martes, 4 de diciembre de 2012

Jodida zorra

Le pidió el encargo de que escribiera algo bonito para ella. Y, bueno, no se le ocurría una mierda. Eso fue al principio. Luego las ideas empezaron a fluir, pero no como ella habría querido. Eran ideas fundamentalmente negativas, esbozos de dudas y miedos ocultos, trazos de una infelicidad subyacente que amenazaba con destruirle a él y a su escrito. Ella le acusaba de malditismo de pega.

No sabes escribir una jodida mierda si no te sientes un alma en pena, hundida y solitaria. Eres un impostor de pluma barata.
Calla mujer, ojalá no fueras tú igual de barata.

Entonces bebió y escribió hasta vaciarse él y la botella. Y después rompió todas las hojas y le dijo que lo único que podría escribirle que ella considerara bonito serían los papeles del divorcio.

Me voy al bar.
¿A estas horas? Está cerrado.
Como tú.
Imbécil.

Y se marchó a pasear su aterido talento por el frío de la ciudad. Sentía la boca pastosa y el alma ahogada en alcohol. Pero las penas seguían ahí, a flote, como siempre. Llegó al puente sobre el río, más por fortuna y azar que por propósito, o por despropósito. Y atisbó el fondo. El suyo, no el del río, que para eso estaba demasiado oscuro.

Jodida zorra.

Y se tiró. Y nunca supo si fue un escritor maldito o un maldito escritor.

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