jueves, 13 de junio de 2013

Feo

Érase un chico tan feo que mirarle te quitaba las penas y las ganas; te hacía preguntarte por el sentido de las cosas y las cosas sentidas. Era una fealdad de recia presencia, ineludible, te envolvía y atrapaba. Estaba ahí y no te dejaba ignorarla. Tomaba el poder, déspota fealdad aquella, y te sometía. Distaba de esas fealdades apocadas, grises, insustanciales, feas sin más. Esta era una fealdad vanidosa, arrogante, autoconsciente de su aplastante superioridad y, a la vez, triste. Triste por fea. Todo esto portaba aquel chico con admirable estoicidad. Era feo de poderosa fealdad y triste de singular tristeza, pero no se rendía. Una horripilancia tan tirana le confería un aura de invencibilidad ante lo mundano. Él lo achacaba a un histórico error interpretativo de la proporción aúrea. A ti se te antojaba tal catálogo de errores y desproporciones sin nombre ni perdón, que no podías más que quedar subyugadamente fascinado de su fea gloria. Y enloquecer de obsesión. Pues ya no podía tu mirada escapar de los bordes de su atracción fatal, ni hallar resquicio o resquebrajo nimio por el que deslizarse fuera de su fiero magnetismo. Y ahí quedabas tú, inerte, bobo, mohíno, prendidamente enamorado de una fealdad ampulosa y afligida.

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