viernes, 26 de octubre de 2012

Frío

Siempre pensó que la embriaguez es el mejor de los estados. Aún mejor que el gaseoso. Por eso se sirvió otra copa. Lo hizo en vaso de plástico, en una suerte de glamour ajado, pues el cristal transparenta las miserias que intentas ahogar. Bebió. Sorbo corto y seco, sin preámbulos, directo a otro olvido. Las imágenes no se van, lo sabía. Pero se vuelven en blanco y negro, como más proclives a la melancolía elegante. Sin rencores. Suave. Por supuesto, bebía sin hielo. El frío, pensó, ya lo llevo por dentro. Muy dentro. Donde los abrazos llegan tibios y los recuerdos, tiritando. Quien sonaba en el arrastrar de la botella por encima de la barra era, claro, ella. Y la veía también entre las volutas de humo. Y en el fondo de todas las cosas. Entre vapores etílicos, el hielo de sus ojos azules, taladrándole. Sorbo corto y mirada larga. Porque, pensó, cuando no estás, tengo tanto frío que paso las noches abrigando esperanzas.

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