miércoles, 11 de abril de 2012

El mar

Estaba un niño sentado en el borde de un barranco con las piernas colgando en el vacío, la mirada ausente perdida en el infinito y la ciudad a su espalda. En esto que se le acercó un frágil anciano con aspecto milenario y reclamó su atención preguntándole si podía sentarse a su lado. El niño cabeceó afirmativamente y siguió absorto en su contemplación.

- ¿Qué ves ahí delante? - preguntó el anciano.
- El mar. - respondió sucinto el niño.
- ¿Y más allá? - insistió el anciano.
- Umm... El infinito, supongo. - reflexionó aquel niño.
- ¿Y a tu espalda? ¿Qué ves a tu espalda? - prosiguió el frágil anciano.
- ¿Detrás mía? Solo veo la ciudad. - se limitó a decir el niño.
- Ajá. ¿Y qué crees que significa? - inquirió una vez más.
- No lo sé... - respondió confuso el niño - Nada, supongo. Que está ahí y punto.
- Ah, solo está. Sí, es una posibilidad. Pero yo prefiero verlo de otra forma. - contestó el anciano.
- ¿Cómo? - se atrevió a preguntar el niño tras una larga pausa ensimismada.
- Oh, muy sencillo: detrás nuestra ya está todo construido, por eso debemos mirar siempre hacia delante. - argumentó el anciano. Tras eso, se puso trabajosamente en pie y se alejó del precipicio caminando hacia la ciudad con paso lento.

El niño, extrañado, lo vio marchar un rato. Después, se dio la vuelta indiferente, y siguió contemplando absorto el mar.