Cuando abrió los ojos, se dio cuenta. No había
duda. Era una vaca. Enorme. Sobrepasaba
impunemente todos los límites del crecimiento horizontal. Arrebataba al aire
mismo su posición en el espacio, conquistando a fuerza de volumen inmisericorde
todos los aledaños de su caótica masa corporal. Ante su empuje indómito, las propias
leyes de la física parecían flaquear arredradas y desdibujaban el tejido
espacio-temporal para poder hacerle hueco. Lucía, sin embargo, un extraño
orgullo en su obesidad, una altivez
nobiliaria ante la constatación innegable de su superioridad frente al patético
devenir de lo nimio. Se trataba, sin duda, de una gordura despótica en su inmensidad,
ante la cual él se sentía diminuto e impotente. Se juró a sí mismo, contrito,
no volver a beber tanto.
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