PRÓLOGO:
De
esas historias que son breves pero te marcan más allá de lo que algún día serás
capaz de recordar. De esas historias que no gustan a nadie pero enamoran un
poco por dentro. Y ahí queda el recuerdo, palpitante, pase lo que pase, llueva
lo que llueva y vayas a donde vayas. Ya en el lecho de muerte, este recuerdo es
lo único que me niego a dejar atrás. Es lo único que no morirá conmigo. He
vivido por ella y ella vivirá por mí.
He
recorrido la vida a través de los años como uno más del inacabable río de
personas que nacen con ímpetu y desembocan en apacible letanía. Distintos
medios para un mismo fin. Pero de todas las formas y derivaciones de la muerte,
sólo hay una que merece la pena: morir por alguien. Ella murió por mí y yo viví
por ella; sin darme cuenta de que ya había muerto también. Claro que, cómo
negarse a una vida alquilada a tan alto precio.
Nadie
me acompaña esta noche y doy gracias por ello. ¿A quién? No lo sé. Ya no quiero
penar en el presente que se diluye ni en el futuro que no me queda. El pasado
es lo único nuestro que tenemos llegado cierto momento. Ahora miro a mi
alrededor y veo personas con batas bancas que deambulan apresuradamente con
fines que se me escapan y motivaciones que no me interesan. Al lado de la cama
un jarrón con flores que se marchitan lentamente es mi irónico retrato. Ya no
nos queda agua a ninguno de los dos. Por detrás, cansada la vista más de ver
que de mirar, alcanzo a vislumbrar una ventana a través de la cual se desliza
un mundo y una realidad que me son ajenos ya. Hubo un día en el que pasee
derrotado por ahí afuera, pero ya me toca descansar.
Los
mejores momentos de nuestra vida pasan en una cama. Ésta en la que me encuentro
parece dispuesta a darme un último abrazo de aliento, aquí hundido entre almohadones
y máquinas indiferentes a su tarea. Alcanzo a deducir lo inútil que resulta
estar conectado a algo para sobrevivir. Solo la conexión con alguien te
mantiene vivo. El resto, menos muerto. De todo lo que me rodea, tan solo un
objeto encandila mi mirada como lo hiciera antaño. Tomo entre mis manos esa
vieja fotografía impresa, ajados los bordes y descolorido el papel por el paso
de los años y evoco todo aquello que ahora quiero contar. En el anverso de la
fotografía, garabateada con una caligrafía apretada y sinuosa de bolígrafo
escaso de tinta y sobrado de anhelo, fiel reflejo de su intrincada
personalidad, se intuye aún una breve dedicatoria cuya lectura quema y su
recuerdo escuece en aquello que filósofos y poetas llaman alma:
Me gusta imaginar que volverás
siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca.
Bea
Ella siempre fue mejor
que yo. Saber que nunca la merecí es la deliciosa broma con la que el destino
se ha reído de mí todos estos años. Sutil toque de humor para aquel que sabe
que le hicieron un regalo que no podía aceptar, pero tampoco devolver. Un
presente envenenado. Tener que serle leal a una vida atormentada por miedo a la
infidelidad que habría supuesto una muerte anticipada a los días que ella me
concedió. Pero sin ella. Se lo debía. Si ella tenía razón, tal vez nos
encontremos ahora, donde sea que esté ese cielo del que hablaba. Decía ella que
la oscuridad solo es ausencia de luz. Cuánta razón tenía. He vivido a oscuras,
me faltaba su luz. Al infierno ya no puedo ir, ya he pagado mi cuota en él en
una existencia demasiado larga, o demasiado corta, según se mire. Si me ve, sé
que se reirá de mí. Amplia y francamente, con la sonrisa y con los ojos, con
todo su cuerpo, como hacía siempre. Si tenía yo razón y más allá solo nada ni
nadie nos espera para recoger las maletas y viajar lejos; entonces estas
palabras nos harán inmortales a los dos. Sea como fuere, la eternidad nos
espera. Al amor no le está permitido morir. Jamás.
CAPÍTULO 1:
El
viento golpeaba severo arrastrando su aliento helado desde el mar al pequeño
pueblo cobijado en el seno de la bahía. Las laderas del barranco circundante
arropaban a duras penas las pintorescas casitas de madera y piedra, y el frío
húmedo se extendía impunemente por sus desprotegidas calles y callejas. Era un
invierno gélido que calaba hasta los huesos y encogía el aliento. La nieve caía
a jirones blanquecinos que cubrían todo a su paso, sumiendo al pueblo y sus
gentes en un adormecido letargo, en el que solo los penachos de humo que se
aventuraban más allá de las chimeneas y las desvaídas luces que asomaban de las
ventanas sugerían un resquicio de vida en aquella apartada localidad. La plaza
central rezumaba soledad a través de su fuente helada, a juego con la sonrisa
triste perpetuamente congelada en el rostro pétreo de su estatua. En el puerto,
los barcos pesqueros se mecían con desgana, sus palos y vergas cubiertos finos
copos de nieve, sugiriendo un fiel retrato de la vida dormida del lugar.
En
este ambiente apocado y sombrío, donde el frío se sentía por dentro y por
fuera, sometía yo por aquel entonces mis anodinos días. La Navidad se acercaba
sin asomar su cara amable en aquel crudo invierno y yo rondaba los dieciocho
años de una juventud fugaz y poco destacable. Desde pequeño, mi padre, que
había construido su vida en torno a la pesca sin conocer más mundo que aquel
que evocaban los vientos que traía el mar; había mirado con reprobación cercana
al desdén mi afición por la astronomía, por el manto de estrellas,
constelaciones y planetas que cada noche cubría el cielo contando mil historias
que solo yo podía intuir. Su esposa, tal vez mi madre, era una sombra viva que
se arrastraba por el mundo trayendo consigo el silencio y el reproche mudo de
aquella hija que nunca terminó de ver la luz. Nunca recibí de ella más palabras
de las debidas ni más cariño del necesario. Forjé mi infancia y adolescencia en
una soledad distraída, amparado en el calor del cielo y sus misterios. Mi padre
trató innumerables veces de enseñarme el oficio, pero siempre fue un esfuerzo
infructuoso. Nuestros anhelos divergían en el plano vertical; él miraba al mar,
yo a las estrellas. Acabó dándome por perdido como hombre de provecho, así que
me permitió recibir una modesta educación, alejándome tan solo por la mínima
del analfabetismo, bajo la dirección del anciano del pueblo, un hombre tomado
por sabio, pero que lo era únicamente bajo el calor de una botella de vino,
cuando se le embotaba la mente y se le soltaba la lengua.
-Aprende
hijo, que en la vida merece la pena tan solo aquello que te mata- solía decirme. –Lo dice usted por los
espumosos que con tanta dedicación y muy pocos remilgos despacha de continuo?-
respondía yo, en lo que por aquel entonces consideraba un derroche de fino
ingenio y afilada mordacidad. – Lo digo, muchacho, porque tenemos una vida con
los días contados, que solo el sufrimiento y la tristeza saben alargar con
deleite; lo bueno, lo que merece la pena, va trazando muescas en nuestro
calendario como contrapartida a la felicidad que ansiamos. Vive solo en
atención de esto último, muere pronto pero con vida- sentenciaba con ebria
solemnidad antes de sumergirse en un bendito sopor etílico que restaba días a
su existencia y sumaba puntos a su cartilla de felicidad anticipada. Con el
tiempo he podido comprobar que las palabras de aquel sabio que despertaban
cierto regocijo en mí, entrañaban más verdad de la que hubiera podido
reconocer. Cuán larga ha sido mi vida, descontando inexorablemente porciones de
aquella felicidad que un día tuve. Qué eterna es la tristeza que no tiene meta.
Gustaba
yo además de leer todo lo que caía en mis manos, que siempre me parecía poco y
a mi padre demasiado. – Deja de leer sobre la vida y vívela- tenía a bien
decirme. El pobre hombre no podía entender que prefiriese encerrarme en las
historias y leyendas que me traían mis lecturas, ecos lejanos de otros mundos y
realidades, que vivir la vida que él pretendía o podía darme. Yo notaba la
decepción constante en sus ojos, por un hijo en el que era incapaz de
reconocerse y por una esposa que se desvanecía día a día perdida en la tristeza
del recuerdo y el dolor del reproche. Ahora por fin entiendo a mi madre,
entiendo el precio de arrastrar el remordimiento y la melancolía en el espíritu
y la mirada hasta el final. - Niño, dale
las buenas noches a tu madre- solía decirme también. De nuevo se equivocaba;
para ella ya era de noche, y jamás serían buenas. Con el tiempo un abismo nos
distanció a unos de otros. Cada uno se refugiaba en su obsesión, ya fuese la
pesca, el recuerdo o el firmamento.
Aquellas
Navidades no tenían visos de ser distintas a las anteriores, tal vez solo
mejores que las siguientes. Comenzaba a despuntar entonces el mes de diciembre,
de la mano de un invierno gélido, frío tan solo un punto por debajo del corazón
de mi madre, que parecía mostrar cada vez más dificultad en encontrar un motivo
por el que seguir latiendo. Nuestra humilde casa de madera se alzaba en primera
línea de la bahía, por detrás del puerto sórdido puerto y discriminada del
resto del pueblo por su propia tristeza. El viento se colaba por entre las
grietas de las tablas de paredes y techo, haciendo inútiles los ingenuos
esfuerzos de la chimenea por calentar la casa. Pero esto no parecía desentonar
con el ambiente de la familia.
La noche del uno de diciembre mi padre entró
en mi habitación, donde me sorprendió observando embelesado el cielo más allá
de mi ventana. Traía consigo un paquete largo y estrecho dentro de su raído
chaquetón que supuse sería algún pertrecho pesquero. – Puede que tengas razón y
sea mejor lo que ves ahí arriba que lo que hay aquí a tu alrededor. Me he
equivocado contigo todos estos años, he sido incapaz de entender la belleza de
los sueños y anhelos que crecían en ti por encima de esta vida simple y
frustrada que traté que siguieras – comenzó a decir mi padre con voz trémula y
semblante derrotado señalando distraídamente a su alrededor. Pude por fin ver
en sus ojos el mismo ensordecedor arrepentimiento que traslucía mi madre, la
misma pena insondable de raíces demasiado profundas. Trató de seguir dando voz
a su dolor, de expresar con palabras aquello que había callado demasiado tiempo
y ya no sabía cómo salir. Intentó en vano seguir explicándome aquello que ya
había entendido al mirarle. Me levanté y le abracé con fuerza por primera vez
en, de nuevo, demasiado tiempo. Rompió entonces a llorar desconsoladamente,
sacando fuera lo que las palabras no habían podido. No sabría precisar cuánto
tiempo duró, pero sí que no fue el suficiente; ninguno lo sería. Tras
recomponerse a duras penas, me entregó el paquete que llevaba celosamente
envuelto y protegida. Con manos temblorosas desenvolví un reluciente telescopio
de latón. – Para que veas las estrellas tan cerca como puedas sentirte de
ellas- remató con una sonrisa cansada en el rostro, antes de darse la vuelta y
abandonar la habitación. Supe en ese instante que no le volvería a ver.
A
la mañana siguiente los golpes en la puerta me sobresaltaron despertándome
bruscamente. Me había quedado dormido abrazado a aquel artilugio que durante la
noche, eterna y mágica, me había enseñado con nitidez aquello que yo ya había
visto en mi imaginación. Ante la
persistencia de las llamadas a la puerta decidí acudir a abrirla. Entre golpe y
golpe, la casa quedaba sumida en un silencio sepulcral, intimidante, en el que
podía escuchar los latidos acelerados de mi corazón. Llamé a mi madre sin
esperar ni obtener respuesta. Al abrir la puerta, encontré la entrada franqueada
por dos agentes de policía de aspecto simiesco y actitud de superioridad de la
que se infería una aplastante superioridad del físico por encima del intelecto.
Entre ambos torreones, despuntaba un hombre menudo y de rostro severo y
aguileño, con un cierto aire turbio y retorcido, de haber visto mucho y que le
hayan visto mucho. Se presentó formalmente el comisario y procedió a darme un
escueto resumen de los hechos: varón de mediana edad encontrado al amanecer
ahogado en las aguas del puerto con una piedra colgada al cuello. – Fue
encontrado en esta situación por la partida habitual de pescadores, que
indicaron reconocerle como dueño de esta casa y, deduzco por tanto, su padre.-
dijo sucintamente. – Mi padre? Mi padre está muerto? Está muerto?- acerté a
balbucear. – Eso me lo dirás tú ahora cuando me acompañes a reconocer el
cadáver, joven.- dejó caer con indiferencia, intuyéndose en él una media
sonrisa lobuna, de colmillo afilado y corazón de piedra.
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