Le pidió el encargo de que escribiera algo bonito para ella. Y, bueno, no se le ocurría una mierda. Eso fue al principio. Luego las ideas empezaron a fluir, pero no como ella habría querido. Eran ideas fundamentalmente negativas, esbozos de dudas y miedos ocultos, trazos de una infelicidad subyacente que amenazaba con destruirle a él y a su escrito. Ella le acusaba de malditismo de pega.
No sabes escribir una jodida mierda si no te sientes un alma en pena, hundida y solitaria. Eres un impostor de pluma barata.
Calla mujer, ojalá no fueras tú igual de barata.
Entonces bebió y escribió hasta vaciarse él y la botella. Y después rompió todas las hojas y le dijo que lo único que podría escribirle que ella considerara bonito serían los papeles del divorcio.
Me voy al bar.
¿A estas horas? Está cerrado.
Como tú.
Imbécil.
Y se marchó a pasear su aterido talento por el frío de la ciudad. Sentía la boca pastosa y el alma ahogada en alcohol. Pero las penas seguían ahí, a flote, como siempre. Llegó al puente sobre el río, más por fortuna y azar que por propósito, o por despropósito. Y atisbó el fondo. El suyo, no el del río, que para eso estaba demasiado oscuro.
Jodida zorra.
Y se tiró. Y nunca supo si fue un escritor maldito o un maldito escritor.
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