[Entrada mía extraída del blog tendencialoabsurdo.blogspot.com]
Un triángulo, el símbolo de infinito, una estrella, un
ancla, una sirena, un diente de león desvaneciéndose al viento como metáfora de
la moda que viene y, de un soplo, se va. Tempus
fugit, verba volant. Pero ah, amigo, esa marca no es fugaz. Estabas en el
Festival de Benicassim, hacía calor y las muchachas te miraban con ojitos
cargados de alicientes picantes, ardientes; caidita de párpados y aquí te
espero. Tú se los devolvías vidriosos, como mirando a través del culo semitranslúcido
de tu botella vacía de jäger. Y lo que veías era precioso. Esa morena, poseída
por el espíritu de una ninfa majestuosa, moviéndose como un sauce mecido por un
cálido céfiro, ella sola en el centro de la pista. De fondo, una música que
todos a tu alrededor fingían conocer pero que sólo tú sentías como propia.
Ellos tocaban para ti, para ti y tus
circunstancias, para ese momento de comunión mística con el caracoleo de sus
guedejas castañas en torno a su cuello infinito. Os mirabais los dos, ajenos al
mundo banal de lo terrenal, describiendo desde la distancia una trayectoria
elíptica destinada, como el péndulo de Foucalt, a encontrarse en su centro
exacto una y otra vez para toda la eternidad.
Bailasteis, y os contoneasteis, como ramas de junco
fuertemente entrelazadas por una mano primorosa de artesano. Perdisteis la
ridícula noción del tiempo. Y os besasteis. Sabía a cerveza, a algún licor
fuerte y al agridulce aroma de las tragedias que se mascan de antemano. La
puesta del sol os pilló mucho más puestos a vosotros. Te quedaste contemplando,
absorto, cómo los últimos rayos de luz agónica lamían la piel torneada de sus hombros,
en sentido descendente y figurado. Y no pudiste evitar pensar en lo mucho que
te gustaría ser ese haz que penetra y hiende su carne tibia y palpitante. Entonces
ella te agarró de la mano y te arrastró, juguetona, hacia la tienda de campaña,
a la suya, claro, que tú ya la llevabas puesta; y allí dentro, con alegría
vigorosa y estruendo clamoroso, se consumó el ritual mágico e ineluctable que
había comenzado diez minutos atrás, en un tiempo ya remoto de imposible
aprehensión. Os arrancasteis la ropa - frenesí sin freno -, los besos, las
palabras e incluso las cuentas de Instagram. Hubo sexo, seguro. Pero no fue
sólo eso. Fue mucho más. Fue pasión, fue
arrebato, fue aquí te pillo, pero no te mato. Os conjurasteis, sacrílegos
vosotros, para hacer palidecer a los dioses en sus tronos celestiales. Y a tu
amigo el feo, que pasaba por ahí.
Poco después, aunque en realidad no recuerdas cuánto ni
cuándo, tus remembranzas pierden el hilo lógico de la temporalidad; se
desmigajan en pequeños fragmentos de confusión y sorpresa, imposibles de
recomponer. Tú seguías allí, y ella también, pero a la vez no. Lo siguiente que
eres capaz de vislumbrar con claridad es el despertar: ella ya no está a tu
lado, el sol brilla en lo alto y en tu pecho refulge una estrella. Una
geometría afilada de cinco puntas grabada en tinta y sangre sobre tu corazón,
que parece dolerse en cada latido desangelado y frágil. Una estrella sin
ella. Un deseo fugaz no concedido. Querías el firmamento y te quedaste con la
firma; miento, si digo que la querías, más ah, te has estrellado igual.