jueves, 22 de mayo de 2014

Te taTÚaste, como todos

[Entrada mía extraída del blog tendencialoabsurdo.blogspot.com]


Un triángulo, el símbolo de infinito, una estrella, un ancla, una sirena, un diente de león desvaneciéndose al viento como metáfora de la moda que viene y, de un soplo, se va. Tempus fugit, verba volant. Pero ah, amigo, esa marca no es fugaz. Estabas en el Festival de Benicassim, hacía calor y las muchachas te miraban con ojitos cargados de alicientes picantes, ardientes; caidita de párpados y aquí te espero. Tú se los devolvías vidriosos, como mirando a través del culo semitranslúcido de tu botella vacía de jäger. Y lo que veías era precioso. Esa morena, poseída por el espíritu de una ninfa majestuosa, moviéndose como un sauce mecido por un cálido céfiro, ella sola en el centro de la pista. De fondo, una música que todos a tu alrededor fingían conocer pero que sólo tú sentías como propia. Ellos tocaban para ti, para ti  y tus circunstancias, para ese momento de comunión mística con el caracoleo de sus guedejas castañas en torno a su cuello infinito. Os mirabais los dos, ajenos al mundo banal de lo terrenal, describiendo desde la distancia una trayectoria elíptica destinada, como el péndulo de Foucalt, a encontrarse en su centro exacto una y otra vez para toda la eternidad.

Bailasteis, y os contoneasteis, como ramas de junco fuertemente entrelazadas por una mano primorosa de artesano. Perdisteis la ridícula noción del tiempo. Y os besasteis. Sabía a cerveza, a algún licor fuerte y al agridulce aroma de las tragedias que se mascan de antemano. La puesta del sol os pilló mucho más puestos a vosotros. Te quedaste contemplando, absorto, cómo los últimos rayos de luz agónica lamían la piel torneada de sus hombros, en sentido descendente y figurado. Y no pudiste evitar pensar en lo mucho que te gustaría ser ese haz que penetra y hiende su carne tibia y palpitante. Entonces ella te agarró de la mano y te arrastró, juguetona, hacia la tienda de campaña, a la suya, claro, que tú ya la llevabas puesta; y allí dentro, con alegría vigorosa y estruendo clamoroso, se consumó el ritual mágico e ineluctable que había comenzado diez minutos atrás, en un tiempo ya remoto de imposible aprehensión. Os arrancasteis la ropa - frenesí sin freno -, los besos, las palabras e incluso las cuentas de Instagram. Hubo sexo, seguro. Pero no fue sólo eso.  Fue mucho más. Fue pasión, fue arrebato, fue aquí te pillo, pero no te mato. Os conjurasteis, sacrílegos vosotros, para hacer palidecer a los dioses en sus tronos celestiales. Y a tu amigo el feo, que pasaba por ahí.


Poco después, aunque en realidad no recuerdas cuánto ni cuándo, tus remembranzas pierden el hilo lógico de la temporalidad; se desmigajan en pequeños fragmentos de confusión y sorpresa, imposibles de recomponer. Tú seguías allí, y ella también, pero a la vez no. Lo siguiente que eres capaz de vislumbrar con claridad es el despertar: ella ya no está a tu lado, el sol brilla en lo alto y en tu pecho refulge una estrella. Una geometría afilada de cinco puntas grabada en tinta y sangre sobre tu corazón, que parece dolerse en cada latido desangelado y frágil. Una estrella sin ella. Un deseo fugaz no concedido. Querías el firmamento y te quedaste con la firma; miento, si digo que la querías, más ah, te has estrellado igual.