martes, 11 de noviembre de 2014

Pedro y el lobo

Hoy quiero contar una historia antigua con visos de actualidad perenne. Es la historia de Pedro y el lobo. Pedro, de apellido Pérez, solía entretenerse anunciando a bombo y platillo la venida del lobo. ¡El lobo! ¡Que viene el lobo feroz! Los campesinos, alarmados, escuchaban sus funestos augurios con exaltado pánico. ¡Acabará con nuestras propiedades! ¡Dividirá nuestros rebaños! ¡Nos robará el sustento! Cuando oían esto, se movilizaban indignados, prestos a defender lo suyo haciendo frente al lobo que pretendía destruir a Pedro y a todos ellos. Pero por más que gritara aquel anunciando el peligro, el lobo no aparecía nunca. Y se volvían a sus casas furiosos por haber sido engañados, pensando si sería real ese lobo feroz. Aún así, Pedro no se desanimaba y seguía proclamando una y otra vez la llegada del monstruo que acabaría con sus vidas. ¡Se comerá a nuestras ovejas! Exclamaba a izquierda y derecha. ¡Nos dejará sin trabajo! Declamaba a los cuatro vientos. ¡Se adueñará de nuestro pueblo para siempre! Y al escucharle, volvían a asustarse todos y corrían en su ayuda cada vez. De no presentarse nunca la bestia, empezaron, poco a poco, a perder fuste en la respuesta. Pedro llamaba y ellos acudían más despacio. Quizás no sea tan terrible, el lobo, empezaron a pensar algunos. Con el tiempo, los desilusionados campesinos, dejaron de temer al lobo y pasaron a volcar su rabia y su descontento sobre aquel que les mentía de continuo. ¡A ver si viene de verdad y se lo come de una vez! Se escuchó decir a alguien. Todavía Pedro gritaba e iban algunos con un palo, aquellos aferrados a la idea de no cambiar jamás. A pesar de ello, finalmente llegó un día en que Pedro volvió a tocar a rebato: ¡El lobo ya está aquí! Y, ciertamente, el lobo había llegado a casa de Pedro, mas ya a nadie le importaba lo más mínimo la suerte que pudiera correr el desdichado. Al enterarse de lo ocurrido, los habitantes del pueblo, se limitaron a escribir en su lápida: "RIP P.P".

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Rubia melancolía

Quizás sea el contorno de sus curvas, ese cuello altivo o ese culo perfectamente redondo. Tal vez la condensación que se forma en cada parte de su cuerpo para luego, juguetona, deslizarse de arriba abajo, entreteniéndose en el contorno de su mitad. Esa humedad al tacto. Esa fría calidez. Puede que se deba a cómo se deja agarrar del cuello para llevártela a la boca. Cómo, aún así, no alivia tu ansia y necesitas más, siempre más de ella. Esa sed que es agonía incurable. Podría, incluso, ser por ese rubor que genera en tus mejillas. Por cómo te enciende la garganta y te quema el alma. O cómo te incita a arrancarle con las manos todo aquello que la recubre, empapado ya, para dejarla desnuda entre tus manos. Y notar cómo va calentandose bajo tu palma, cómo la zarandeas y se estremece, espumeante y excitada. Igual, su tono dorado. O esa amargura que te deja en el paladar cuando se va. No sé exactamente por qué, pero te adoro, cerveza.

jueves, 22 de mayo de 2014

Te taTÚaste, como todos

[Entrada mía extraída del blog tendencialoabsurdo.blogspot.com]


Un triángulo, el símbolo de infinito, una estrella, un ancla, una sirena, un diente de león desvaneciéndose al viento como metáfora de la moda que viene y, de un soplo, se va. Tempus fugit, verba volant. Pero ah, amigo, esa marca no es fugaz. Estabas en el Festival de Benicassim, hacía calor y las muchachas te miraban con ojitos cargados de alicientes picantes, ardientes; caidita de párpados y aquí te espero. Tú se los devolvías vidriosos, como mirando a través del culo semitranslúcido de tu botella vacía de jäger. Y lo que veías era precioso. Esa morena, poseída por el espíritu de una ninfa majestuosa, moviéndose como un sauce mecido por un cálido céfiro, ella sola en el centro de la pista. De fondo, una música que todos a tu alrededor fingían conocer pero que sólo tú sentías como propia. Ellos tocaban para ti, para ti  y tus circunstancias, para ese momento de comunión mística con el caracoleo de sus guedejas castañas en torno a su cuello infinito. Os mirabais los dos, ajenos al mundo banal de lo terrenal, describiendo desde la distancia una trayectoria elíptica destinada, como el péndulo de Foucalt, a encontrarse en su centro exacto una y otra vez para toda la eternidad.

Bailasteis, y os contoneasteis, como ramas de junco fuertemente entrelazadas por una mano primorosa de artesano. Perdisteis la ridícula noción del tiempo. Y os besasteis. Sabía a cerveza, a algún licor fuerte y al agridulce aroma de las tragedias que se mascan de antemano. La puesta del sol os pilló mucho más puestos a vosotros. Te quedaste contemplando, absorto, cómo los últimos rayos de luz agónica lamían la piel torneada de sus hombros, en sentido descendente y figurado. Y no pudiste evitar pensar en lo mucho que te gustaría ser ese haz que penetra y hiende su carne tibia y palpitante. Entonces ella te agarró de la mano y te arrastró, juguetona, hacia la tienda de campaña, a la suya, claro, que tú ya la llevabas puesta; y allí dentro, con alegría vigorosa y estruendo clamoroso, se consumó el ritual mágico e ineluctable que había comenzado diez minutos atrás, en un tiempo ya remoto de imposible aprehensión. Os arrancasteis la ropa - frenesí sin freno -, los besos, las palabras e incluso las cuentas de Instagram. Hubo sexo, seguro. Pero no fue sólo eso.  Fue mucho más. Fue pasión, fue arrebato, fue aquí te pillo, pero no te mato. Os conjurasteis, sacrílegos vosotros, para hacer palidecer a los dioses en sus tronos celestiales. Y a tu amigo el feo, que pasaba por ahí.


Poco después, aunque en realidad no recuerdas cuánto ni cuándo, tus remembranzas pierden el hilo lógico de la temporalidad; se desmigajan en pequeños fragmentos de confusión y sorpresa, imposibles de recomponer. Tú seguías allí, y ella también, pero a la vez no. Lo siguiente que eres capaz de vislumbrar con claridad es el despertar: ella ya no está a tu lado, el sol brilla en lo alto y en tu pecho refulge una estrella. Una geometría afilada de cinco puntas grabada en tinta y sangre sobre tu corazón, que parece dolerse en cada latido desangelado y frágil. Una estrella sin ella. Un deseo fugaz no concedido. Querías el firmamento y te quedaste con la firma; miento, si digo que la querías, más ah, te has estrellado igual.