Porque ser insomne significa quedarse demasiado tiempo a solas con uno mismo. Ahí siempre estás tú. Y no deberías.
domingo, 4 de noviembre de 2012
El Caballero de la Tristeza Figurada
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, hollaba un hidalgo caballero conocido como Don Quejica de la Mancha. Vivía enamorado de la sin par dama Diabética del Toboso y obsesionado con los libros de Medicina. El Vademecun le había sorbido el seso irremediablemente hasta convertirlo en el "Caballero de la Tristeza Figurada". Andaba perdidamente sumido en su demente mundo hipocondriaco de continuos recelos. Veía mohínos donde tan solo había gente sana y feliz, cabalgaba poseído cartilla en ristre hacia la Seguridad Socia,l acometiendo duendes y estafilococos en días trasnochados, y entregaba su vida a desfacer entuertos gripales y salvaguardar la higiene íntima de damas de alta alcurnia y bajos instintos. Se hacía acompañar a perpetuidad por su fiel enfermero Sancho Pancyl 100 mg en todas sus idas y venidas de caballero pedante, montado siempre en su jumento Rociante, que padecía de incontinencia urinaria. "¡Con la eugenesia hemos topado, amigo Sancho!", exclamaba en sus delirios de salud perdida y recobrada. Y entre medias de tanto errar, suspiraba lacónico por la, no tan dulce, Diabética del Toboso, su musa, su dama, el Ibuprofeno de su herido corazón. "Mas es estocada firme de muerte, y sólo me aplacará este sinvivir en viviendo hallar en vos mi suerte, por ser vos la razón de la sinrazón de mis desafueros al no poder veros", le recitaba al verla, empero ella nada entendía por ser de condición humilde y medio sorda; y por no saber élfico también. "Ciega ando de amor, mi caballero", acertaba a responderle. Pero en realidad, su poca visión se debía a la diabetes. Y desfallecía así de amor y de sinusitis crónica el Caballero de la Tristeza Figurada; y moría así por sentirse morir entre afecciones y melindres; y enloquecía de saberse loco y sin remedio.
lunes, 29 de octubre de 2012
Cuento metafórico
Érase una vez el pequeño reino de los metafóricos. Era un mundo lleno de gente feliz unida por su abnegada afición por las metáforas. La vida entera del reino se basaba en el transcurrir diario de lo alegórico. Había, como siempre en estas historias, un joven humilde y una princesa en un castillo.
El castillo dominaba toda la aldea desde las alturas de su solitario esplendor. Era conocido en la región como "el puercoespín de piedra", todo lleno de torrecillas coronadas con almenas. Había también, como en todo cuento que se precie, un rey bondadoso que amaba a su hija y un pueblo de gentes humildes, los metafóricos. No podía faltar, por supuesto, el concepto del mal encarnado en un antagonista tirano y henchido de odio y envida: 'El Maniqueo Hombre Literal'.
Cuando no tenía más remedio que abandonar su guarida del mal para ir a la aldea a atender asuntos diversos de la supervivencia, los metafóricos le increpaban sutilmente: "Nubarrones negros de tormenta se ciernen sobre este río de adoquines que desemboca en el mar de harina y levadura." A lo que él, que no se dejaba amilanar por los requiebros linguísticos de lo simbólico, respondía cortante: "¡Sólo voy a comprar pan!". Sus duras palabras causaban siempre un profundo desasosiego entre los aldeanos, que corrían a refugiarse en sus "buñuelos de ladrillo y calor de hogar".
El resto del tiempo, el malvado Hombre Literal permanecía escondido en su cueva del terror, fraguando ideas oscuras con las que someter de una vez por siempre a los metafóricos al yugo de lo textual. Nadie conocía el rencor del pasado que alimentaba esta coraza de realismo puro. Nadie recordaba ya a aquel pizpireto y risueño niño que soñaba con ser poeta y alumbrar "danzas de sentimientos hechas palabra". Nadie recordaba tampoco el sueño truncado por una descorazonadora crítica literaria en el diario 'La Biografía De La Vida': "[...] sus metáforas son peores que la escarcha del amanecer sobre la cosecha del intelecto, y parecen regadas por una lluvia de mediocridad rayana en el más atávico despropósito naturalista".
Ajena a todo este dolor y maléfica maquinación, la vida transcurría con normalidad en el resto del reino. Para todos menos para nuestro joven y nuestra princesa. El zagal, "hacedor de sujetos conceptuales para la confrontación hiperbólica con días excesivamente largos", trabajaba a diario en la panadería de su padre. Cuando terminaba la jornada, se entregaba con pasión a la actividad de perseguir mariposas poniéndoles nombres de sentimientos fugaces tales como 'Sorpresa' o 'Euforia'. Un día cualquiera, ensimismado en este quehacer, tuvo la ventura o la desdicha de ir a chocar con la princesa que visitaba a su pueblo. Y fue una conjunción planetaria, una alineación de astros destinados desde su origen más remoto a cruzarse en ese mismo instante y lugar de todos los inconcebibles posibles de un universo infinito, una casualidad inevitable de causalidad incognoscible, el principio de un fin en sí mismo. Más tarde las malas lenguas lo definirían como "una colisión desafortunado entre dos carros en sentidos opuestos". Pero eso sólo las malas lenguas.
Inmediatamente fueron separados por la guardia personal de la princesa, acto que sería identificado como "Moisés separando las furibundas aguas de un mar prohibido". Mas no pudieron impedir que quedara irremediablemente prendida la chispa de un amor inmisericorde entre aquellas dos criaturas que, al mirarse por primera vez y para siempre, derrocaron de un plumazo el despotismo de las convenciones sociales, la tiranía de las clases y la opresión de todo designio que intentara subyugar la pasión de sus corazones latiendo, desde ese momento y hasta que algún viento mal dado los apagase de un soplo, al unísono. Dos tímidas sonrisas apenas entrevistas fueron suficientes para hacer rugir al Hombre Literal en su escondrijo, abrumado por el doloso peso de tanta alegoría sentimental; y para hacer tiritar los cimientos del reino y sus asuntos en una suerte de escalofrío mudo.
De regreso en sus respectivos y distanciados hogares, ambos jóvenes se entregaron al proceso vano de morir de amor perdidos entre las esquinas. Inevitablemente, él se quedó antes sin esquinas en la diminutez de la panadería, por lo que resolvió, fruto de lo locura de la valentía del amor loco y enloquecedor, enviarle una carta a su princesa. Solucionó el obstáculo de no saber escribir con imaginación y buena voluntad, y plasmó los delirios de su alma rota en hojas arrancadas de los libros de contabildad. Entonces llamó a sus mariposas, 'Desazón', 'Esperanza' e 'Ilusión', y les encomendó la trascedental tarea de hacérselas llegar a la princesa.
Ésta, aún perdida entre las esquinas de su castillo sin fin, se deshacía en suspiros que hacían llorar a los pajaritos, "los dulces poetas cantores del aire". Entre tanto devenir trágico, vio venir a las mariposillas cargando los legajos destinados a la razón de su sinrazón. Los cogió ansiosa y perpleja quedó al ver un montón de cifras de harina y pan y símbolos indescifrables apretados en los márgenes con caligrafía de persona herida de pasión. A pesar de no entender nada, supo de quién venía y qué quería decir, pues en el fondo el amor es un lenguaje propio. Presa de un ataque de resolución, mandó convocar a su fiel "mujer de compañía y voluntarioso servicio" y le contó al oído y entre vahídos de amor su plan secreto.
El Maniqueo Hombre Literal, alertado de esta injuriosa trama por su patógena alergia hacia el simbolismo romántico y demás ñoñerías, había actuado con presteza interceptando las mariposas por el camino para sustituirlas por las suyas propias: 'Negatividad', 'Pesimismo' y 'Desilusión'. De esta forma pudo espiar a la princesa y conocer de primera mano sus sentimentaloides planes benéficos. Y de aquesta forma decidió subir al castillo por vez primera en muchos años a imponer todo el peso de la realidad. Una vez dentro del recinto amurallado y entre los murmullos asustados de sirvientes y soldados, solicitó audiencia con carácter de urgencia con el bondadoso rey. Este, sorprendido por su presencia allí, se la concedió sin más dilación y ambos entablaron misterioso coloquio en los reales aposentos.
En el transcurso de esta conversación, el malvado Hombre Literal advirtió al magnánimo rey sobre las nefastas intenciones de su amada hija de fugarse ladinamente con un simple plebeyo para entregarse a los placeres del vicio y la pernición sin el consentimiento paterno ni de nadie en general. El pobre (metafóricamente hablando, claro, que dinero le sobraba) rey apenas acertó a balbucear respuestas inconexas tales como: "¡oh, mi lucero del alba, mi dulce florecilla primaveral, oh, el fruto de mi amor, el cofre de mis desvelos, el velero de mis sueños! ¡Oh, mi princesa de princesas, mi segundo corazón palpitando en pos de desvaríos prohibidos! ¡Oh, dolor!". Dejando al bienamado rey en esta triste tesitura, el Hombre Literal marchó de allí satisfecho por haber derrocado todo germen de idealidad con el poder irrefutable de la cruda realidad.
Ajenos a esta confabulación en su contra, los amantes permanecían inmersos en la suya propia. Pintaban corazones en la pared tras humedecerse el dedo con saliva, ansiando dejar huella indeleble en alguna idealidad paralela; se enviaban mariposas de nombres superfluos en las que se decían cosas que ni ellos mismos entendían pero que les hacían felices; se abstraían mirando el horizonte al compás, separados únicamente por la distancia y sonreían tontamente mientras se imaginaban como "dos habitantes de mundos distintos colonizando un nuevo planeta hecho de cosas dulces y aire esponjoso", evadidos en su evasión. Mientras, la fiel criada alistaba los preparativos de su plan de fuga: dispuso caballos frescos y ensillados, cambió los turnos de guardia de los soldados valiéndose de sutiles artimañas metafóricas, mandó una carta al joven muchacho detallándole lo que debía hacer... Fue el brazo ejecutor de cabezas pensantes que ya no pensaban sino penaban de la agonía de la incierta espera.
El en buena hora nacido rey, contagiado de la enfermedad literal de su antagonista, maquinaba cómo impedir la ignominiosa fuga. Para ello ordenó cerrar todos los accesos y salidas del castillo y apartar a los criados de su amada hija, dejándola recluida add infinutum en sus aposentos. A consecuencia de estas disposiciones, el castillo tornó repentinamente en un lugar lúgubre y sombrío, apartado de la idealidad del resto del reino, convertido en "la fortaleza de la nada separada del todo". El Maniqueo Hombre Literal reía desatado con entonación malvada en las profundidades ignotas de su escondrijo, rebosante de autocomplacencia.
Nuestro querido e ingenuo jovenzuelo, desconocedor de las trabas que habían sido puestas a su felicidad, prosiguió con los planes acordados. Esperó abrazado a la impaciencia hasta la decimotercera noche del mes, cuando la Luna se encaramó al cielo luciendo todo su esplendor plateado. Y entonces agarró el petate con sus escasas pertenencias y todos sus deseos, y se escabulló en silencio de su hogar al amparo de la noche. Los metafóricos habrían de llamar a esto años después "el poema de amor que huyó sin ser visto". Infatigable, anduvo hasta el tercer recodo del tercer río a la sombra del tecer criprés y ató su corazón al tronco para evitar que se le escapara desbocado antes de someterse a la imposible tarea de la útima espera. Alguien diría después que el reloj dejó de ocuparse de la banal tarea de medir los segundos para sentarse a esperar con él.
Y así el tiempo se detuvo y solo transcurrió el espacio y lo hizo, cómo no, despacio. Y se fue yendo la Luna, triste ella también, y la acompañó a regañadientes la oscuridad que quería seguir velando ese amor prohibido; y empezó a despuntar el Sol y lo hizo tímido y apocado, sabedor de que llegaba demasiado pronto o tarde para siempre. Y ella no llegaba, y el Hombre Literal reía y reía, y él lloraba. Y los pajarillos y las mariposas volaban flojito, por respeto, moviendo poquito el aire para no secar sus lágrimas antes de tiempo. Y el frío del alba se resistía a irse, pues el calor ahí no pegaba nada; y el rocío parecía llorar también, y el río lloraba y ya no era dulce, sino salado.
Y cuando ya se disponía a irse a no sabía dónde y no quería saber para qué, ella apareció. Radiante como no lo había hecho el Sol y dulce como quería ser el río. Se abrazaron y se besaron, mientras las mariposas y los pajarillos revoloteaban ya sin límites, y derritieron el rocío y se fue el frío, asustado de tanto calor. El tiempo volvió a quedarse muy quieto mientras florecía la pasión y los aldeanos se referirían a aquello como "la primavera de los anhelos". Paralelamente a todo esto, el bondoso rey y el Maniqueo Hombre Literal dormían inquietos, sin terminar de comprender del todo que el amor les había ganado la partida con unas reglas sin normas. Y se removían, angustiados sin saber por qué, en sus lechos de realidad.
"¿Cómo os llamais, princesa?", le preguntó el joven, mientras la cogía de la mano para llevarla a no sabía dónde ni le importaba para qué. "
El castillo dominaba toda la aldea desde las alturas de su solitario esplendor. Era conocido en la región como "el puercoespín de piedra", todo lleno de torrecillas coronadas con almenas. Había también, como en todo cuento que se precie, un rey bondadoso que amaba a su hija y un pueblo de gentes humildes, los metafóricos. No podía faltar, por supuesto, el concepto del mal encarnado en un antagonista tirano y henchido de odio y envida: 'El Maniqueo Hombre Literal'.
Cuando no tenía más remedio que abandonar su guarida del mal para ir a la aldea a atender asuntos diversos de la supervivencia, los metafóricos le increpaban sutilmente: "Nubarrones negros de tormenta se ciernen sobre este río de adoquines que desemboca en el mar de harina y levadura." A lo que él, que no se dejaba amilanar por los requiebros linguísticos de lo simbólico, respondía cortante: "¡Sólo voy a comprar pan!". Sus duras palabras causaban siempre un profundo desasosiego entre los aldeanos, que corrían a refugiarse en sus "buñuelos de ladrillo y calor de hogar".
El resto del tiempo, el malvado Hombre Literal permanecía escondido en su cueva del terror, fraguando ideas oscuras con las que someter de una vez por siempre a los metafóricos al yugo de lo textual. Nadie conocía el rencor del pasado que alimentaba esta coraza de realismo puro. Nadie recordaba ya a aquel pizpireto y risueño niño que soñaba con ser poeta y alumbrar "danzas de sentimientos hechas palabra". Nadie recordaba tampoco el sueño truncado por una descorazonadora crítica literaria en el diario 'La Biografía De La Vida': "[...] sus metáforas son peores que la escarcha del amanecer sobre la cosecha del intelecto, y parecen regadas por una lluvia de mediocridad rayana en el más atávico despropósito naturalista".
Ajena a todo este dolor y maléfica maquinación, la vida transcurría con normalidad en el resto del reino. Para todos menos para nuestro joven y nuestra princesa. El zagal, "hacedor de sujetos conceptuales para la confrontación hiperbólica con días excesivamente largos", trabajaba a diario en la panadería de su padre. Cuando terminaba la jornada, se entregaba con pasión a la actividad de perseguir mariposas poniéndoles nombres de sentimientos fugaces tales como 'Sorpresa' o 'Euforia'. Un día cualquiera, ensimismado en este quehacer, tuvo la ventura o la desdicha de ir a chocar con la princesa que visitaba a su pueblo. Y fue una conjunción planetaria, una alineación de astros destinados desde su origen más remoto a cruzarse en ese mismo instante y lugar de todos los inconcebibles posibles de un universo infinito, una casualidad inevitable de causalidad incognoscible, el principio de un fin en sí mismo. Más tarde las malas lenguas lo definirían como "una colisión desafortunado entre dos carros en sentidos opuestos". Pero eso sólo las malas lenguas.
Inmediatamente fueron separados por la guardia personal de la princesa, acto que sería identificado como "Moisés separando las furibundas aguas de un mar prohibido". Mas no pudieron impedir que quedara irremediablemente prendida la chispa de un amor inmisericorde entre aquellas dos criaturas que, al mirarse por primera vez y para siempre, derrocaron de un plumazo el despotismo de las convenciones sociales, la tiranía de las clases y la opresión de todo designio que intentara subyugar la pasión de sus corazones latiendo, desde ese momento y hasta que algún viento mal dado los apagase de un soplo, al unísono. Dos tímidas sonrisas apenas entrevistas fueron suficientes para hacer rugir al Hombre Literal en su escondrijo, abrumado por el doloso peso de tanta alegoría sentimental; y para hacer tiritar los cimientos del reino y sus asuntos en una suerte de escalofrío mudo.
De regreso en sus respectivos y distanciados hogares, ambos jóvenes se entregaron al proceso vano de morir de amor perdidos entre las esquinas. Inevitablemente, él se quedó antes sin esquinas en la diminutez de la panadería, por lo que resolvió, fruto de lo locura de la valentía del amor loco y enloquecedor, enviarle una carta a su princesa. Solucionó el obstáculo de no saber escribir con imaginación y buena voluntad, y plasmó los delirios de su alma rota en hojas arrancadas de los libros de contabildad. Entonces llamó a sus mariposas, 'Desazón', 'Esperanza' e 'Ilusión', y les encomendó la trascedental tarea de hacérselas llegar a la princesa.
Ésta, aún perdida entre las esquinas de su castillo sin fin, se deshacía en suspiros que hacían llorar a los pajaritos, "los dulces poetas cantores del aire". Entre tanto devenir trágico, vio venir a las mariposillas cargando los legajos destinados a la razón de su sinrazón. Los cogió ansiosa y perpleja quedó al ver un montón de cifras de harina y pan y símbolos indescifrables apretados en los márgenes con caligrafía de persona herida de pasión. A pesar de no entender nada, supo de quién venía y qué quería decir, pues en el fondo el amor es un lenguaje propio. Presa de un ataque de resolución, mandó convocar a su fiel "mujer de compañía y voluntarioso servicio" y le contó al oído y entre vahídos de amor su plan secreto.
El Maniqueo Hombre Literal, alertado de esta injuriosa trama por su patógena alergia hacia el simbolismo romántico y demás ñoñerías, había actuado con presteza interceptando las mariposas por el camino para sustituirlas por las suyas propias: 'Negatividad', 'Pesimismo' y 'Desilusión'. De esta forma pudo espiar a la princesa y conocer de primera mano sus sentimentaloides planes benéficos. Y de aquesta forma decidió subir al castillo por vez primera en muchos años a imponer todo el peso de la realidad. Una vez dentro del recinto amurallado y entre los murmullos asustados de sirvientes y soldados, solicitó audiencia con carácter de urgencia con el bondadoso rey. Este, sorprendido por su presencia allí, se la concedió sin más dilación y ambos entablaron misterioso coloquio en los reales aposentos.
En el transcurso de esta conversación, el malvado Hombre Literal advirtió al magnánimo rey sobre las nefastas intenciones de su amada hija de fugarse ladinamente con un simple plebeyo para entregarse a los placeres del vicio y la pernición sin el consentimiento paterno ni de nadie en general. El pobre (metafóricamente hablando, claro, que dinero le sobraba) rey apenas acertó a balbucear respuestas inconexas tales como: "¡oh, mi lucero del alba, mi dulce florecilla primaveral, oh, el fruto de mi amor, el cofre de mis desvelos, el velero de mis sueños! ¡Oh, mi princesa de princesas, mi segundo corazón palpitando en pos de desvaríos prohibidos! ¡Oh, dolor!". Dejando al bienamado rey en esta triste tesitura, el Hombre Literal marchó de allí satisfecho por haber derrocado todo germen de idealidad con el poder irrefutable de la cruda realidad.
Ajenos a esta confabulación en su contra, los amantes permanecían inmersos en la suya propia. Pintaban corazones en la pared tras humedecerse el dedo con saliva, ansiando dejar huella indeleble en alguna idealidad paralela; se enviaban mariposas de nombres superfluos en las que se decían cosas que ni ellos mismos entendían pero que les hacían felices; se abstraían mirando el horizonte al compás, separados únicamente por la distancia y sonreían tontamente mientras se imaginaban como "dos habitantes de mundos distintos colonizando un nuevo planeta hecho de cosas dulces y aire esponjoso", evadidos en su evasión. Mientras, la fiel criada alistaba los preparativos de su plan de fuga: dispuso caballos frescos y ensillados, cambió los turnos de guardia de los soldados valiéndose de sutiles artimañas metafóricas, mandó una carta al joven muchacho detallándole lo que debía hacer... Fue el brazo ejecutor de cabezas pensantes que ya no pensaban sino penaban de la agonía de la incierta espera.
El en buena hora nacido rey, contagiado de la enfermedad literal de su antagonista, maquinaba cómo impedir la ignominiosa fuga. Para ello ordenó cerrar todos los accesos y salidas del castillo y apartar a los criados de su amada hija, dejándola recluida add infinutum en sus aposentos. A consecuencia de estas disposiciones, el castillo tornó repentinamente en un lugar lúgubre y sombrío, apartado de la idealidad del resto del reino, convertido en "la fortaleza de la nada separada del todo". El Maniqueo Hombre Literal reía desatado con entonación malvada en las profundidades ignotas de su escondrijo, rebosante de autocomplacencia.
Nuestro querido e ingenuo jovenzuelo, desconocedor de las trabas que habían sido puestas a su felicidad, prosiguió con los planes acordados. Esperó abrazado a la impaciencia hasta la decimotercera noche del mes, cuando la Luna se encaramó al cielo luciendo todo su esplendor plateado. Y entonces agarró el petate con sus escasas pertenencias y todos sus deseos, y se escabulló en silencio de su hogar al amparo de la noche. Los metafóricos habrían de llamar a esto años después "el poema de amor que huyó sin ser visto". Infatigable, anduvo hasta el tercer recodo del tercer río a la sombra del tecer criprés y ató su corazón al tronco para evitar que se le escapara desbocado antes de someterse a la imposible tarea de la útima espera. Alguien diría después que el reloj dejó de ocuparse de la banal tarea de medir los segundos para sentarse a esperar con él.
Y así el tiempo se detuvo y solo transcurrió el espacio y lo hizo, cómo no, despacio. Y se fue yendo la Luna, triste ella también, y la acompañó a regañadientes la oscuridad que quería seguir velando ese amor prohibido; y empezó a despuntar el Sol y lo hizo tímido y apocado, sabedor de que llegaba demasiado pronto o tarde para siempre. Y ella no llegaba, y el Hombre Literal reía y reía, y él lloraba. Y los pajarillos y las mariposas volaban flojito, por respeto, moviendo poquito el aire para no secar sus lágrimas antes de tiempo. Y el frío del alba se resistía a irse, pues el calor ahí no pegaba nada; y el rocío parecía llorar también, y el río lloraba y ya no era dulce, sino salado.
Y cuando ya se disponía a irse a no sabía dónde y no quería saber para qué, ella apareció. Radiante como no lo había hecho el Sol y dulce como quería ser el río. Se abrazaron y se besaron, mientras las mariposas y los pajarillos revoloteaban ya sin límites, y derritieron el rocío y se fue el frío, asustado de tanto calor. El tiempo volvió a quedarse muy quieto mientras florecía la pasión y los aldeanos se referirían a aquello como "la primavera de los anhelos". Paralelamente a todo esto, el bondoso rey y el Maniqueo Hombre Literal dormían inquietos, sin terminar de comprender del todo que el amor les había ganado la partida con unas reglas sin normas. Y se removían, angustiados sin saber por qué, en sus lechos de realidad.
"¿Cómo os llamais, princesa?", le preguntó el joven, mientras la cogía de la mano para llevarla a no sabía dónde ni le importaba para qué. "
viernes, 26 de octubre de 2012
Frío
Siempre pensó que la embriaguez es el mejor de los estados. Aún mejor que el gaseoso. Por eso se sirvió otra copa. Lo hizo en vaso de plástico, en una suerte de glamour ajado, pues el cristal transparenta las miserias que intentas ahogar. Bebió. Sorbo corto y seco, sin preámbulos, directo a otro olvido. Las imágenes no se van, lo sabía. Pero se vuelven en blanco y negro, como más proclives a la melancolía elegante. Sin rencores. Suave. Por supuesto, bebía sin hielo. El frío, pensó, ya lo llevo por dentro. Muy dentro. Donde los abrazos llegan tibios y los recuerdos, tiritando. Quien sonaba en el arrastrar de la botella por encima de la barra era, claro, ella. Y la veía también entre las volutas de humo. Y en el fondo de todas las cosas. Entre vapores etílicos, el hielo de sus ojos azules, taladrándole. Sorbo corto y mirada larga. Porque, pensó, cuando no estás, tengo tanto frío que paso las noches abrigando esperanzas.
martes, 23 de octubre de 2012
Microrrelato
Cuando abrió los ojos, se dio cuenta. No había
duda. Era una vaca. Enorme. Sobrepasaba
impunemente todos los límites del crecimiento horizontal. Arrebataba al aire
mismo su posición en el espacio, conquistando a fuerza de volumen inmisericorde
todos los aledaños de su caótica masa corporal. Ante su empuje indómito, las propias
leyes de la física parecían flaquear arredradas y desdibujaban el tejido
espacio-temporal para poder hacerle hueco. Lucía, sin embargo, un extraño
orgullo en su obesidad, una altivez
nobiliaria ante la constatación innegable de su superioridad frente al patético
devenir de lo nimio. Se trataba, sin duda, de una gordura despótica en su inmensidad,
ante la cual él se sentía diminuto e impotente. Se juró a sí mismo, contrito,
no volver a beber tanto.
jueves, 18 de octubre de 2012
La tradición de la infamia
Nació con la vocación ineludible de dedicarse al negocio de la hipocresía consumada. Así que tras crecer, más por inercia que por voluntad, montó una tienda de souvenirs. Una sencilla caseta atestada de cachivaches negligentes con el pragmatismo hasta el desbordamiento. Cada día temprano, más por costumbre cívica que por necesidad, se acodaba entre todo aquello a ver pasar el devenir de los hipócritas.
Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.
Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".
Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".
Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.
Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!
Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.
Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".
Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".
Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.
Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!
lunes, 15 de octubre de 2012
Carta al director
Quisiera emular a Hunter S. Thompson enviando un carta al director de un periódico estableciendo las condiciones para mi contratación. Claro que, lo más probable, es que, como a él, no me contrate nadie. Pero será así igualmente, de forma que tómelo como un ejercicio de desahogo. Luego iré a echar el currículo al Mcdonald's, no se preocupe. Tal vez de mi promoción sea el que más gracia tenga escanciando Mcflurrys. O tal vez publiquen en el futuro una recopilación con todas mis cartas, a modo de redención póstuma; quién sabe. Figúrese que desde la Facultad de Periodismo se nos dice que el susodicho ha muerto. O que da los últimos coletazos agónicos. Que si Internet, que si la crisis, que si los anunciantes... Habéis de abriros a las nuevas posibilidades, reiventáos con el sistema, nos aconsejan. Y mientras preparan el entierro de la profesión, se han cargado la épica. Sed concisos, objetivos (esta es la sección de humor, tal vez), breves, aprended a comunicar... En realidad es que no tienen, en resumen, ni puta idea. El mundo de periodismo se divide en cuatro iluminados, varios inútiles que campan como Atila y sus hunos (al que se le moría toda la hierba, pobre) por las redacciones y el resto de fracasados que copan las universidades. Imagínese, aprended inglés nos dicen; el idioma del futuro, imprescindible. Y sucede en realidad que empiezan por flaquear en el castellano más aún que en las convicciones. 'Haber', que yo tengo el First y esas movidas, dirá alguno. Claro. Y yo sé chino, sólo (la RAE, otra conjunción de ínfulas alrededor de una mesa y un sueldo fijo) que no 'me se' entiende. Al final todos, hasta los presidentes del Gobierno, mire 'usté', sabemos hablar inglés. Nivel porno, eso si. Quizá la solución, en vez de tanto recortar en educación, sea recortar en tontería. Léanme ustedes a Kapuściński cuando acaben con el Marca. Correcto, has aguantado todas las clases magistrales sobre "el sentido trágico del relleno absurdo y sus conjuntos" para acabar pudiendo redactar en rica prosa y verbo fluidol la idiosincrasia del peinado de Cristiano Ronaldo o la descarnada soledad del poder estoicamente sobrellevada por The Special One (modestia aparte). Y lo de quejarse del sistema que sea flojito, que estos señores querrán descansar. Pero claro, qué se le va a pedir a estos tiempos en que todos los Ché Guevaras del mundo se levantan cada mañana a tuitear muy fuerte desde teléfonos más inteligentes que la mayoría y con baterías que duran más que sus anhelos. Lo mejor de todo es que cuando acaben de matar al periodismo se asegurarán de cobrar la indemnización. Faltaría más. Debéis abriros a los cambios, nos repetirán. Imagino que se referirán a los cambios de dueño. Mire usted a la épica, señor director, ahí llorando en un esquina. Rápido, digamos que pronto la prima de riesgo canjeará valores en el Reino de los Cielos fruto de su glorioso ascenso al más alto escalafón del neoliberalismo. Todo sea por alegrarle el día a alguien.
Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.
Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.
viernes, 12 de octubre de 2012
Bájame la Luna
Un día una mujer le pidió a su marido que le bajara la luna. A partir de ahí se desató el caos más atroz. El pobre hombre se enredó en una espiral de turbación, tratando de hallar la manera de secuestrar la Luna. Pasó noches en vela, cortejando a la locura con los delirios de sus fantasías. Erró la dirección y acabó más cerca del infierno que del cielo. Se hundió en el abismo y se marchitó en su propia desesperación. Hasta que, sin más, le llegó la inspiración. "Escalaré las nubes", pensó. Y se aplicó a generar vapor hasta obtener cientos de pequeñas nubes con las que ir escalando por el cielo. Pero la Luna, precavida, decidió no salir esa noche y el pobre hombre, sin una referencia clara en la oscuridad, se extravió sin remedio hasta ser un punto más lejano aún que la estrellas.
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
jueves, 4 de octubre de 2012
El llanto de una hormiga
Si quieres hallar el espectáculo más triste del mundo, imagínate a una hormiga que llora. Una diminuta hormiga que llora desconsoladamente. Imagínate la desamparada nimiedad del llanto de una hormiga. ¿Una hormiga que llora? Te preguntás. Oh, ¿y por qué llora? ¿Ha sucumbido al hastío de una existencia basada en lo ínfimo? ¿Ha alumbrado repentinamente la conciencia de ser del todo innecesaria para el mundo? ¿Se siente, tal vez, sola y perdida? ¿Qué puede motivar que una simple hormiguita rompa en herrumbroso lamento? ¿Será, tal vez, un arrebato nostálgico por aquella cópula con la hormiga reina que pudo ser y no fue? ¿Un amor que no puede sentir roto? Puede que sea que ha abandonado el nido y el devenir del tiempo le ha hecho perder sus alas; sintiéndose una irrisoriamente cruel metáfora del extravío de la esperanza. Puede que sea otra cosa. Imagínate a esa minúscula hormiga, apartada del ajetreo de la vida cotidiana, descomponiéndose su alma en los versos más tristes que se hayan compuesto nunca. Imagínate esa oda silenciosa a la pena más honda. Y te preguntarás, oh, ¿suspiráis, hormiga? Y de nuevo pensarás ¡qué banal, una hormiga que llora! Y, ciego, no te darás cuenta de que el llanto de una hormiga es la cosa más triste del mundo, porque a nadie le importa. La tristeza de la indiferencia de lo triste. Imagínate que no sabe qué le pasa porque no entiende conceptos abstractos. Imagínate el susurro del viento consolando a la hormiga con una caricia, suave, ajeno. Imagínate.
domingo, 9 de septiembre de 2012
¿Qué vas a hacer ahora?
Allí estábamos todos los que debíamos ser. Éramos pocos pero no hacía falta más. Ella lo hubiera querido así, sin estridencias, sin gestos grandilocuentes y falsos que diluyesen su momento de protagonismo. Pues era ella, indiscutiblemente, el personaje principal de esa función, su entierro. Caía una fina lluvia constante, plomiza, que calaba casi sin que te dieses cuenta. Supongo que era un favor del destino para ayudarnos a disimular nuestras lágrimas, que no pegaban con ella. Entre la cortina de agua y las sombras de los cipreses, se adivinaban los contornos de las figuras que bordeaban el ataúd en su descenso. En frente de mí acerté a adivinar la presencia de sus padres, dos figuras enjutas con aspecto de plantearse qué deudas les estaba cobrando la vida. Al otro lado estaba Eric, tan impasible y tan destrozado como siempre, cargando con las flores y con el dolor de otras tantas escenas similares. Y junto a mí, el malí Keita buscaba algo con la mirada perdida en el infinito que, supuse, no encontraría.
De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.
Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.
No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.
Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.
Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.
– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…
De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.
Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.
No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.
Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.
Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.
– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…
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