jueves, 1 de marzo de 2012

Hasta la última gota

Érase un escritor enamorado de lo que escribía. Su pluma era testigo cómplice de un amor exótico. Escribía sin pausa, día y noche; llenando papeles, hojillas, cuartillas, paredes, mesas y toda superficie susceptible de acoger sus indiscriminados ríos de tinta. Y a cada palabra que escribía se hundía aún más en el seductor hechizo de su amor. Como enamorado, recorría melancólico los rincones de su hogar garabateando versos entre suspiros. Y pasaba largas horas que parecían efímeros segundos contemplando embelesado sus montañas de escritos. A ratos releía insomne sus más tiernas y delicadas palabras; en ocasiones miraba con desasosiego su pluma de tinta negrísima y punta muy fina, recelando del íntimo contacto con su amada. Celos eran, precisamente, lo que lo devoraban por dentro. Le asustaba hasta el espanto que alguien pudiera llegar a leer nunca aquello que él adoraba. Celos sentía del mismo viento que acariciaba sus hojas, de la fría luz entrometida entre sus textos. Pasó entonces a vivir encerrado y a oscuras, escribiendo en el más absoluto vacío, a ciegas, guiado solo por el impulso febril que recorría sus venas y orientaba su pulso. Y poco a poco fue, así, consumiéndose entre sus desvaríos de loco enamorado. Hasta que en un instante de aquella noche sin fin, su ánimo se quebró sin remedio y rompió a llorar desconsolado. Las lágrimas afloraron y ya nada pudo detenerlas. Lloró y lloró durante días, o semanas. Lloró hasta la última gota cuando, seco ya, miró a su alrededor y se vio inundado, su obra destrozada y diluida en mares de tinta y lágrimas. Y al ver al objeto de sus ensueños destrozado por su propia mano, quiso llorar de nuevo, pero ya no le fue posible. Acarició entonces la pluma y decidió escribir sus últimas palabras con sangre.

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