Hoy quiero contar una historia antigua con visos de actualidad perenne. Es la historia de Pedro y el lobo. Pedro, de apellido Pérez, solía entretenerse anunciando a bombo y platillo la venida del lobo. ¡El lobo! ¡Que viene el lobo feroz! Los campesinos, alarmados, escuchaban sus funestos augurios con exaltado pánico. ¡Acabará con nuestras propiedades! ¡Dividirá nuestros rebaños! ¡Nos robará el sustento! Cuando oían esto, se movilizaban indignados, prestos a defender lo suyo haciendo frente al lobo que pretendía destruir a Pedro y a todos ellos. Pero por más que gritara aquel anunciando el peligro, el lobo no aparecía nunca. Y se volvían a sus casas furiosos por haber sido engañados, pensando si sería real ese lobo feroz. Aún así, Pedro no se desanimaba y seguía proclamando una y otra vez la llegada del monstruo que acabaría con sus vidas. ¡Se comerá a nuestras ovejas! Exclamaba a izquierda y derecha. ¡Nos dejará sin trabajo! Declamaba a los cuatro vientos. ¡Se adueñará de nuestro pueblo para siempre! Y al escucharle, volvían a asustarse todos y corrían en su ayuda cada vez. De no presentarse nunca la bestia, empezaron, poco a poco, a perder fuste en la respuesta. Pedro llamaba y ellos acudían más despacio. Quizás no sea tan terrible, el lobo, empezaron a pensar algunos. Con el tiempo, los desilusionados campesinos, dejaron de temer al lobo y pasaron a volcar su rabia y su descontento sobre aquel que les mentía de continuo. ¡A ver si viene de verdad y se lo come de una vez! Se escuchó decir a alguien. Todavía Pedro gritaba e iban algunos con un palo, aquellos aferrados a la idea de no cambiar jamás. A pesar de ello, finalmente llegó un día en que Pedro volvió a tocar a rebato: ¡El lobo ya está aquí! Y, ciertamente, el lobo había llegado a casa de Pedro, mas ya a nadie le importaba lo más mínimo la suerte que pudiera correr el desdichado. Al enterarse de lo ocurrido, los habitantes del pueblo, se limitaron a escribir en su lápida: "RIP P.P".
Porque ser insomne significa quedarse demasiado tiempo a solas con uno mismo. Ahí siempre estás tú. Y no deberías.
martes, 11 de noviembre de 2014
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Rubia melancolía
Quizás sea el contorno de sus curvas, ese cuello altivo o ese culo perfectamente redondo. Tal vez la condensación que se forma en cada parte de su cuerpo para luego, juguetona, deslizarse de arriba abajo, entreteniéndose en el contorno de su mitad. Esa humedad al tacto. Esa fría calidez. Puede que se deba a cómo se deja agarrar del cuello para llevártela a la boca. Cómo, aún así, no alivia tu ansia y necesitas más, siempre más de ella. Esa sed que es agonía incurable. Podría, incluso, ser por ese rubor que genera en tus mejillas. Por cómo te enciende la garganta y te quema el alma. O cómo te incita a arrancarle con las manos todo aquello que la recubre, empapado ya, para dejarla desnuda entre tus manos. Y notar cómo va calentandose bajo tu palma, cómo la zarandeas y se estremece, espumeante y excitada. Igual, su tono dorado. O esa amargura que te deja en el paladar cuando se va. No sé exactamente por qué, pero te adoro, cerveza.