viernes, 3 de agosto de 2012

Como viajar a África


Estaba tumbado en el estrecho catre de mi cabaña, tiritando aún ante el recuerdo de su proximidad mientras conversábamos en la fuente. Sentí mi pulso acelerarse al compás de mis anhelos, incapaz de conciliar el sueño por el susurro de su voz que me ardía en la nuca. Sentí la sangre huir de mi corazón y agolparse allá donde más nos delata mientras rememoraba la calidez de su cuerpo junto al mío.Y sus palabras: “Te estoy dando falsas esperanzas. Y es gracioso, ¿no crees? Porque me llamo Esperanza, ya sabes, un juego de palabras. Y su sonrisa, burlona,ladeada, como incitándome a llevarle la contraria, a seguir su juego. El brilloen sus ojos, aún más burlón, más seguro de sí mismo, más dueño de la situación.Sentí la sangre volver a subir, esta vez a mis mejillas. Y así, acalorado, teñido de rojo y semifebril me encontró ella. Apareció de repente, como siempre. Allí estaba, recortada contra el quicio de la puerta. La Luna por detrás delineaba su figura al contraluz, jugando cómplice con el contorno de su cadera, con la suave curvatura de su cuerpo. Sonrió, y en esa sonrisa parecía haber atrapado el espíritu de África, esa peligrosa y sugerente promesa de aventura, de otra vida a la que no debías aspirar siquiera.

Paralizado,vendido y entregado a su hechizo, me limité a contemplar cómo, aún en el umbral de mi puerta y de mis deseos, se deshacía del vestido que a duras penas tapaba lo que mi imaginación llevaba un rato acariciando. Lentamente dejó caer la ropa, que se fue deslizando por su cuerpo perlado de sudor, para quedar vestida solo con rayos de Luna. Estos componían un cuadro propio sobre el lienzo de su piel morena, invitando al espectador a enamorarse del arte en su conjunto. Asentir que aquello debía ser la representación física de la música, esa música que suena continua en tu cabeza y despiertas pasiones dormidas y sueños que no pueden dormir. Ella, consciente de que acababa de seducir al mundo, que había conseguido detener el tiempo y el espacio, o que dejaran de importar, que tenía a la Luna a su merced, que… ella vino hacia mí. Y el resto del mundo se fue, porque ya no pintaba nada allí. Más tarde caería en la cuenta que fueron solo tres pasos los que dio, pero nunca antes me había enfrentado a una espera más larga,tan interminable, tan imposible.

Me empujó hacia atrás, firme, fuerte, ardiente, y se tumbó encima. Y mi consciencia se redujo a los límites físicos de su olor y su contorno. Olía a té amargo, olía a ella. Jamás me olvidaré del primer beso. Ella siempre decía que fue raro, que lo di como si fuera el último de mi vida, como si me fuera a morir, que fue tan intenso que asusté hasta a la pasión. Y cierto es que por mí podría haber muerto. Y luego vinieron más, y más, y la pasión huyó asustada porque ella era más fiera. En algún momento de aquel momento hecho de momentos me vi sin ropa, solos ella y yo y el roce nuestros cuerpos bañados en sudor. Recuerdo que pensé que ese debía ser el Mar Vivo y reí tontamente. - ¿Te peso?- preguntó ella. – No, me besas poco- respondí. Su sonrisa otra vez, la sugerente, la que nacía en los ojos y te hacía morir a ti. Y más besos. Le di la vuelta entonces,dejándola debajo – No quiero que se diga que Dios pudo conmigo- apunté, a medio susurro. Y noté que me quedaba mucho, demasiado, por besar. Y empecé a bajar.Su respiración entrecortada en mi oído, sus latidos desbocados reverberando entre sus pechos. Y allí bajé. Lento. Disfrutando del camino, de perderme encada recoveco, de trazar rutas alternativas con la lengua. Un gemido. Suyo tal vez. Un mordisco. Otro gemido. Música de nuevo.

Fuide duna en duna de aquel ardiente desierto color miel. Hasta encontrar un oasis. Y allí me quedé. Nuevos gemidos. Sería el viento entre las palmeras, tal vez. – Mmm… sube, sube aquí… Hagamos un puzle en el que encajen las piezas…- apremió ella. Y ahí se acabaron las palabras y la canción derivó instrumental. Poco apoco, como cuando caes y sabes que el impacto llegará, pero no tienes prisa,sobrevino el clímax. Ese momento de momentos en el que se te olvida todo, en que se te olvida que estás en África tratando de salvar al mundo, o de salvarte a ti mismo, y solo importa ese escaso punto de unión entre dos cuerpos que se estremecen al mismo compás. Ese momento en que supones que la felicidad o la paz pueden ser algo más que meros conceptos y que yo me quedo aquí, sigan ustedes.

-¿Cómo describirías el sexo?- me preguntó después, mientras fumábamos abrazados contemplando las estrellas. - ¿El sexo? Como viajar a África. De repente te ves metido en un sitio húmedo, caliente y que envuelve todos tus sentidos, transformándote por un instante en algo distinto a lo que sueles ser. Sí, como viajar a África.– respondí, seguro de que sería la respuesta que la complacería. Y ella se rió,muy alto, muy fuerte, durante mucho tiempo. Rió y yo lo hice con ella hasta que ya no recordábamos por qué reíamos o por qué dejar de hacerlo. – Me aseguraré de avisar a los del aeropuerto por si intentas follártelos cada vez que vengamos.- añadió entrecortadamente, aún entre risas. – El sexo es como el sexo, y punto. 

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