Un día una mujer le pidió a su marido que le bajara la luna. A partir de ahí se desató el caos más atroz. El pobre hombre se enredó en una espiral de turbación, tratando de hallar la manera de secuestrar la Luna. Pasó noches en vela, cortejando a la locura con los delirios de sus fantasías. Erró la dirección y acabó más cerca del infierno que del cielo. Se hundió en el abismo y se marchitó en su propia desesperación. Hasta que, sin más, le llegó la inspiración. "Escalaré las nubes", pensó. Y se aplicó a generar vapor hasta obtener cientos de pequeñas nubes con las que ir escalando por el cielo. Pero la Luna, precavida, decidió no salir esa noche y el pobre hombre, sin una referencia clara en la oscuridad, se extravió sin remedio hasta ser un punto más lejano aún que la estrellas.
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
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