Tan inestable que deviene inaprensible, como un sueño por la mañana. Es algo blasfemo, casi obsceno, verla ser. O simplemente estar. Tan ajena, tan perdida en sí misma, que dan ganas de ir a buscarla y quedarse allí, encontrado. Tan como el fluir de un gato en el alféizar de una ventana abierta, el mismo eco a abismo, la misma elegancia peligrosa, el mismo vértigo. Un roto sin descosío, un dedal sin aguja, un hilo bordándote en filigranas inacabadas. Siempre yéndose, siempre huyendo, siempre aquí pero allá; una sonrisa desacompasada en el mirar. Tan ella como no podría ser de otra forma, tan como el rastro de los aviones en el cielo, tan queriendo ser nube sin serlo. Una muesca en un palito a la deriva en cualquier río. Y río por no llorar. Es impulsivo llanto histérico, risa incontenida, eclosión abrasiva o nota triste de un violín desafinado. Es según, y según el momento. Quisiera, no sé, agarrar su trenza ladeada y aferrarme a ella para susurrarle en la nunca palabras necias que no hagan oídos sordos, firme para no caer y quedar atrás. Quisiera, tal vez, componer canciones sin melodía con los sonidos de un microondas, o de la lluvia o de los suspiros, para bailarlas hasta no saber bailar, y luego seguir no bailandolas hasta que duelan los pies y quieran bailar solos, sólo para ella. Quisiera, quizá, dejarle el cuello como la tapa de un bolígrafo, y luego dejar correr la tinta. Píntame, píntame rápido como si me fuera a borrar, y luego fírmalo con la puntita de los dedos. Yo sólo sé que sabe a té amargo y promesas. Tan tan. Es coma, como el como de ella, como para comar o comer, o comérsela. A veces siento la necesidad imperiosa de enredarla, de atarla a mi cama y no dejarla salir nunca más, hasta que se agote el olor de sus sabores, pero me conformo con recoger pelos de la almohada y hacer cadenas de nuditos con los que prender deseos. Y después mueren las palabras, desubicadas dentro del diccionario, agolpadas todas en las esquinas siguiéndola al pasar, desesperadas tratando de encontrar de entre ellas a la más adecuada. ¡Alocada! ¡Extasiante! ¡Hechizo! Levantan sus manecillas intentando llamar la atención para ser elegidas, pero la marea unánime de descontento las acalla, sabedoras todas de que jamás darán con la adecuada. Entonces me miran a mí, arremolinadas en el canto, conceptuando mi llanto con devaneos crueles. ¡Absurdo! ¡Pueril! ¡Insensato! ¡Etcétera! Y caracolean todas divertidas, maravilladas de que, al fin, pueda dejarme sin palabras.
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