domingo, 9 de septiembre de 2012

¿Qué vas a hacer ahora?

Allí estábamos todos los que debíamos ser. Éramos pocos pero no hacía falta más. Ella lo hubiera querido así, sin estridencias, sin gestos grandilocuentes y falsos que diluyesen su momento de protagonismo. Pues era ella, indiscutiblemente, el personaje principal de esa función, su entierro. Caía una fina lluvia constante, plomiza, que calaba casi sin que te dieses cuenta. Supongo que era un favor del destino para ayudarnos a disimular nuestras lágrimas, que no pegaban con ella. Entre la cortina de agua y las sombras de los cipreses, se adivinaban los contornos de las figuras que bordeaban el ataúd en su descenso. En frente de mí acerté a adivinar la presencia de sus padres, dos figuras enjutas con aspecto de plantearse qué deudas les estaba cobrando la vida. Al otro lado estaba Eric, tan impasible y tan destrozado como siempre, cargando con las flores y con el dolor de otras tantas escenas similares. Y junto a mí, el malí Keita buscaba algo con la mirada perdida en el infinito que, supuse, no encontraría.

De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.

Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.

No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.

Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.

Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.

– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…

No hay comentarios:

Publicar un comentario