sábado, 17 de marzo de 2012

The Gas

Estaba en la cima de su carrera. Había alcanzado la cumbre y nada parecía poder desbancarlo de ahí. Tenía el mundo a sus pies y la gloria en sus manos. Allá donde iba los fans abarrotaban las calles, sus canciones reventaban las listas de éxitos y sus excentricidades le llevaron de hombre a divinidad.

Parecía haber encontrado el secreto de la inmortalidad; era el nuevo Mesías y su mensaje, música y orgías. La palabra de Dios a través de las notas punteadas de su guitarra y su voz desgarrada acariciando el micro. Llenaba estadios, colmaba escenarios y arrasaba ciudades y botellas de Larios. Era droga dura y sus fans, yonkis de sus dosis de apoteosis. Siempre pedían más y él parecía inagotable.

Mas llegó aquel día aciago e inevitable. Hallábase subido al escenario como de costumbre, siendo aclamado por miles de bocas vociferantes y anhelantes cuando se hizo el silencio. Se disponía a interpretar su famoso solo a capea "Singing in the pain" y el público escuchaba atento. En ese instante de éxtasis y clímax, olvidose de todo control y relajóse hasta el extremo, deshaciéndose así en una sonora e interminable flatulencia ampliada y repetida hasta el infinito por decenas de altavoces. Tembló el escenario y espantose el público. No fue ventosidad sino huracán. Fue estrépito sin fin y espectáculo decrépito. Pasó, en apenas un momento, de gloria a escoria.

Nunca el mundo había asistido antes a mayor genio musical ni a semejante virtuosismo rectal. Mas los que antes habían aclamado su destreza con las cuerdas de la guitarra, repudiaban ahora su maestría en el solo de esfínter. El más grande talento musical de la historia vio truncado su destino por el desatino de su intestino. Ya solo quedaría para el recuerdo la impresión de su regüeldo. La mofa y la chanza acabaron con la alabanza y nunca se supo más del hombre de aquel gas.

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