sábado, 17 de marzo de 2012

Irene

Y aquel enclenque chaval se echó una novia. Era una chiquilla pizpireta de ojos claros y sonrisa hipnótica. El pobre muchacho parecía un extranjero desubicado en tierra ajena al lado de aquel ángel caído. Se les veía caminar juntos cogidos de la mano, imponente ella, tímido él. La miraba de reojo y se sonrojaba, encogido de espíritu, cuando sentía que ella se daba cuenta. No eran tal para cual, pero eso daba igual. El primer beso fue el primer exceso. A partir de ahí ya nada pudo poner freno a la pasión que les quemaba por dentro y les hacía ser fuego en el juego del amor. Entregados a este frenesí loco de quererse poco a poco y beberse a grandes sorbos, les llegó la acuciante necesidad del morbo. Desnudos bajo la luz de la luna decidieron fundir sus almas hasta ser una. En ese momento, aquel escuchimizado zagal descubrió un secreto que su amada había guardado celosamente. Se llamaba Irene, y tenía pene.

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