dentro. Le asustaba hasta el espanto que alguien pudiera llegar a leer nunca aquello que él adoraba. Celos sentía del mismo viento que acariciaba sus hojas, de la fría luz entrometida entre sus textos. Pasó entonces a vivir encerrado y a oscuras, escribiendo en el más absoluto vacío, a ciegas, guiado solo por el impulso febril que recorría sus venas y orientaba su pulso. Y poco a poco fue, así, consumiéndose entre sus desvaríos de loco enamorado. Hasta que en un instante de aquella noche sin fin, su ánimo se quebró sin remedio y rompió a llorar desconsolado. Las lágrimas afloraron y ya nada pudo detenerlas. Lloró y lloró durante días, o semanas. Lloró hasta la última gota cuando, seco ya, miró a su alrededor y se vio inundado, su obra destrozada y diluida en mares de tinta y lágrimas. Y al ver al objeto de sus ensueños destrozado por su propia mano, quiso llorar de nuevo, pero ya no le fue posible. Acarició entonces la pluma y decidió escribir sus últimas palabras con sangre.

...(continuación)



Un cuerpo frío y rígido, otrora pleno de energía y ahora abandonado de todo hálito de vida, me aguardaba envuelto enun saco de esparto en la tablazón del muelle del puerto. Era la mañana más fríaa la que creo haber asistido nunca. Sentía el frío araÑarme la piel y devorarmepor dentro.  Uno de los agentes destapópara mí el cadáver, desvelando una cara amoratada y blanquecina, con pedacitosde escarcha descolgándose de los párpados y los labios apretados en un ictus demuerte que fácilmente podría tomarse por una última sonrisa irónica dirigida aldestino y su crueldad. Era mi padre. No cabía duda. Solo una profunda desazónque guió mis siguientes movimientos. Una somera declaración al aviesocomisario, palabras pronunciadas casi inconscientemente, gente retirando elcadáver, curiosos abandonando el lugar, gestos de despedida que puede intuirbrevemente y de nuevo, solo. Realmente, no era una situación novedosa; siemprehabía estado solo. Pero ahora sabía que se podía añorar otra soledad queacompañase la tuya, aunque fuese a regañadientes. Evoqué en mi mente la nocheanterior y las últimas palabras de mi padre. Palabras de arrepentimiento y dedisculpa y, como había llegado a presentir, de despedida. Correspondí a ellasresumiendo en mi interior las palabras de cariño que atesoraba por el que, afin de cuentas, había sido mi padre,  yconjuré un último adiós a su memoria.

Regresara casa no era fácil, así que me entregué a deambular sin rumbo  fijo por la bahía y sus alrededores,completamente ajeno a cuantos se cruzaban en mi camino, absorto en la bellezahierática del paisaje y el anhelo de cambio que comenzaba a crecer palpitantedentro de mí. Ya no sentía el frío; un extraño calor me invadía. Un pulso débilpero constante que trataba de sugerirme algo. Fruncido el ceño y entornada lamirada en un gesto de concentración que no hubiese sabido explicar, volví acasa sabiendo que no iba a encontrar allí lo que buscaba, pero sin otro lugaral que ir. Encontré a mi madre de pie en medio del diminuto salón, mirandoausente a su alrededor. Al mirarla supe que ya sabía lo sucedido, aunque se meescapase cómo. Tampoco parecía afectarle más allá de la melancolía enfermizaque la consumía por dentro desde la primera vez que tuve consciencia de verla.Me disponía a volver al refugio de latón y estrellas de mi habitación cuando mesorprendió hasta el extremo oír una voz rota conjurando mi nombre. Su voz. –Acompáñame, hay algo que quiero mostrarte.- fueron sus palabras. Las primerasen años, siglos tal vez.  Asentí mudo,incapaz de componer una respuesta y la seguí al exterior.

Anduvimospor la playa de arena fina situada al oeste de la zona del puerto, una playamarginada al desuso invernal y de aspecto desolado, siguiendo un camino que meera del todo desconocido. Me limitaba a caminar por detrás de mi madre, queparecía impulsada por una voluntad interna que nunca antes había visto en ella,cortando el viento y la nieve con su figura escuálida y desvencijada. Terminadala playa, el sendero discurría por entre los árboles alicaídos y desprovistosde vegetación de un pequeño bosquecillo que aullaba insomne al son de losvientos, en un concierto fantasmal de sombras ocultas. Al final de este paseonos esperaba, lúgubre y escondido, un mar de cruces y lápidas de un cementerioque semejaba más antiguo que el Sol y más misterioso que la Luna. Luna queasomaba tímida entre un cielo copado de nubes grises, reflejando rayos de luzplateada entre la neblina baja y espesa que cubría sombríamente el lugar. Mimadre, aún sin mediar palabra, absorta en pensamientos sobre otra época, sedeslizaba sigilosa entre las lápidas de mármol, muy segura de sus pasos. Yo laseguía tembloroso, sobrecogido por los secretos que parecía encerrar aquellugar, que despertaban en mí un miedo visceral, arrancando escalofríos querecorrían mi cuerpo de arriba abajo. Cuando ya había perdido la noción deltiempo y del espacio, cuando pensaba que ya no podría aventurarme más allá sinquedar paralizado por un miedo animal, mi madre se detuvo calmadamente frente ala lápida más pequeña y modesta de todo el cementerio. Un rectángulo diminutode piedra basta desgastada por el tiempo en la que no podía leerse ya nombre niinscripción alguna, a excepción de una leve muesca en el ángulo superiorizquierdo en forma de estrella de cinco puntas.

-Aquíyace mi derrota en esta vida- explicó mi madre. Tu hermana que no llegó a verla luz del Sol. Muerte súbita dijeron los médicos, pero yo siempre supe que noestaba preparada para vivir en este mundo. Era una criatura demasiado hermosa yfrágil para el horror que la esperaba fuera de los límites de su consciencia.Su chispa se apagó sin más, con la misma sutileza con la que pasó por la vida.Y con ella me fui yo.

Comprendíentonces que, de alguna forma, estaba condenado. Había recibido una herenciaemponzoñada de sufrimiento y jamás podría escapar a ella. El fuego que habíaempezado a arder en mi interior se avivó, negándose ciego a aceptar un destinoimpuesto por un pasado cruel. – Desde aquel día he sido incapaz de volver aencontrar una sonrisa como la que despuntó en esa diminuta boca al nacer cuandoaún tenía la esperanza y la ingenuidad intactas. Yo tardé muchos años más encomprender lo que ella intuyó al instante. La felicidad es imposible, estamosceñidos al dolor. Intenta preservar el máximo posible esa inocencia que aúnposees, hijo, pues el día que te despiertes sabiéndola lejos, habrás firmado yatu contrato de arrendamiento en el infierno. Tu padre nunca supo ver lo que yohabía visto y me tomó como un reproche vivo y constante de la pérdida de suhija que no pudimos o supimos evitar. Nunca más volvió a mirarme a los ojoscomo esposa o madre. Con ella se fue también todo atisbo de amor o pasión, elcalor de un hogar que ya no volvería nunca más. Pagó en ti su frustración comoyo la pagué con él. Y hoy los dos hemos entendido nuestro error. - concluyó mimadre en un arrebatado suspiro, que sonaba agónico.

 Su relato había evocado en mí sombras yfantasmas de un pasado remoto cuyas consecuencias habían forjado mi existencia.Fui siempre testigo mudo de una historia de amor rota por la losa de una muerteprematura. Fui la única razón que, durante demasiado tiempo, mantuvo a mispadres atados a la vida, pero despojados de ella. Y fui al mismo tiempoprisionero de su soledad. Ahora ambos habían cortado sus ligaduras, soltado ellastre de su pasado. Me tocaba a mí dar el siguiente paso, alejarme de ello yencontrar mi propio motivo para seguir atado a la vida. – Vámonos, madre, me hequedado frío. Esgrimió una sonrisa triste, cansada, al oírme. – No, yo ya notengo a dónde ir. No esta noche. No ahora. No por fin – respondió. Después serecostó sobre la lápida de piedra, la mirada perdida y en la boca un atisbo dela misma sonrisa irónica con la que abrazó mi padre el alivio de la muerte.Traté de replicar, pero el cementerio, aquel reino de muerte, parecía condenarya la ruptura de ese silencio sepulcral que lo embargaba todo.

Elviento seguía aullando entre los árboles y avenidas del camposanto, mas no eracapaz de oír otra cosa que el latido feroz de la sangre en las sienes. Eradifícil pensar, difícil ver más allá de la niebla, difícil encontrar la salidade aquel laberinto endemoniado. Corrí entre las tumbas hasta quedarme sinresuello, pero el paisaje permanecía invariable: muerte y hielo. Sucumbí en ladesesperación y traté de gritar, pero se me trabó la voz o la intención.Tropecé y caí al suelo, presa de la desesperación, pensando que mis padres, ensu ansiado reencuentro con la calma mucho tiempo ha perdida, me iban aarrastrar con ellos. Entonces la vi. O la soñé. O ambas cosas. Una sombravaporosa en la distancia, asomando entre la fantasmagórica arboleda. Una figuraapenas apreciable a excepción de la luz de unos ojos infinitos, insondables.Ojos de mujer que se clavaron en mí, penetrando en lo más profundo de mi ser,accionando algún resorte en mi interior que desconocía poseer hasta el momento,hechizándome para siempre irremediablemente. Ojos insondables, más negros quela noche, más brillantes que la Luna, cargados de un influjo irresistible una melodía de deseo y misterio.Ojos negros como el corazón que se apagaba abrazado a aquella tumba con sudiminuta muesca. Ojos negros como un pozo sin fin. Tan arrebatadores comoimposibles. Ojos negros. Grité llamando a la figura y corrí de nuevo, en subusca. Sentí chocar, un golpe sordo, la sombra desvanecerse y la conscienciadiluirse en una oscuridad absoluta. Tal vez fueran sus ojos.

Bea


PRÓLOGO:


De esas historias que son breves pero te marcan más allá de lo que algún día serás capaz de recordar. De esas historias que no gustan a nadie pero enamoran un poco por dentro. Y ahí queda el recuerdo, palpitante, pase lo que pase, llueva lo que llueva y vayas a donde vayas. Ya en el lecho de muerte, este recuerdo es lo único que me niego a dejar atrás. Es lo único que no morirá conmigo. He vivido por ella y ella vivirá por mí.

He recorrido la vida a través de los años como uno más del inacabable río de personas que nacen con ímpetu y desembocan en apacible letanía. Distintos medios para un mismo fin. Pero de todas las formas y derivaciones de la muerte, sólo hay una que merece la pena: morir por alguien. Ella murió por mí y yo viví por ella; sin darme cuenta de que ya había muerto también. Claro que, cómo negarse a una vida alquilada a tan alto precio.

Nadie me acompaña esta noche y doy gracias por ello. ¿A quién? No lo sé. Ya no quiero penar en el presente que se diluye ni en el futuro que no me queda. El pasado es lo único nuestro que tenemos llegado cierto momento. Ahora miro a mi alrededor y veo personas con batas bancas que deambulan apresuradamente con fines que se me escapan y motivaciones que no me interesan. Al lado de la cama un jarrón con flores que se marchitan lentamente es mi irónico retrato. Ya no nos queda agua a ninguno de los dos. Por detrás, cansada la vista más de ver que de mirar, alcanzo a vislumbrar una ventana a través de la cual se desliza un mundo y una realidad que me son ajenos ya. Hubo un día en el que pasee derrotado por ahí afuera, pero ya me toca descansar.

Los mejores momentos de nuestra vida pasan en una cama. Ésta en la que me encuentro parece dispuesta a darme un último abrazo de aliento, aquí hundido entre almohadones y máquinas indiferentes a su tarea. Alcanzo a deducir lo inútil que resulta estar conectado a algo para sobrevivir. Solo la conexión con alguien te mantiene vivo. El resto, menos muerto. De todo lo que me rodea, tan solo un objeto encandila mi mirada como lo hiciera antaño. Tomo entre mis manos esa vieja fotografía impresa, ajados los bordes y descolorido el papel por el paso de los años y evoco todo aquello que ahora quiero contar. En el anverso de la fotografía, garabateada con una caligrafía apretada y sinuosa de bolígrafo escaso de tinta y sobrado de anhelo, fiel reflejo de su intrincada personalidad, se intuye aún una breve dedicatoria cuya lectura quema y su recuerdo escuece en aquello que filósofos y poetas llaman alma:

Me gusta imaginar que volverás siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca.
Bea

Ella siempre fue mejor que yo. Saber que nunca la merecí es la deliciosa broma con la que el destino se ha reído de mí todos estos años. Sutil toque de humor para aquel que sabe que le hicieron un regalo que no podía aceptar, pero tampoco devolver. Un presente envenenado. Tener que serle leal a una vida atormentada por miedo a la infidelidad que habría supuesto una muerte anticipada a los días que ella me concedió. Pero sin ella. Se lo debía. Si ella tenía razón, tal vez nos encontremos ahora, donde sea que esté ese cielo del que hablaba. Decía ella que la oscuridad solo es ausencia de luz. Cuánta razón tenía. He vivido a oscuras, me faltaba su luz. Al infierno ya no puedo ir, ya he pagado mi cuota en él en una existencia demasiado larga, o demasiado corta, según se mire. Si me ve, sé que se reirá de mí. Amplia y francamente, con la sonrisa y con los ojos, con todo su cuerpo, como hacía siempre. Si tenía yo razón y más allá solo nada ni nadie nos espera para recoger las maletas y viajar lejos; entonces estas palabras nos harán inmortales a los dos. Sea como fuere, la eternidad nos espera. Al amor no le está permitido morir. Jamás.




CAPÍTULO 1:


El viento golpeaba severo arrastrando su aliento helado desde el mar al pequeño pueblo cobijado en el seno de la bahía. Las laderas del barranco circundante arropaban a duras penas las pintorescas casitas de madera y piedra, y el frío húmedo se extendía impunemente por sus desprotegidas calles y callejas. Era un invierno gélido que calaba hasta los huesos y encogía el aliento. La nieve caía a jirones blanquecinos que cubrían todo a su paso, sumiendo al pueblo y sus gentes en un adormecido letargo, en el que solo los penachos de humo que se aventuraban más allá de las chimeneas y las desvaídas luces que asomaban de las ventanas sugerían un resquicio de vida en aquella apartada localidad. La plaza central rezumaba soledad a través de su fuente helada, a juego con la sonrisa triste perpetuamente congelada en el rostro pétreo de su estatua. En el puerto, los barcos pesqueros se mecían con desgana, sus palos y vergas cubiertos finos copos de nieve, sugiriendo un fiel retrato de la vida dormida del lugar.

En este ambiente apocado y sombrío, donde el frío se sentía por dentro y por fuera, sometía yo por aquel entonces mis anodinos días. La Navidad se acercaba sin asomar su cara amable en aquel crudo invierno y yo rondaba los dieciocho años de una juventud fugaz y poco destacable. Desde pequeño, mi padre, que había construido su vida en torno a la pesca sin conocer más mundo que aquel que evocaban los vientos que traía el mar; había mirado con reprobación cercana al desdén mi afición por la astronomía, por el manto de estrellas, constelaciones y planetas que cada noche cubría el cielo contando mil historias que solo yo podía intuir. Su esposa, tal vez mi madre, era una sombra viva que se arrastraba por el mundo trayendo consigo el silencio y el reproche mudo de aquella hija que nunca terminó de ver la luz. Nunca recibí de ella más palabras de las debidas ni más cariño del necesario. Forjé mi infancia y adolescencia en una soledad distraída, amparado en el calor del cielo y sus misterios. Mi padre trató innumerables veces de enseñarme el oficio, pero siempre fue un esfuerzo infructuoso. Nuestros anhelos divergían en el plano vertical; él miraba al mar, yo a las estrellas. Acabó dándome por perdido como hombre de provecho, así que me permitió recibir una modesta educación, alejándome tan solo por la mínima del analfabetismo, bajo la dirección del anciano del pueblo, un hombre tomado por sabio, pero que lo era únicamente bajo el calor de una botella de vino, cuando se le embotaba la mente y se le soltaba la lengua.
-Aprende hijo, que en la vida merece la pena tan solo aquello que te mata-  solía decirme. –Lo dice usted por los espumosos que con tanta dedicación y muy pocos remilgos despacha de continuo?- respondía yo, en lo que por aquel entonces consideraba un derroche de fino ingenio y afilada mordacidad. – Lo digo, muchacho, porque tenemos una vida con los días contados, que solo el sufrimiento y la tristeza saben alargar con deleite; lo bueno, lo que merece la pena, va trazando muescas en nuestro calendario como contrapartida a la felicidad que ansiamos. Vive solo en atención de esto último, muere pronto pero con vida- sentenciaba con ebria solemnidad antes de sumergirse en un bendito sopor etílico que restaba días a su existencia y sumaba puntos a su cartilla de felicidad anticipada. Con el tiempo he podido comprobar que las palabras de aquel sabio que despertaban cierto regocijo en mí, entrañaban más verdad de la que hubiera podido reconocer. Cuán larga ha sido mi vida, descontando inexorablemente porciones de aquella felicidad que un día tuve. Qué eterna es la tristeza que no tiene meta.

Gustaba yo además de leer todo lo que caía en mis manos, que siempre me parecía poco y a mi padre demasiado. – Deja de leer sobre la vida y vívela- tenía a bien decirme. El pobre hombre no podía entender que prefiriese encerrarme en las historias y leyendas que me traían mis lecturas, ecos lejanos de otros mundos y realidades, que vivir la vida que él pretendía o podía darme. Yo notaba la decepción constante en sus ojos, por un hijo en el que era incapaz de reconocerse y por una esposa que se desvanecía día a día perdida en la tristeza del recuerdo y el dolor del reproche. Ahora por fin entiendo a mi madre, entiendo el precio de arrastrar el remordimiento y la melancolía en el espíritu y la mirada hasta el final.  - Niño, dale las buenas noches a tu madre- solía decirme también. De nuevo se equivocaba; para ella ya era de noche, y jamás serían buenas. Con el tiempo un abismo nos distanció a unos de otros. Cada uno se refugiaba en su obsesión, ya fuese la pesca, el recuerdo o el firmamento.

Aquellas Navidades no tenían visos de ser distintas a las anteriores, tal vez solo mejores que las siguientes. Comenzaba a despuntar entonces el mes de diciembre, de la mano de un invierno gélido, frío tan solo un punto por debajo del corazón de mi madre, que parecía mostrar cada vez más dificultad en encontrar un motivo por el que seguir latiendo. Nuestra humilde casa de madera se alzaba en primera línea de la bahía, por detrás del puerto sórdido puerto y discriminada del resto del pueblo por su propia tristeza. El viento se colaba por entre las grietas de las tablas de paredes y techo, haciendo inútiles los ingenuos esfuerzos de la chimenea por calentar la casa. Pero esto no parecía desentonar con el ambiente de la familia.
 La noche del uno de diciembre mi padre entró en mi habitación, donde me sorprendió observando embelesado el cielo más allá de mi ventana. Traía consigo un paquete largo y estrecho dentro de su raído chaquetón que supuse sería algún pertrecho pesquero. – Puede que tengas razón y sea mejor lo que ves ahí arriba que lo que hay aquí a tu alrededor. Me he equivocado contigo todos estos años, he sido incapaz de entender la belleza de los sueños y anhelos que crecían en ti por encima de esta vida simple y frustrada que traté que siguieras – comenzó a decir mi padre con voz trémula y semblante derrotado señalando distraídamente a su alrededor. Pude por fin ver en sus ojos el mismo ensordecedor arrepentimiento que traslucía mi madre, la misma pena insondable de raíces demasiado profundas. Trató de seguir dando voz a su dolor, de expresar con palabras aquello que había callado demasiado tiempo y ya no sabía cómo salir. Intentó en vano seguir explicándome aquello que ya había entendido al mirarle. Me levanté y le abracé con fuerza por primera vez en, de nuevo, demasiado tiempo. Rompió entonces a llorar desconsoladamente, sacando fuera lo que las palabras no habían podido. No sabría precisar cuánto tiempo duró, pero sí que no fue el suficiente; ninguno lo sería. Tras recomponerse a duras penas, me entregó el paquete que llevaba celosamente envuelto y protegida. Con manos temblorosas desenvolví un reluciente telescopio de latón. – Para que veas las estrellas tan cerca como puedas sentirte de ellas- remató con una sonrisa cansada en el rostro, antes de darse la vuelta y abandonar la habitación. Supe en ese instante que no le volvería a ver.

A la mañana siguiente los golpes en la puerta me sobresaltaron despertándome bruscamente. Me había quedado dormido abrazado a aquel artilugio que durante la noche, eterna y mágica, me había enseñado con nitidez aquello que yo ya había visto en mi imaginación.  Ante la persistencia de las llamadas a la puerta decidí acudir a abrirla. Entre golpe y golpe, la casa quedaba sumida en un silencio sepulcral, intimidante, en el que podía escuchar los latidos acelerados de mi corazón. Llamé a mi madre sin esperar ni obtener respuesta. Al abrir la puerta, encontré la entrada franqueada por dos agentes de policía de aspecto simiesco y actitud de superioridad de la que se infería una aplastante superioridad del físico por encima del intelecto. Entre ambos torreones, despuntaba un hombre menudo y de rostro severo y aguileño, con un cierto aire turbio y retorcido, de haber visto mucho y que le hayan visto mucho. Se presentó formalmente el comisario y procedió a darme un escueto resumen de los hechos: varón de mediana edad encontrado al amanecer ahogado en las aguas del puerto con una piedra colgada al cuello. – Fue encontrado en esta situación por la partida habitual de pescadores, que indicaron reconocerle como dueño de esta casa y, deduzco por tanto, su padre.- dijo sucintamente. – Mi padre? Mi padre está muerto? Está muerto?- acerté a balbucear. – Eso me lo dirás tú ahora cuando me acompañes a reconocer el cadáver, joven.- dejó caer con indiferencia, intuyéndose en él una media sonrisa lobuna, de colmillo afilado y corazón de piedra.