Porque ser insomne significa quedarse demasiado tiempo a solas con uno mismo. Ahí siempre estás tú. Y no deberías.
domingo, 25 de marzo de 2012
jueves, 22 de marzo de 2012
A.M.O.R.
Anochezo amándote y amanezco ansiándote. Me atas y arrebatas, me abrazas y amordazas, me abrasas y atenazas. Ah, ángel que araña almas ávidas que arden hasta las ascuas, más apasionadas a más amadas, más aprisionadas a más ardientes. Arrancas alabanzas, acallas adioses y amparas amantes, ah, matas si mueres, muerte muda. Mellan tus mentiras, muerden tus miserias, marcan tus momentos. Meces si mereces, mandas mensajes malditos mientras miras mendigando más y manipulas mentes con murmurantes miradas. Eres magia y música, misterio y magnetismo, melancolía y melodrama, monstruo y mecenas de mis más maravilladas odas. Originas odios, oraciones, osadías y obsesiones; oficias de Olimpo y horizonte, de orgulloso obsequio y de obcecado objetivo, de optimismo y ofensa. Oh, eres órdago y orgasmo, eres omnipresente, omnipotente y orador onmisciente. Otorgas u oprimes, ostentas u obedeces, ofuscas u orientas. Oh, eres ópera y orquesta obscena, eres oxígeno y yo, oxidado organismo en tu órbita. Oh, eres oro que en la oscuridad reluce y yo, reo de tus redes. Rompes rutinas raquíticas rulando roles, rasgando ritmos, rizando el rizo. Eres rey sin reino, eres rapaz que roba ratos al reloj, eres río que roza revirtiendo roca en ruinas, eres rabia y rugido, risa y rubor. Eres recital rimado que roe recónditos recovecos raptando recuerdos y rehaciendo restos. Eres rebelión y revelación, eres regalo, rechazo y redención. Eres la razón que reanima la realidad y reactiva los rescoldos. Mi religión y mi recompensa, me reconforto recreándote y revivo recordándote. Renunciaría a respirar por retenerte, pues soy revolucionario radical de tus rarezas. Eres rey sin reino,
....eres A.M.O.R.
....eres A.M.O.R.
lunes, 19 de marzo de 2012
Tu yo
Se agachó y recogió la nota. Manuscrita, con caligrafía impecable, una frase: "Soy tu yo mañana". La había encontrado a los pies de su cama. Al leerla sintió la emoción subir como la espuma. Su yo del futuro se estaba comunicando con ella. Qué grandiosa experiencia que, habiendo sido ya dejada atrás por el inexorable paso del tiempo, una persona que es ella pero distinta se tome la molestia de volver atrás para solo para saludar.
Entonces surgieron las preguntas: "¿Cómo lo he hecho?", "¿Cuándo he vuelto?", "Si lo he hecho yo, debería saberlo, ¿no?", "¿Qué me quiero decir con esto?" "¿Estaré en peligro?". Ahí despuntó el inicio de una obsesión que tornaría en enfermiza. Ahora lo veía todo con otros ojos y la realidad parecía tomar otro tamiz distinto. Se abrían ante ella mil paradojas espacio-temporales, mil preguntas sin respuesta y mil posibilidades angustiosas o maravillosas.
La obsesión la arrastró casi al borde de la locura y al precipicio de la paranoia. Anduvo todo el día perdida entre sueños y realidad hasta que, exahusta y atormentada, cayó rendida en brazos de Morfeo al filo del alba. Apenas unas horas o tal vez cientos de años después, se vio arrancada de nuevo del descanso por unas insistentes llamadas a la puerta. Tal vez, quién sabe, era su yo del futuro.
Corrió a la puerta con el alma en vilo y la cordura pendiente de un hilo. Allí, la esperaba un hombre sonriente de aspecto indolente que tanteaba evocar ciertos recuerdos en su confusa mente. "Hola cariño." - saludó-. Qué cambiada se veía en el futuro. "Me pediste que necesitabas distanciarte un poco, ir a tu aire un tiempo, tener tu espacio, reflexionar... Nos hemos dado un tiempo que necesitábamos los dos." - prosiguió su extraño yo del futuro-.
Pareció dudar brevemente antes de proseguir el desconocido de la puerta; entonces la luz se hizo en ella y reconoció en aquel hombre a su novio del presente. "Pero creo que ya es hora de que volvamos a estar juntos porque nos queremos. Te dejé un mensaje ayer para avisarte: 'Soy tuyo mañana'. ¿Lo leiste?"
Comprendió ella en ese revelador instante la importancia del espacio.
Entonces surgieron las preguntas: "¿Cómo lo he hecho?", "¿Cuándo he vuelto?", "Si lo he hecho yo, debería saberlo, ¿no?", "¿Qué me quiero decir con esto?" "¿Estaré en peligro?". Ahí despuntó el inicio de una obsesión que tornaría en enfermiza. Ahora lo veía todo con otros ojos y la realidad parecía tomar otro tamiz distinto. Se abrían ante ella mil paradojas espacio-temporales, mil preguntas sin respuesta y mil posibilidades angustiosas o maravillosas.
La obsesión la arrastró casi al borde de la locura y al precipicio de la paranoia. Anduvo todo el día perdida entre sueños y realidad hasta que, exahusta y atormentada, cayó rendida en brazos de Morfeo al filo del alba. Apenas unas horas o tal vez cientos de años después, se vio arrancada de nuevo del descanso por unas insistentes llamadas a la puerta. Tal vez, quién sabe, era su yo del futuro.
Corrió a la puerta con el alma en vilo y la cordura pendiente de un hilo. Allí, la esperaba un hombre sonriente de aspecto indolente que tanteaba evocar ciertos recuerdos en su confusa mente. "Hola cariño." - saludó-. Qué cambiada se veía en el futuro. "Me pediste que necesitabas distanciarte un poco, ir a tu aire un tiempo, tener tu espacio, reflexionar... Nos hemos dado un tiempo que necesitábamos los dos." - prosiguió su extraño yo del futuro-.
Pareció dudar brevemente antes de proseguir el desconocido de la puerta; entonces la luz se hizo en ella y reconoció en aquel hombre a su novio del presente. "Pero creo que ya es hora de que volvamos a estar juntos porque nos queremos. Te dejé un mensaje ayer para avisarte: 'Soy tuyo mañana'. ¿Lo leiste?"
Comprendió ella en ese revelador instante la importancia del espacio.
sábado, 17 de marzo de 2012
Hojas caducas
Eran dos hojas colgadas de la misma rama. Ellas decían que se querían, pero sus palabras se las llevaba el viento. Y las raíces de todo quedaban ya muy abajo. Se acercaba el invierno, y eran hojas caducas.
Irene
Y aquel enclenque chaval se echó una novia. Era una chiquilla pizpireta de ojos claros y sonrisa hipnótica. El pobre muchacho parecía un extranjero desubicado en tierra ajena al lado de aquel ángel caído. Se les veía caminar juntos cogidos de la mano, imponente ella, tímido él. La miraba de reojo y se sonrojaba, encogido de espíritu, cuando sentía que ella se daba cuenta. No eran tal para cual, pero eso daba igual. El primer beso fue el primer exceso. A partir de ahí ya nada pudo poner freno a la pasión que les quemaba por dentro y les hacía ser fuego en el juego del amor. Entregados a este frenesí loco de quererse poco a poco y beberse a grandes sorbos, les llegó la acuciante necesidad del morbo. Desnudos bajo la luz de la luna decidieron fundir sus almas hasta ser una. En ese momento, aquel escuchimizado zagal descubrió un secreto que su amada había guardado celosamente. Se llamaba Irene, y tenía pene.
The Gas
Estaba en la cima de su carrera. Había alcanzado la cumbre y nada parecía poder desbancarlo de ahí. Tenía el mundo a sus pies y la gloria en sus manos. Allá donde iba los fans abarrotaban las calles, sus canciones reventaban las listas de éxitos y sus excentricidades le llevaron de hombre a divinidad.
Parecía haber encontrado el secreto de la inmortalidad; era el nuevo Mesías y su mensaje, música y orgías. La palabra de Dios a través de las notas punteadas de su guitarra y su voz desgarrada acariciando el micro. Llenaba estadios, colmaba escenarios y arrasaba ciudades y botellas de Larios. Era droga dura y sus fans, yonkis de sus dosis de apoteosis. Siempre pedían más y él parecía inagotable.
Mas llegó aquel día aciago e inevitable. Hallábase subido al escenario como de costumbre, siendo aclamado por miles de bocas vociferantes y anhelantes cuando se hizo el silencio. Se disponía a interpretar su famoso solo a capea "Singing in the pain" y el público escuchaba atento. En ese instante de éxtasis y clímax, olvidose de todo control y relajóse hasta el extremo, deshaciéndose así en una sonora e interminable flatulencia ampliada y repetida hasta el infinito por decenas de altavoces. Tembló el escenario y espantose el público. No fue ventosidad sino huracán. Fue estrépito sin fin y espectáculo decrépito. Pasó, en apenas un momento, de gloria a escoria.
Nunca el mundo había asistido antes a mayor genio musical ni a semejante virtuosismo rectal. Mas los que antes habían aclamado su destreza con las cuerdas de la guitarra, repudiaban ahora su maestría en el solo de esfínter. El más grande talento musical de la historia vio truncado su destino por el desatino de su intestino. Ya solo quedaría para el recuerdo la impresión de su regüeldo. La mofa y la chanza acabaron con la alabanza y nunca se supo más del hombre de aquel gas.
Parecía haber encontrado el secreto de la inmortalidad; era el nuevo Mesías y su mensaje, música y orgías. La palabra de Dios a través de las notas punteadas de su guitarra y su voz desgarrada acariciando el micro. Llenaba estadios, colmaba escenarios y arrasaba ciudades y botellas de Larios. Era droga dura y sus fans, yonkis de sus dosis de apoteosis. Siempre pedían más y él parecía inagotable.
Mas llegó aquel día aciago e inevitable. Hallábase subido al escenario como de costumbre, siendo aclamado por miles de bocas vociferantes y anhelantes cuando se hizo el silencio. Se disponía a interpretar su famoso solo a capea "Singing in the pain" y el público escuchaba atento. En ese instante de éxtasis y clímax, olvidose de todo control y relajóse hasta el extremo, deshaciéndose así en una sonora e interminable flatulencia ampliada y repetida hasta el infinito por decenas de altavoces. Tembló el escenario y espantose el público. No fue ventosidad sino huracán. Fue estrépito sin fin y espectáculo decrépito. Pasó, en apenas un momento, de gloria a escoria.
Nunca el mundo había asistido antes a mayor genio musical ni a semejante virtuosismo rectal. Mas los que antes habían aclamado su destreza con las cuerdas de la guitarra, repudiaban ahora su maestría en el solo de esfínter. El más grande talento musical de la historia vio truncado su destino por el desatino de su intestino. Ya solo quedaría para el recuerdo la impresión de su regüeldo. La mofa y la chanza acabaron con la alabanza y nunca se supo más del hombre de aquel gas.
jueves, 8 de marzo de 2012
Cosas
- Me han contado cosas.
- ¿Qué cosas?
- No te lo voy a decir.
- ¿Juegas a las adivinanzas?
Pues adivina esto. Un día algo ilumina tu vida anodina, se clava en tu retina en forma de espina, destroza tu rutina vacía y mezquina, penetra en ti como una toxina, sonríe ladina, canina, y poco a poco te contamina, te arranca como cafeína, te mantiene vivo como gasolina, te hipnotiza como una bailarina, te atrapa como heroína, como cocaína, y se convierte en quien manda, quien reina, en la insulina de tu diabético corazón.
Imagina. Imagina toda esta mierda repentina que engancha como nicotina. Pobre politoxicómano de 9 meses, cuánta ilusión adamantina.
- ¿Qué cosas?
- No te lo voy a decir.
- ¿Juegas a las adivinanzas?
Pues adivina esto. Un día algo ilumina tu vida anodina, se clava en tu retina en forma de espina, destroza tu rutina vacía y mezquina, penetra en ti como una toxina, sonríe ladina, canina, y poco a poco te contamina, te arranca como cafeína, te mantiene vivo como gasolina, te hipnotiza como una bailarina, te atrapa como heroína, como cocaína, y se convierte en quien manda, quien reina, en la insulina de tu diabético corazón.
Imagina. Imagina toda esta mierda repentina que engancha como nicotina. Pobre politoxicómano de 9 meses, cuánta ilusión adamantina.
jueves, 1 de marzo de 2012
Hasta la última sílaba
Érase una palabra enamorada de quien la escribió. Vivía encadenada, en su simple existencia de sílabas, tinta y papel, al recuerdo encendido del trazo firme pero delicado que garabateó su nacimiento. No había lugar, entre sus letras apretadas en un abrazo cursivo, para otro pensamiento. Anhelaba desesperadamente sentir de nuevo el beso fresco de la pluma entintada recorriendo sus sinuosas curvas. Ansiaba el encuentro con su amado y su mano que daba forma a todo aquello que ella era. Mas no sabía la palabra que ya había sido olvidada, sepultada entre otras tantas que representaban solo una pequeña pieza de un vasto engranaje. No sabía que nunca había tenido nada de especial, y que aquel que lo era todo para ella, podía escribirla mil veces y borrarla otras tantas, podía ponerle punto final o podía escribir "para siempre" y "amante" en la misma frase. La palabra, pobre, era "ingenua".
Hasta la última gota
Érase un escritor enamorado de lo que escribía. Su pluma era testigo cómplice de un amor exótico. Escribía sin pausa, día y noche; llenando papeles, hojillas, cuartillas, paredes, mesas y toda superficie susceptible de acoger sus indiscriminados ríos de tinta. Y a cada palabra que escribía se hundía aún más en el seductor hechizo de su amor. Como enamorado, recorría melancólico los rincones de su hogar garabateando versos entre suspiros. Y pasaba largas horas que parecían efímeros segundos contemplando embelesado sus montañas de escritos. A ratos releía insomne sus más tiernas y delicadas palabras; en ocasiones miraba con desasosiego su pluma de tinta negrísima y punta muy fina, recelando del íntimo contacto con su amada. Celos eran, precisamente, lo que lo devoraban por dentro. Le asustaba hasta el espanto que alguien pudiera llegar a leer nunca aquello que él adoraba. Celos sentía del mismo viento que acariciaba sus hojas, de la fría luz entrometida entre sus textos. Pasó entonces a vivir encerrado y a oscuras, escribiendo en el más absoluto vacío, a ciegas, guiado solo por el impulso febril que recorría sus venas y orientaba su pulso. Y poco a poco fue, así, consumiéndose entre sus desvaríos de loco enamorado. Hasta que en un instante de aquella noche sin fin, su ánimo se quebró sin remedio y rompió a llorar desconsolado. Las lágrimas afloraron y ya nada pudo detenerlas. Lloró y lloró durante días, o semanas. Lloró hasta la última gota cuando, seco ya, miró a su alrededor y se vio inundado, su obra destrozada y diluida en mares de tinta y lágrimas. Y al ver al objeto de sus ensueños destrozado por su propia mano, quiso llorar de nuevo, pero ya no le fue posible. Acarició entonces la pluma y decidió escribir sus últimas palabras con sangre.
...(continuación)
Un cuerpo frío y rígido, otrora pleno de energía y ahora abandonado de todo hálito de vida, me aguardaba envuelto enun saco de esparto en la tablazón del muelle del puerto. Era la mañana más fríaa la que creo haber asistido nunca. Sentía el frío araÑarme la piel y devorarmepor dentro. Uno de los agentes destapópara mí el cadáver, desvelando una cara amoratada y blanquecina, con pedacitosde escarcha descolgándose de los párpados y los labios apretados en un ictus demuerte que fácilmente podría tomarse por una última sonrisa irónica dirigida aldestino y su crueldad. Era mi padre. No cabía duda. Solo una profunda desazónque guió mis siguientes movimientos. Una somera declaración al aviesocomisario, palabras pronunciadas casi inconscientemente, gente retirando elcadáver, curiosos abandonando el lugar, gestos de despedida que puede intuirbrevemente y de nuevo, solo. Realmente, no era una situación novedosa; siemprehabía estado solo. Pero ahora sabía que se podía añorar otra soledad queacompañase la tuya, aunque fuese a regañadientes. Evoqué en mi mente la nocheanterior y las últimas palabras de mi padre. Palabras de arrepentimiento y dedisculpa y, como había llegado a presentir, de despedida. Correspondí a ellasresumiendo en mi interior las palabras de cariño que atesoraba por el que, afin de cuentas, había sido mi padre, yconjuré un último adiós a su memoria.
Regresara casa no era fácil, así que me entregué a deambular sin rumbo fijo por la bahía y sus alrededores,completamente ajeno a cuantos se cruzaban en mi camino, absorto en la bellezahierática del paisaje y el anhelo de cambio que comenzaba a crecer palpitantedentro de mí. Ya no sentía el frío; un extraño calor me invadía. Un pulso débilpero constante que trataba de sugerirme algo. Fruncido el ceño y entornada lamirada en un gesto de concentración que no hubiese sabido explicar, volví acasa sabiendo que no iba a encontrar allí lo que buscaba, pero sin otro lugaral que ir. Encontré a mi madre de pie en medio del diminuto salón, mirandoausente a su alrededor. Al mirarla supe que ya sabía lo sucedido, aunque se meescapase cómo. Tampoco parecía afectarle más allá de la melancolía enfermizaque la consumía por dentro desde la primera vez que tuve consciencia de verla.Me disponía a volver al refugio de latón y estrellas de mi habitación cuando mesorprendió hasta el extremo oír una voz rota conjurando mi nombre. Su voz. –Acompáñame, hay algo que quiero mostrarte.- fueron sus palabras. Las primerasen años, siglos tal vez. Asentí mudo,incapaz de componer una respuesta y la seguí al exterior.
Anduvimospor la playa de arena fina situada al oeste de la zona del puerto, una playamarginada al desuso invernal y de aspecto desolado, siguiendo un camino que meera del todo desconocido. Me limitaba a caminar por detrás de mi madre, queparecía impulsada por una voluntad interna que nunca antes había visto en ella,cortando el viento y la nieve con su figura escuálida y desvencijada. Terminadala playa, el sendero discurría por entre los árboles alicaídos y desprovistosde vegetación de un pequeño bosquecillo que aullaba insomne al son de losvientos, en un concierto fantasmal de sombras ocultas. Al final de este paseonos esperaba, lúgubre y escondido, un mar de cruces y lápidas de un cementerioque semejaba más antiguo que el Sol y más misterioso que la Luna. Luna queasomaba tímida entre un cielo copado de nubes grises, reflejando rayos de luzplateada entre la neblina baja y espesa que cubría sombríamente el lugar. Mimadre, aún sin mediar palabra, absorta en pensamientos sobre otra época, sedeslizaba sigilosa entre las lápidas de mármol, muy segura de sus pasos. Yo laseguía tembloroso, sobrecogido por los secretos que parecía encerrar aquellugar, que despertaban en mí un miedo visceral, arrancando escalofríos querecorrían mi cuerpo de arriba abajo. Cuando ya había perdido la noción deltiempo y del espacio, cuando pensaba que ya no podría aventurarme más allá sinquedar paralizado por un miedo animal, mi madre se detuvo calmadamente frente ala lápida más pequeña y modesta de todo el cementerio. Un rectángulo diminutode piedra basta desgastada por el tiempo en la que no podía leerse ya nombre niinscripción alguna, a excepción de una leve muesca en el ángulo superiorizquierdo en forma de estrella de cinco puntas.
-Aquíyace mi derrota en esta vida- explicó mi madre. Tu hermana que no llegó a verla luz del Sol. Muerte súbita dijeron los médicos, pero yo siempre supe que noestaba preparada para vivir en este mundo. Era una criatura demasiado hermosa yfrágil para el horror que la esperaba fuera de los límites de su consciencia.Su chispa se apagó sin más, con la misma sutileza con la que pasó por la vida.Y con ella me fui yo.
Comprendíentonces que, de alguna forma, estaba condenado. Había recibido una herenciaemponzoñada de sufrimiento y jamás podría escapar a ella. El fuego que habíaempezado a arder en mi interior se avivó, negándose ciego a aceptar un destinoimpuesto por un pasado cruel. – Desde aquel día he sido incapaz de volver aencontrar una sonrisa como la que despuntó en esa diminuta boca al nacer cuandoaún tenía la esperanza y la ingenuidad intactas. Yo tardé muchos años más encomprender lo que ella intuyó al instante. La felicidad es imposible, estamosceñidos al dolor. Intenta preservar el máximo posible esa inocencia que aúnposees, hijo, pues el día que te despiertes sabiéndola lejos, habrás firmado yatu contrato de arrendamiento en el infierno. Tu padre nunca supo ver lo que yohabía visto y me tomó como un reproche vivo y constante de la pérdida de suhija que no pudimos o supimos evitar. Nunca más volvió a mirarme a los ojoscomo esposa o madre. Con ella se fue también todo atisbo de amor o pasión, elcalor de un hogar que ya no volvería nunca más. Pagó en ti su frustración comoyo la pagué con él. Y hoy los dos hemos entendido nuestro error. - concluyó mimadre en un arrebatado suspiro, que sonaba agónico.
Su relato había evocado en mí sombras yfantasmas de un pasado remoto cuyas consecuencias habían forjado mi existencia.Fui siempre testigo mudo de una historia de amor rota por la losa de una muerteprematura. Fui la única razón que, durante demasiado tiempo, mantuvo a mispadres atados a la vida, pero despojados de ella. Y fui al mismo tiempoprisionero de su soledad. Ahora ambos habían cortado sus ligaduras, soltado ellastre de su pasado. Me tocaba a mí dar el siguiente paso, alejarme de ello yencontrar mi propio motivo para seguir atado a la vida. – Vámonos, madre, me hequedado frío. Esgrimió una sonrisa triste, cansada, al oírme. – No, yo ya notengo a dónde ir. No esta noche. No ahora. No por fin – respondió. Después serecostó sobre la lápida de piedra, la mirada perdida y en la boca un atisbo dela misma sonrisa irónica con la que abrazó mi padre el alivio de la muerte.Traté de replicar, pero el cementerio, aquel reino de muerte, parecía condenarya la ruptura de ese silencio sepulcral que lo embargaba todo.
Elviento seguía aullando entre los árboles y avenidas del camposanto, mas no eracapaz de oír otra cosa que el latido feroz de la sangre en las sienes. Eradifícil pensar, difícil ver más allá de la niebla, difícil encontrar la salidade aquel laberinto endemoniado. Corrí entre las tumbas hasta quedarme sinresuello, pero el paisaje permanecía invariable: muerte y hielo. Sucumbí en ladesesperación y traté de gritar, pero se me trabó la voz o la intención.Tropecé y caí al suelo, presa de la desesperación, pensando que mis padres, ensu ansiado reencuentro con la calma mucho tiempo ha perdida, me iban aarrastrar con ellos. Entonces la vi. O la soñé. O ambas cosas. Una sombravaporosa en la distancia, asomando entre la fantasmagórica arboleda. Una figuraapenas apreciable a excepción de la luz de unos ojos infinitos, insondables.Ojos de mujer que se clavaron en mí, penetrando en lo más profundo de mi ser,accionando algún resorte en mi interior que desconocía poseer hasta el momento,hechizándome para siempre irremediablemente. Ojos insondables, más negros quela noche, más brillantes que la Luna, cargados de un influjo irresistible una melodía de deseo y misterio.Ojos negros como el corazón que se apagaba abrazado a aquella tumba con sudiminuta muesca. Ojos negros como un pozo sin fin. Tan arrebatadores comoimposibles. Ojos negros. Grité llamando a la figura y corrí de nuevo, en subusca. Sentí chocar, un golpe sordo, la sombra desvanecerse y la conscienciadiluirse en una oscuridad absoluta. Tal vez fueran sus ojos.
Bea
PRÓLOGO:
De
esas historias que son breves pero te marcan más allá de lo que algún día serás
capaz de recordar. De esas historias que no gustan a nadie pero enamoran un
poco por dentro. Y ahí queda el recuerdo, palpitante, pase lo que pase, llueva
lo que llueva y vayas a donde vayas. Ya en el lecho de muerte, este recuerdo es
lo único que me niego a dejar atrás. Es lo único que no morirá conmigo. He
vivido por ella y ella vivirá por mí.
He
recorrido la vida a través de los años como uno más del inacabable río de
personas que nacen con ímpetu y desembocan en apacible letanía. Distintos
medios para un mismo fin. Pero de todas las formas y derivaciones de la muerte,
sólo hay una que merece la pena: morir por alguien. Ella murió por mí y yo viví
por ella; sin darme cuenta de que ya había muerto también. Claro que, cómo
negarse a una vida alquilada a tan alto precio.
Nadie
me acompaña esta noche y doy gracias por ello. ¿A quién? No lo sé. Ya no quiero
penar en el presente que se diluye ni en el futuro que no me queda. El pasado
es lo único nuestro que tenemos llegado cierto momento. Ahora miro a mi
alrededor y veo personas con batas bancas que deambulan apresuradamente con
fines que se me escapan y motivaciones que no me interesan. Al lado de la cama
un jarrón con flores que se marchitan lentamente es mi irónico retrato. Ya no
nos queda agua a ninguno de los dos. Por detrás, cansada la vista más de ver
que de mirar, alcanzo a vislumbrar una ventana a través de la cual se desliza
un mundo y una realidad que me son ajenos ya. Hubo un día en el que pasee
derrotado por ahí afuera, pero ya me toca descansar.
Los
mejores momentos de nuestra vida pasan en una cama. Ésta en la que me encuentro
parece dispuesta a darme un último abrazo de aliento, aquí hundido entre almohadones
y máquinas indiferentes a su tarea. Alcanzo a deducir lo inútil que resulta
estar conectado a algo para sobrevivir. Solo la conexión con alguien te
mantiene vivo. El resto, menos muerto. De todo lo que me rodea, tan solo un
objeto encandila mi mirada como lo hiciera antaño. Tomo entre mis manos esa
vieja fotografía impresa, ajados los bordes y descolorido el papel por el paso
de los años y evoco todo aquello que ahora quiero contar. En el anverso de la
fotografía, garabateada con una caligrafía apretada y sinuosa de bolígrafo
escaso de tinta y sobrado de anhelo, fiel reflejo de su intrincada
personalidad, se intuye aún una breve dedicatoria cuya lectura quema y su
recuerdo escuece en aquello que filósofos y poetas llaman alma:
Me gusta imaginar que volverás
siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca.
Bea
Ella siempre fue mejor
que yo. Saber que nunca la merecí es la deliciosa broma con la que el destino
se ha reído de mí todos estos años. Sutil toque de humor para aquel que sabe
que le hicieron un regalo que no podía aceptar, pero tampoco devolver. Un
presente envenenado. Tener que serle leal a una vida atormentada por miedo a la
infidelidad que habría supuesto una muerte anticipada a los días que ella me
concedió. Pero sin ella. Se lo debía. Si ella tenía razón, tal vez nos
encontremos ahora, donde sea que esté ese cielo del que hablaba. Decía ella que
la oscuridad solo es ausencia de luz. Cuánta razón tenía. He vivido a oscuras,
me faltaba su luz. Al infierno ya no puedo ir, ya he pagado mi cuota en él en
una existencia demasiado larga, o demasiado corta, según se mire. Si me ve, sé
que se reirá de mí. Amplia y francamente, con la sonrisa y con los ojos, con
todo su cuerpo, como hacía siempre. Si tenía yo razón y más allá solo nada ni
nadie nos espera para recoger las maletas y viajar lejos; entonces estas
palabras nos harán inmortales a los dos. Sea como fuere, la eternidad nos
espera. Al amor no le está permitido morir. Jamás.
CAPÍTULO 1:
El
viento golpeaba severo arrastrando su aliento helado desde el mar al pequeño
pueblo cobijado en el seno de la bahía. Las laderas del barranco circundante
arropaban a duras penas las pintorescas casitas de madera y piedra, y el frío
húmedo se extendía impunemente por sus desprotegidas calles y callejas. Era un
invierno gélido que calaba hasta los huesos y encogía el aliento. La nieve caía
a jirones blanquecinos que cubrían todo a su paso, sumiendo al pueblo y sus
gentes en un adormecido letargo, en el que solo los penachos de humo que se
aventuraban más allá de las chimeneas y las desvaídas luces que asomaban de las
ventanas sugerían un resquicio de vida en aquella apartada localidad. La plaza
central rezumaba soledad a través de su fuente helada, a juego con la sonrisa
triste perpetuamente congelada en el rostro pétreo de su estatua. En el puerto,
los barcos pesqueros se mecían con desgana, sus palos y vergas cubiertos finos
copos de nieve, sugiriendo un fiel retrato de la vida dormida del lugar.
En
este ambiente apocado y sombrío, donde el frío se sentía por dentro y por
fuera, sometía yo por aquel entonces mis anodinos días. La Navidad se acercaba
sin asomar su cara amable en aquel crudo invierno y yo rondaba los dieciocho
años de una juventud fugaz y poco destacable. Desde pequeño, mi padre, que
había construido su vida en torno a la pesca sin conocer más mundo que aquel
que evocaban los vientos que traía el mar; había mirado con reprobación cercana
al desdén mi afición por la astronomía, por el manto de estrellas,
constelaciones y planetas que cada noche cubría el cielo contando mil historias
que solo yo podía intuir. Su esposa, tal vez mi madre, era una sombra viva que
se arrastraba por el mundo trayendo consigo el silencio y el reproche mudo de
aquella hija que nunca terminó de ver la luz. Nunca recibí de ella más palabras
de las debidas ni más cariño del necesario. Forjé mi infancia y adolescencia en
una soledad distraída, amparado en el calor del cielo y sus misterios. Mi padre
trató innumerables veces de enseñarme el oficio, pero siempre fue un esfuerzo
infructuoso. Nuestros anhelos divergían en el plano vertical; él miraba al mar,
yo a las estrellas. Acabó dándome por perdido como hombre de provecho, así que
me permitió recibir una modesta educación, alejándome tan solo por la mínima
del analfabetismo, bajo la dirección del anciano del pueblo, un hombre tomado
por sabio, pero que lo era únicamente bajo el calor de una botella de vino,
cuando se le embotaba la mente y se le soltaba la lengua.
-Aprende
hijo, que en la vida merece la pena tan solo aquello que te mata- solía decirme. –Lo dice usted por los
espumosos que con tanta dedicación y muy pocos remilgos despacha de continuo?-
respondía yo, en lo que por aquel entonces consideraba un derroche de fino
ingenio y afilada mordacidad. – Lo digo, muchacho, porque tenemos una vida con
los días contados, que solo el sufrimiento y la tristeza saben alargar con
deleite; lo bueno, lo que merece la pena, va trazando muescas en nuestro
calendario como contrapartida a la felicidad que ansiamos. Vive solo en
atención de esto último, muere pronto pero con vida- sentenciaba con ebria
solemnidad antes de sumergirse en un bendito sopor etílico que restaba días a
su existencia y sumaba puntos a su cartilla de felicidad anticipada. Con el
tiempo he podido comprobar que las palabras de aquel sabio que despertaban
cierto regocijo en mí, entrañaban más verdad de la que hubiera podido
reconocer. Cuán larga ha sido mi vida, descontando inexorablemente porciones de
aquella felicidad que un día tuve. Qué eterna es la tristeza que no tiene meta.
Gustaba
yo además de leer todo lo que caía en mis manos, que siempre me parecía poco y
a mi padre demasiado. – Deja de leer sobre la vida y vívela- tenía a bien
decirme. El pobre hombre no podía entender que prefiriese encerrarme en las
historias y leyendas que me traían mis lecturas, ecos lejanos de otros mundos y
realidades, que vivir la vida que él pretendía o podía darme. Yo notaba la
decepción constante en sus ojos, por un hijo en el que era incapaz de
reconocerse y por una esposa que se desvanecía día a día perdida en la tristeza
del recuerdo y el dolor del reproche. Ahora por fin entiendo a mi madre,
entiendo el precio de arrastrar el remordimiento y la melancolía en el espíritu
y la mirada hasta el final. - Niño, dale
las buenas noches a tu madre- solía decirme también. De nuevo se equivocaba;
para ella ya era de noche, y jamás serían buenas. Con el tiempo un abismo nos
distanció a unos de otros. Cada uno se refugiaba en su obsesión, ya fuese la
pesca, el recuerdo o el firmamento.
Aquellas
Navidades no tenían visos de ser distintas a las anteriores, tal vez solo
mejores que las siguientes. Comenzaba a despuntar entonces el mes de diciembre,
de la mano de un invierno gélido, frío tan solo un punto por debajo del corazón
de mi madre, que parecía mostrar cada vez más dificultad en encontrar un motivo
por el que seguir latiendo. Nuestra humilde casa de madera se alzaba en primera
línea de la bahía, por detrás del puerto sórdido puerto y discriminada del
resto del pueblo por su propia tristeza. El viento se colaba por entre las
grietas de las tablas de paredes y techo, haciendo inútiles los ingenuos
esfuerzos de la chimenea por calentar la casa. Pero esto no parecía desentonar
con el ambiente de la familia.
La noche del uno de diciembre mi padre entró
en mi habitación, donde me sorprendió observando embelesado el cielo más allá
de mi ventana. Traía consigo un paquete largo y estrecho dentro de su raído
chaquetón que supuse sería algún pertrecho pesquero. – Puede que tengas razón y
sea mejor lo que ves ahí arriba que lo que hay aquí a tu alrededor. Me he
equivocado contigo todos estos años, he sido incapaz de entender la belleza de
los sueños y anhelos que crecían en ti por encima de esta vida simple y
frustrada que traté que siguieras – comenzó a decir mi padre con voz trémula y
semblante derrotado señalando distraídamente a su alrededor. Pude por fin ver
en sus ojos el mismo ensordecedor arrepentimiento que traslucía mi madre, la
misma pena insondable de raíces demasiado profundas. Trató de seguir dando voz
a su dolor, de expresar con palabras aquello que había callado demasiado tiempo
y ya no sabía cómo salir. Intentó en vano seguir explicándome aquello que ya
había entendido al mirarle. Me levanté y le abracé con fuerza por primera vez
en, de nuevo, demasiado tiempo. Rompió entonces a llorar desconsoladamente,
sacando fuera lo que las palabras no habían podido. No sabría precisar cuánto
tiempo duró, pero sí que no fue el suficiente; ninguno lo sería. Tras
recomponerse a duras penas, me entregó el paquete que llevaba celosamente
envuelto y protegida. Con manos temblorosas desenvolví un reluciente telescopio
de latón. – Para que veas las estrellas tan cerca como puedas sentirte de
ellas- remató con una sonrisa cansada en el rostro, antes de darse la vuelta y
abandonar la habitación. Supe en ese instante que no le volvería a ver.
A
la mañana siguiente los golpes en la puerta me sobresaltaron despertándome
bruscamente. Me había quedado dormido abrazado a aquel artilugio que durante la
noche, eterna y mágica, me había enseñado con nitidez aquello que yo ya había
visto en mi imaginación. Ante la
persistencia de las llamadas a la puerta decidí acudir a abrirla. Entre golpe y
golpe, la casa quedaba sumida en un silencio sepulcral, intimidante, en el que
podía escuchar los latidos acelerados de mi corazón. Llamé a mi madre sin
esperar ni obtener respuesta. Al abrir la puerta, encontré la entrada franqueada
por dos agentes de policía de aspecto simiesco y actitud de superioridad de la
que se infería una aplastante superioridad del físico por encima del intelecto.
Entre ambos torreones, despuntaba un hombre menudo y de rostro severo y
aguileño, con un cierto aire turbio y retorcido, de haber visto mucho y que le
hayan visto mucho. Se presentó formalmente el comisario y procedió a darme un
escueto resumen de los hechos: varón de mediana edad encontrado al amanecer
ahogado en las aguas del puerto con una piedra colgada al cuello. – Fue
encontrado en esta situación por la partida habitual de pescadores, que
indicaron reconocerle como dueño de esta casa y, deduzco por tanto, su padre.-
dijo sucintamente. – Mi padre? Mi padre está muerto? Está muerto?- acerté a
balbucear. – Eso me lo dirás tú ahora cuando me acompañes a reconocer el
cadáver, joven.- dejó caer con indiferencia, intuyéndose en él una media
sonrisa lobuna, de colmillo afilado y corazón de piedra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)