lunes, 10 de diciembre de 2012

Calcetines

Aquel niño había robado un conocimiento innato. Ignorando la carga instintiva concreta que ha de acompañar a cada ser humano en su nacimiento, se había llevado uno de más. Y ese fue el secreto de su infelicidad. Portaba una verdad ignota para el resto de sus congéneres, era primitivamente superior, más próximo al conocimiento real y universal, una maldición sin nombre ni tregua. Este don envenenado le mantuvo toda la vida apartado, excluido de la sociedad, recluido en sí mismo y su soledad. Jamás pudo integrarse pues pendía un abismo insondable entre él y los demás, que no podía ser salvado en ninguna dirección. Muriendo en vida acabó por morir en muerte, de la verdad, no de la metáforica de "vivo sin vivir en mí" y blablablá. No, muerto del todo. Del todo solo y solitario, muerto de muerte. Y solo entonces reveló el secreto primigenio que le había torturado en vida: que los calcetines no existen, son las madres.

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