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domingo, 9 de diciembre de 2012

Carta a ella

Querida ella, si estás leyendo esto, probablemente ya te has ido. Acabarás, sin duda, olvidando lo ocurrido, trascendiendo el pasado en busca de un futuro pretendidamente más feliz. Cerrarás, tarde o temprano, cuando llegue el momento, las fisuras por las que entraba el agua y se escapaban los suspiros, primero a raudales incontenibles, luego con ímpetu pasional, más tarde con suave constancia y, finalmente, con la desidia renuente de las despedidas. Y, superado el finalmente, no quedará resquicio alguno en el muro que levantarás a golpe de vivir. Pero hay personas que nacimos empeñadas en contrariar a la naturaleza, a los instintos que no sean los pasionales y al sentido común, y perseveramos en nuestro afán de saltarnos el ciclo lógico del tiempo, precisamente por eso, por lógicamente absurdo, y permanecer anclados en el pasado. Al fin y al cabo, a todos nos llegará un día aciago en que lo único, absolutamente lo único que nos quedará ya, serán el pasado y lo pasado. Nos limitamos, por pragmatismo poético, a adelantar acontecimientos. Y es que tú, querida ella, serás el motivo de todo lo anterior y lo posterior, pero también pasado. Haberte querido será el leit-motiv de toda una existencia anacrónica con su presente. La experiencia más desgarradora a la que poder asomarse, con el miedo al abismo colgando del cuello pero sin terminar de caer; el compendio de toda la ingenuidad de un corazón que empezó sin estrenar y hasta aquí ha llegado, con toda su obsolescencia, su nostalgia y sus ayeres. Y lo más genuinamente maravilloso jamás presenciado, el único motivo real. Cuando retrotraigas tu conciencia por nuestros aledaños, te dará igual, porque mirarás sin ver, porque tal vez fue bonito, porque en el fondo eres ella pero no lo quieres saber. Y te dirás que se está empezando a hacer demasiado oscuro para contemplar, que releer es de cobardes, pudiendo inventar. Y te diré que hiciste bien yéndote, que a contracorriente se ahoga uno más fácil que en alcohol, que aquí hace mucho frío y no huele a nada y duele todo. Ese mismo día aciago no tendré más remedio, a pesar de ser ya solo un disidente más, que alegrarme de que hayas sido ella todo este tiempo. Mas hay deudas que no se pueden jamás dejar de pagar, por eso desde el pasado te escribo esta carta para decirte, ah, que aquí estoy.

jueves, 29 de noviembre de 2012

"Porque mi oficio es escribir y ella siempre..."

Tan inestable que deviene inaprensible, como un sueño por la mañana. Es algo blasfemo, casi obsceno, verla ser. O simplemente estar. Tan ajena, tan perdida en sí misma, que dan ganas de ir a buscarla y quedarse allí, encontrado. Tan como el fluir de un gato en el alféizar de una ventana abierta, el mismo eco a abismo, la misma elegancia peligrosa, el mismo vértigo. Un roto sin descosío, un dedal sin aguja, un hilo bordándote en filigranas inacabadas. Siempre yéndose, siempre huyendo, siempre aquí pero allá; una sonrisa desacompasada en el mirar. Tan ella como no podría ser de otra forma, tan como el rastro de los aviones en el cielo, tan queriendo ser nube sin serlo. Una muesca en un palito a la deriva en cualquier río. Y río por no llorar. Es impulsivo llanto histérico, risa incontenida, eclosión abrasiva o nota triste de un violín desafinado. Es según, y según el momento. Quisiera, no sé, agarrar su trenza ladeada y aferrarme a ella para susurrarle en la nunca palabras necias que no hagan oídos sordos, firme para no caer y quedar atrás. Quisiera, tal vez, componer canciones sin melodía con los sonidos de un microondas, o de la lluvia o de los suspiros, para bailarlas hasta no saber bailar, y luego seguir no bailandolas hasta que duelan los pies y quieran bailar solos, sólo para ella. Quisiera, quizá, dejarle el cuello como la tapa de un bolígrafo, y luego dejar correr la tinta. Píntame, píntame rápido como si me fuera a borrar, y luego fírmalo con la puntita de los dedos. Yo sólo sé que sabe a té amargo y promesas. Tan tan. Es coma, como el como de ella, como para comar o comer, o comérsela. A veces siento la necesidad imperiosa de enredarla, de atarla a mi cama y no dejarla salir nunca más, hasta que se agote el olor de sus sabores, pero me conformo con recoger pelos de la almohada y hacer cadenas de nuditos con los que prender deseos. Y después mueren las palabras, desubicadas dentro del diccionario, agolpadas todas en las esquinas siguiéndola al pasar, desesperadas tratando de encontrar de entre ellas a la más adecuada. ¡Alocada! ¡Extasiante! ¡Hechizo! Levantan sus manecillas intentando llamar la atención para ser elegidas, pero la marea unánime de descontento las acalla, sabedoras todas de que jamás darán con la adecuada. Entonces me miran a mí, arremolinadas en el canto, conceptuando mi llanto con devaneos crueles. ¡Absurdo! ¡Pueril! ¡Insensato! ¡Etcétera! Y caracolean todas divertidas, maravilladas de que, al fin, pueda dejarme sin palabras.