lunes, 29 de octubre de 2012

Cuento metafórico

Érase una vez el pequeño reino de los metafóricos. Era un mundo lleno de gente feliz unida por su abnegada afición por las metáforas. La vida entera del reino se basaba en el transcurrir diario de lo alegórico. Había, como siempre en estas historias, un joven humilde y una princesa en un castillo.

El castillo dominaba toda la aldea desde las alturas de su solitario esplendor. Era conocido en la región como "el puercoespín de piedra", todo lleno de torrecillas coronadas con almenas. Había también, como en todo cuento que se precie, un rey bondadoso que amaba a su hija y un pueblo de gentes humildes, los metafóricos. No podía faltar, por supuesto, el concepto del mal encarnado en un antagonista tirano y henchido de odio y envida: 'El Maniqueo Hombre Literal'.

Cuando no tenía más remedio que abandonar su guarida del mal para ir a la aldea a atender asuntos diversos de la supervivencia, los metafóricos le increpaban sutilmente: "Nubarrones negros de tormenta se ciernen sobre este río de adoquines que desemboca en el mar de harina y levadura." A lo que él, que no se dejaba amilanar por los requiebros linguísticos de lo simbólico, respondía cortante: "¡Sólo voy a comprar pan!". Sus duras palabras causaban siempre un profundo desasosiego entre los aldeanos, que corrían a refugiarse en sus "buñuelos de ladrillo y calor de hogar".

El resto del tiempo, el malvado Hombre Literal permanecía escondido en su cueva del terror, fraguando ideas oscuras con las que someter de una vez por siempre a los metafóricos al yugo de lo textual. Nadie conocía el rencor del pasado que alimentaba esta coraza de realismo puro. Nadie recordaba ya a aquel pizpireto y risueño niño que soñaba con ser poeta y alumbrar "danzas de sentimientos hechas palabra". Nadie recordaba tampoco el sueño truncado por una descorazonadora crítica literaria en el diario 'La Biografía De La Vida': "[...] sus metáforas son peores que la escarcha del amanecer sobre la cosecha del intelecto, y parecen regadas por una lluvia de mediocridad rayana en el más atávico despropósito naturalista".

Ajena a todo este dolor y maléfica maquinación, la vida transcurría con normalidad en el resto del reino. Para todos menos para nuestro joven y nuestra princesa. El zagal, "hacedor de sujetos conceptuales para la confrontación hiperbólica con días excesivamente largos", trabajaba a diario en la panadería de su padre. Cuando terminaba la jornada, se entregaba con pasión a la actividad de perseguir mariposas poniéndoles nombres de sentimientos fugaces tales como 'Sorpresa' o 'Euforia'. Un día cualquiera, ensimismado en este quehacer, tuvo la ventura o la desdicha de ir a chocar con la princesa que visitaba a su pueblo. Y fue una conjunción planetaria, una alineación de astros destinados desde su origen más remoto a cruzarse en ese mismo instante y lugar de todos los inconcebibles posibles de un universo infinito, una casualidad inevitable de causalidad incognoscible, el principio de un fin en sí mismo. Más tarde las malas lenguas lo definirían como "una colisión desafortunado entre dos carros en sentidos opuestos". Pero eso sólo las malas lenguas.

Inmediatamente fueron separados por la guardia personal de la princesa, acto que sería identificado como "Moisés separando las furibundas aguas de un mar prohibido". Mas no pudieron impedir que quedara irremediablemente prendida la chispa de un amor inmisericorde entre aquellas dos criaturas que, al mirarse por primera vez y para siempre, derrocaron de un plumazo el despotismo de las convenciones sociales, la tiranía de las clases y la opresión de todo designio que intentara subyugar la pasión de sus corazones latiendo, desde ese momento y hasta que algún viento mal dado los apagase de un soplo, al unísono. Dos tímidas sonrisas apenas entrevistas fueron suficientes para hacer rugir al Hombre Literal en su escondrijo, abrumado por el doloso peso de tanta alegoría sentimental; y para hacer tiritar los cimientos del reino y sus asuntos en una suerte de escalofrío mudo.

De regreso en sus respectivos y distanciados hogares, ambos jóvenes se entregaron al proceso vano de morir de amor perdidos entre las esquinas. Inevitablemente, él se quedó antes sin esquinas en la diminutez de la panadería, por lo que resolvió, fruto de lo locura de la valentía del amor loco y enloquecedor, enviarle una carta a su princesa. Solucionó el obstáculo de no saber escribir con imaginación y buena voluntad, y plasmó los delirios de su alma rota en hojas arrancadas de los libros de contabildad. Entonces llamó a sus mariposas, 'Desazón', 'Esperanza' e 'Ilusión', y les encomendó la trascedental tarea de hacérselas llegar a la princesa.

Ésta, aún perdida entre las esquinas de su castillo sin fin, se deshacía en suspiros que hacían llorar a los pajaritos, "los dulces poetas cantores del aire". Entre tanto devenir trágico, vio venir a las mariposillas cargando los legajos destinados a la razón de su sinrazón. Los cogió ansiosa y perpleja quedó al ver un montón de cifras de harina y pan y símbolos indescifrables apretados en los márgenes con caligrafía de persona herida de pasión. A pesar de no entender nada, supo de quién venía y qué quería decir, pues en el fondo el amor es un lenguaje propio. Presa de un ataque de resolución, mandó convocar a su fiel "mujer de compañía y voluntarioso servicio" y le contó al oído y entre vahídos de amor su plan secreto.

El Maniqueo Hombre Literal, alertado de esta injuriosa trama por su patógena alergia hacia el simbolismo romántico y demás ñoñerías, había actuado con presteza interceptando las mariposas por el camino para sustituirlas por las suyas propias: 'Negatividad', 'Pesimismo' y 'Desilusión'. De esta forma pudo espiar a la princesa y conocer de primera mano sus sentimentaloides planes benéficos. Y de aquesta forma decidió subir al castillo por vez primera en muchos años a imponer todo el peso de la realidad. Una vez dentro del recinto amurallado y entre los murmullos asustados de sirvientes y soldados, solicitó audiencia con carácter de urgencia con el bondadoso rey. Este, sorprendido por su presencia allí, se la concedió sin más dilación y ambos entablaron misterioso coloquio en los reales aposentos.

En el transcurso de esta conversación, el malvado Hombre Literal advirtió al magnánimo rey sobre las nefastas intenciones de su amada hija de fugarse ladinamente con un simple plebeyo para entregarse a los placeres del vicio y la pernición sin el consentimiento paterno ni de nadie en general. El pobre (metafóricamente hablando, claro, que dinero le sobraba) rey apenas acertó a balbucear respuestas inconexas tales como: "¡oh, mi lucero del alba, mi dulce florecilla primaveral, oh, el fruto de mi amor, el cofre de mis desvelos, el velero de mis sueños! ¡Oh, mi princesa de princesas, mi segundo corazón palpitando en pos de desvaríos prohibidos! ¡Oh, dolor!". Dejando al bienamado rey en esta triste tesitura, el Hombre Literal marchó de allí satisfecho por haber derrocado todo germen de idealidad con el poder irrefutable de la cruda realidad.

Ajenos a esta confabulación en su contra, los amantes permanecían inmersos en la suya propia. Pintaban corazones en la pared tras humedecerse el dedo con saliva, ansiando dejar huella indeleble en alguna idealidad paralela; se enviaban mariposas de nombres superfluos en las que se decían cosas que ni ellos mismos entendían pero que les hacían felices; se abstraían mirando el horizonte al compás, separados únicamente por la distancia y sonreían tontamente mientras se imaginaban como "dos habitantes de mundos distintos colonizando un nuevo planeta hecho de cosas dulces y aire esponjoso", evadidos en su evasión. Mientras, la fiel criada alistaba los preparativos de su plan de fuga: dispuso caballos frescos y ensillados, cambió los turnos de guardia de los soldados valiéndose de sutiles artimañas metafóricas, mandó una carta al joven muchacho detallándole lo que debía hacer... Fue el brazo ejecutor de cabezas pensantes que ya no pensaban sino penaban de la agonía de la incierta espera.

El en buena hora nacido rey, contagiado de la enfermedad literal de su antagonista, maquinaba cómo impedir la ignominiosa fuga. Para ello ordenó cerrar todos los accesos y salidas del castillo y apartar a los criados de su amada hija, dejándola recluida add infinutum en sus aposentos. A consecuencia de estas disposiciones, el castillo tornó repentinamente en un lugar lúgubre y sombrío, apartado de la idealidad del resto del reino, convertido en "la fortaleza de la nada separada del todo". El Maniqueo Hombre Literal reía desatado con entonación malvada en las profundidades ignotas de su escondrijo, rebosante de autocomplacencia.

Nuestro querido e ingenuo jovenzuelo, desconocedor de las trabas que habían sido puestas a su felicidad, prosiguió con los planes acordados. Esperó abrazado a la impaciencia hasta la decimotercera noche del mes, cuando la Luna se encaramó al cielo luciendo todo su esplendor plateado. Y entonces agarró el petate con sus escasas pertenencias y todos sus deseos, y se escabulló en silencio de su hogar al amparo de la noche. Los metafóricos habrían de llamar a esto años después "el poema de amor que huyó sin ser visto". Infatigable, anduvo hasta el tercer recodo del tercer río a la sombra del tecer criprés y ató su corazón al tronco para evitar que se le escapara desbocado antes de someterse a la imposible tarea de la útima espera. Alguien diría después que el reloj dejó de ocuparse de la banal tarea de medir los segundos para sentarse a esperar con él.

Y así el tiempo se detuvo y solo transcurrió el espacio y lo hizo, cómo no, despacio. Y se fue yendo la Luna, triste ella también, y la acompañó a regañadientes la oscuridad que quería seguir velando ese amor prohibido; y empezó a despuntar el Sol y lo hizo tímido y apocado, sabedor de que llegaba demasiado pronto o tarde para siempre. Y ella no llegaba, y el Hombre Literal reía y reía, y él lloraba. Y los pajarillos y las mariposas volaban flojito, por respeto, moviendo poquito el aire para no secar sus lágrimas antes de tiempo. Y el frío del alba se resistía a irse, pues el calor ahí no pegaba nada; y el rocío parecía llorar también, y el río lloraba y ya no era dulce, sino salado.

Y cuando ya se disponía a irse a no sabía dónde y no quería saber para qué, ella apareció. Radiante como no lo había hecho el Sol y dulce como quería ser el río. Se abrazaron y se besaron, mientras las mariposas y los pajarillos revoloteaban ya sin límites, y derritieron el rocío y se fue el frío, asustado de tanto calor. El tiempo volvió a quedarse muy quieto mientras florecía la pasión y los aldeanos se referirían a aquello como "la primavera de los anhelos". Paralelamente a todo esto, el bondoso rey y el Maniqueo Hombre Literal dormían inquietos, sin terminar de comprender del todo que el amor les había ganado la partida con unas reglas sin normas. Y se removían, angustiados sin saber por qué, en sus lechos de realidad.

"¿Cómo os llamais, princesa?", le preguntó el joven, mientras la cogía de la mano para llevarla a no sabía dónde ni le importaba para qué. "

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