martes, 23 de octubre de 2012

Microrrelato


Cuando abrió los ojos, se dio cuenta. No había duda. Era una vaca. Enorme. Sobrepasaba impunemente todos los límites del crecimiento horizontal. Arrebataba al aire mismo su posición en el espacio, conquistando a fuerza de volumen inmisericorde todos los aledaños de su caótica masa corporal. Ante su empuje indómito, las propias leyes de la física parecían flaquear arredradas y desdibujaban el tejido espacio-temporal para poder hacerle hueco. Lucía, sin embargo, un extraño orgullo  en su obesidad, una altivez nobiliaria ante la constatación innegable de su superioridad frente al patético devenir de lo nimio. Se trataba, sin duda, de una gordura despótica en su inmensidad, ante la cual él se sentía diminuto e impotente. Se juró a sí mismo, contrito, no volver a beber tanto.

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