Un cuerpo frío y rígido, otrora pleno de energía y ahora abandonado de todo hálito de vida, me aguardaba envuelto enun saco de esparto en la tablazón del muelle del puerto. Era la mañana más fríaa la que creo haber asistido nunca. Sentía el frío araÑarme la piel y devorarmepor dentro. Uno de los agentes destapópara mí el cadáver, desvelando una cara amoratada y blanquecina, con pedacitosde escarcha descolgándose de los párpados y los labios apretados en un ictus demuerte que fácilmente podría tomarse por una última sonrisa irónica dirigida aldestino y su crueldad. Era mi padre. No cabía duda. Solo una profunda desazónque guió mis siguientes movimientos. Una somera declaración al aviesocomisario, palabras pronunciadas casi inconscientemente, gente retirando elcadáver, curiosos abandonando el lugar, gestos de despedida que puede intuirbrevemente y de nuevo, solo. Realmente, no era una situación novedosa; siemprehabía estado solo. Pero ahora sabía que se podía añorar otra soledad queacompañase la tuya, aunque fuese a regañadientes. Evoqué en mi mente la nocheanterior y las últimas palabras de mi padre. Palabras de arrepentimiento y dedisculpa y, como había llegado a presentir, de despedida. Correspondí a ellasresumiendo en mi interior las palabras de cariño que atesoraba por el que, afin de cuentas, había sido mi padre, yconjuré un último adiós a su memoria.
Regresara casa no era fácil, así que me entregué a deambular sin rumbo fijo por la bahía y sus alrededores,completamente ajeno a cuantos se cruzaban en mi camino, absorto en la bellezahierática del paisaje y el anhelo de cambio que comenzaba a crecer palpitantedentro de mí. Ya no sentía el frío; un extraño calor me invadía. Un pulso débilpero constante que trataba de sugerirme algo. Fruncido el ceño y entornada lamirada en un gesto de concentración que no hubiese sabido explicar, volví acasa sabiendo que no iba a encontrar allí lo que buscaba, pero sin otro lugaral que ir. Encontré a mi madre de pie en medio del diminuto salón, mirandoausente a su alrededor. Al mirarla supe que ya sabía lo sucedido, aunque se meescapase cómo. Tampoco parecía afectarle más allá de la melancolía enfermizaque la consumía por dentro desde la primera vez que tuve consciencia de verla.Me disponía a volver al refugio de latón y estrellas de mi habitación cuando mesorprendió hasta el extremo oír una voz rota conjurando mi nombre. Su voz. –Acompáñame, hay algo que quiero mostrarte.- fueron sus palabras. Las primerasen años, siglos tal vez. Asentí mudo,incapaz de componer una respuesta y la seguí al exterior.
Anduvimospor la playa de arena fina situada al oeste de la zona del puerto, una playamarginada al desuso invernal y de aspecto desolado, siguiendo un camino que meera del todo desconocido. Me limitaba a caminar por detrás de mi madre, queparecía impulsada por una voluntad interna que nunca antes había visto en ella,cortando el viento y la nieve con su figura escuálida y desvencijada. Terminadala playa, el sendero discurría por entre los árboles alicaídos y desprovistosde vegetación de un pequeño bosquecillo que aullaba insomne al son de losvientos, en un concierto fantasmal de sombras ocultas. Al final de este paseonos esperaba, lúgubre y escondido, un mar de cruces y lápidas de un cementerioque semejaba más antiguo que el Sol y más misterioso que la Luna. Luna queasomaba tímida entre un cielo copado de nubes grises, reflejando rayos de luzplateada entre la neblina baja y espesa que cubría sombríamente el lugar. Mimadre, aún sin mediar palabra, absorta en pensamientos sobre otra época, sedeslizaba sigilosa entre las lápidas de mármol, muy segura de sus pasos. Yo laseguía tembloroso, sobrecogido por los secretos que parecía encerrar aquellugar, que despertaban en mí un miedo visceral, arrancando escalofríos querecorrían mi cuerpo de arriba abajo. Cuando ya había perdido la noción deltiempo y del espacio, cuando pensaba que ya no podría aventurarme más allá sinquedar paralizado por un miedo animal, mi madre se detuvo calmadamente frente ala lápida más pequeña y modesta de todo el cementerio. Un rectángulo diminutode piedra basta desgastada por el tiempo en la que no podía leerse ya nombre niinscripción alguna, a excepción de una leve muesca en el ángulo superiorizquierdo en forma de estrella de cinco puntas.
-Aquíyace mi derrota en esta vida- explicó mi madre. Tu hermana que no llegó a verla luz del Sol. Muerte súbita dijeron los médicos, pero yo siempre supe que noestaba preparada para vivir en este mundo. Era una criatura demasiado hermosa yfrágil para el horror que la esperaba fuera de los límites de su consciencia.Su chispa se apagó sin más, con la misma sutileza con la que pasó por la vida.Y con ella me fui yo.
Comprendíentonces que, de alguna forma, estaba condenado. Había recibido una herenciaemponzoñada de sufrimiento y jamás podría escapar a ella. El fuego que habíaempezado a arder en mi interior se avivó, negándose ciego a aceptar un destinoimpuesto por un pasado cruel. – Desde aquel día he sido incapaz de volver aencontrar una sonrisa como la que despuntó en esa diminuta boca al nacer cuandoaún tenía la esperanza y la ingenuidad intactas. Yo tardé muchos años más encomprender lo que ella intuyó al instante. La felicidad es imposible, estamosceñidos al dolor. Intenta preservar el máximo posible esa inocencia que aúnposees, hijo, pues el día que te despiertes sabiéndola lejos, habrás firmado yatu contrato de arrendamiento en el infierno. Tu padre nunca supo ver lo que yohabía visto y me tomó como un reproche vivo y constante de la pérdida de suhija que no pudimos o supimos evitar. Nunca más volvió a mirarme a los ojoscomo esposa o madre. Con ella se fue también todo atisbo de amor o pasión, elcalor de un hogar que ya no volvería nunca más. Pagó en ti su frustración comoyo la pagué con él. Y hoy los dos hemos entendido nuestro error. - concluyó mimadre en un arrebatado suspiro, que sonaba agónico.
Su relato había evocado en mí sombras yfantasmas de un pasado remoto cuyas consecuencias habían forjado mi existencia.Fui siempre testigo mudo de una historia de amor rota por la losa de una muerteprematura. Fui la única razón que, durante demasiado tiempo, mantuvo a mispadres atados a la vida, pero despojados de ella. Y fui al mismo tiempoprisionero de su soledad. Ahora ambos habían cortado sus ligaduras, soltado ellastre de su pasado. Me tocaba a mí dar el siguiente paso, alejarme de ello yencontrar mi propio motivo para seguir atado a la vida. – Vámonos, madre, me hequedado frío. Esgrimió una sonrisa triste, cansada, al oírme. – No, yo ya notengo a dónde ir. No esta noche. No ahora. No por fin – respondió. Después serecostó sobre la lápida de piedra, la mirada perdida y en la boca un atisbo dela misma sonrisa irónica con la que abrazó mi padre el alivio de la muerte.Traté de replicar, pero el cementerio, aquel reino de muerte, parecía condenarya la ruptura de ese silencio sepulcral que lo embargaba todo.
Elviento seguía aullando entre los árboles y avenidas del camposanto, mas no eracapaz de oír otra cosa que el latido feroz de la sangre en las sienes. Eradifícil pensar, difícil ver más allá de la niebla, difícil encontrar la salidade aquel laberinto endemoniado. Corrí entre las tumbas hasta quedarme sinresuello, pero el paisaje permanecía invariable: muerte y hielo. Sucumbí en ladesesperación y traté de gritar, pero se me trabó la voz o la intención.Tropecé y caí al suelo, presa de la desesperación, pensando que mis padres, ensu ansiado reencuentro con la calma mucho tiempo ha perdida, me iban aarrastrar con ellos. Entonces la vi. O la soñé. O ambas cosas. Una sombravaporosa en la distancia, asomando entre la fantasmagórica arboleda. Una figuraapenas apreciable a excepción de la luz de unos ojos infinitos, insondables.Ojos de mujer que se clavaron en mí, penetrando en lo más profundo de mi ser,accionando algún resorte en mi interior que desconocía poseer hasta el momento,hechizándome para siempre irremediablemente. Ojos insondables, más negros quela noche, más brillantes que la Luna, cargados de un influjo irresistible una melodía de deseo y misterio.Ojos negros como el corazón que se apagaba abrazado a aquella tumba con sudiminuta muesca. Ojos negros como un pozo sin fin. Tan arrebatadores comoimposibles. Ojos negros. Grité llamando a la figura y corrí de nuevo, en subusca. Sentí chocar, un golpe sordo, la sombra desvanecerse y la conscienciadiluirse en una oscuridad absoluta. Tal vez fueran sus ojos.
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