Cuando abrió los ojos, se dio cuenta. No había
duda. Era una vaca. Enorme. Sobrepasaba
impunemente todos los límites del crecimiento horizontal. Arrebataba al aire
mismo su posición en el espacio, conquistando a fuerza de volumen inmisericorde
todos los aledaños de su caótica masa corporal. Ante su empuje indómito, las propias
leyes de la física parecían flaquear arredradas y desdibujaban el tejido
espacio-temporal para poder hacerle hueco. Lucía, sin embargo, un extraño
orgullo en su obesidad, una altivez
nobiliaria ante la constatación innegable de su superioridad frente al patético
devenir de lo nimio. Se trataba, sin duda, de una gordura despótica en su inmensidad,
ante la cual él se sentía diminuto e impotente. Se juró a sí mismo, contrito,
no volver a beber tanto.
Porque ser insomne significa quedarse demasiado tiempo a solas con uno mismo. Ahí siempre estás tú. Y no deberías.
martes, 23 de octubre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
La tradición de la infamia
Nació con la vocación ineludible de dedicarse al negocio de la hipocresía consumada. Así que tras crecer, más por inercia que por voluntad, montó una tienda de souvenirs. Una sencilla caseta atestada de cachivaches negligentes con el pragmatismo hasta el desbordamiento. Cada día temprano, más por costumbre cívica que por necesidad, se acodaba entre todo aquello a ver pasar el devenir de los hipócritas.
Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.
Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".
Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".
Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.
Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!
Gente de toda clase y condición que, en fechas de renombre y días tontos, arreciaba por allí. Llegaban con esa impostada indiferencia del que se sabe engañado y a punto de engañar, pero lo disimula; trayendo siempre consigo la rémora de obligaciones y compromisos contraídos tácitamente con entes de su pasado y futuro próximos. E iniciaban su particular baile con el absurdo. Sabían de antemano la futilidad de todo aquello y les atormentaba la imposibilidad de rebeldía. Deambulaban, desolados, entre todos esos objetos henchidos de orgullo nobiliario al saberse superiores a todas esas minucias de la vida que debían reafirmar cotidianamente su utilidad para sobrevivir.
Esa pobre gente elegía al azar, siguiendo su instinto, su pereza clasista o sus estereotipos más arcaicos. "El imán de nevera para mamá, este llavero para el abuelo Leovigildo y aquella horrorosa estatuilla de escayola desportillada que se vanagloria indolentemente de insultar todo criterio de arte y fidelidad a la realidad, para la tía Tula".
Estas adquisiciones irresponsables conllevaban, inevitablemente, otro proceso no menos triste pero claramente representativo de que el concepto del progreso humano es un insulto a las víctimas. Y era el momento en el que los sujetos en cuestión recibían su presente envenenado con la aureola triste de la resignación: "Toma, un recuerdo de un sitio en el que he estado yo, huyendo de esta realidad cotidiana de la que tú formas parte, para que nos podamos hacer la falsa ilusión de que nos ha vencido la nostalgia por el distanciamiento eludiendo así todo incómodo y sobrevalorado remordimiento de conciencia".
Superado este mero trámite social, los preciosistas regalos pasaban a engrosar, ad infinitum, las decadentes listas del horterismo sin frontera de un hogar cualquiera, sonriendo ladinos por ser testigos mudos de esta tradición infame.
Él, mientras, también sonreía, anclado en la seguridad de que gracias al mercado del souvenir tenía resuelto su porvenir. Era consciente de ser imprescindible para el sostenimiento de una suerte de estabilidad mundial en la sombra. Estaba convencido de que, en caso de romperse el complejo ritual que se ofrecía en su miserable caseto, el advenimiento del caos sería inevitable. Porque, se decía, en una suerte de sabiduría instintiva, ¡qué sería del mundo sin la hipocresía!
lunes, 15 de octubre de 2012
Carta al director
Quisiera emular a Hunter S. Thompson enviando un carta al director de un periódico estableciendo las condiciones para mi contratación. Claro que, lo más probable, es que, como a él, no me contrate nadie. Pero será así igualmente, de forma que tómelo como un ejercicio de desahogo. Luego iré a echar el currículo al Mcdonald's, no se preocupe. Tal vez de mi promoción sea el que más gracia tenga escanciando Mcflurrys. O tal vez publiquen en el futuro una recopilación con todas mis cartas, a modo de redención póstuma; quién sabe. Figúrese que desde la Facultad de Periodismo se nos dice que el susodicho ha muerto. O que da los últimos coletazos agónicos. Que si Internet, que si la crisis, que si los anunciantes... Habéis de abriros a las nuevas posibilidades, reiventáos con el sistema, nos aconsejan. Y mientras preparan el entierro de la profesión, se han cargado la épica. Sed concisos, objetivos (esta es la sección de humor, tal vez), breves, aprended a comunicar... En realidad es que no tienen, en resumen, ni puta idea. El mundo de periodismo se divide en cuatro iluminados, varios inútiles que campan como Atila y sus hunos (al que se le moría toda la hierba, pobre) por las redacciones y el resto de fracasados que copan las universidades. Imagínese, aprended inglés nos dicen; el idioma del futuro, imprescindible. Y sucede en realidad que empiezan por flaquear en el castellano más aún que en las convicciones. 'Haber', que yo tengo el First y esas movidas, dirá alguno. Claro. Y yo sé chino, sólo (la RAE, otra conjunción de ínfulas alrededor de una mesa y un sueldo fijo) que no 'me se' entiende. Al final todos, hasta los presidentes del Gobierno, mire 'usté', sabemos hablar inglés. Nivel porno, eso si. Quizá la solución, en vez de tanto recortar en educación, sea recortar en tontería. Léanme ustedes a Kapuściński cuando acaben con el Marca. Correcto, has aguantado todas las clases magistrales sobre "el sentido trágico del relleno absurdo y sus conjuntos" para acabar pudiendo redactar en rica prosa y verbo fluidol la idiosincrasia del peinado de Cristiano Ronaldo o la descarnada soledad del poder estoicamente sobrellevada por The Special One (modestia aparte). Y lo de quejarse del sistema que sea flojito, que estos señores querrán descansar. Pero claro, qué se le va a pedir a estos tiempos en que todos los Ché Guevaras del mundo se levantan cada mañana a tuitear muy fuerte desde teléfonos más inteligentes que la mayoría y con baterías que duran más que sus anhelos. Lo mejor de todo es que cuando acaben de matar al periodismo se asegurarán de cobrar la indemnización. Faltaría más. Debéis abriros a los cambios, nos repetirán. Imagino que se referirán a los cambios de dueño. Mire usted a la épica, señor director, ahí llorando en un esquina. Rápido, digamos que pronto la prima de riesgo canjeará valores en el Reino de los Cielos fruto de su glorioso ascenso al más alto escalafón del neoliberalismo. Todo sea por alegrarle el día a alguien.
Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.
Bueno, no le molesto más, que va empezar Gandía Shore.
viernes, 12 de octubre de 2012
Bájame la Luna
Un día una mujer le pidió a su marido que le bajara la luna. A partir de ahí se desató el caos más atroz. El pobre hombre se enredó en una espiral de turbación, tratando de hallar la manera de secuestrar la Luna. Pasó noches en vela, cortejando a la locura con los delirios de sus fantasías. Erró la dirección y acabó más cerca del infierno que del cielo. Se hundió en el abismo y se marchitó en su propia desesperación. Hasta que, sin más, le llegó la inspiración. "Escalaré las nubes", pensó. Y se aplicó a generar vapor hasta obtener cientos de pequeñas nubes con las que ir escalando por el cielo. Pero la Luna, precavida, decidió no salir esa noche y el pobre hombre, sin una referencia clara en la oscuridad, se extravió sin remedio hasta ser un punto más lejano aún que la estrellas.
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
Aquella desolada mujer hubo, finalmente, de ir a un taller a que le bajaran la luna averiada del coche.
jueves, 4 de octubre de 2012
El llanto de una hormiga
Si quieres hallar el espectáculo más triste del mundo, imagínate a una hormiga que llora. Una diminuta hormiga que llora desconsoladamente. Imagínate la desamparada nimiedad del llanto de una hormiga. ¿Una hormiga que llora? Te preguntás. Oh, ¿y por qué llora? ¿Ha sucumbido al hastío de una existencia basada en lo ínfimo? ¿Ha alumbrado repentinamente la conciencia de ser del todo innecesaria para el mundo? ¿Se siente, tal vez, sola y perdida? ¿Qué puede motivar que una simple hormiguita rompa en herrumbroso lamento? ¿Será, tal vez, un arrebato nostálgico por aquella cópula con la hormiga reina que pudo ser y no fue? ¿Un amor que no puede sentir roto? Puede que sea que ha abandonado el nido y el devenir del tiempo le ha hecho perder sus alas; sintiéndose una irrisoriamente cruel metáfora del extravío de la esperanza. Puede que sea otra cosa. Imagínate a esa minúscula hormiga, apartada del ajetreo de la vida cotidiana, descomponiéndose su alma en los versos más tristes que se hayan compuesto nunca. Imagínate esa oda silenciosa a la pena más honda. Y te preguntarás, oh, ¿suspiráis, hormiga? Y de nuevo pensarás ¡qué banal, una hormiga que llora! Y, ciego, no te darás cuenta de que el llanto de una hormiga es la cosa más triste del mundo, porque a nadie le importa. La tristeza de la indiferencia de lo triste. Imagínate que no sabe qué le pasa porque no entiende conceptos abstractos. Imagínate el susurro del viento consolando a la hormiga con una caricia, suave, ajeno. Imagínate.
domingo, 9 de septiembre de 2012
¿Qué vas a hacer ahora?
Allí estábamos todos los que debíamos ser. Éramos pocos pero no hacía falta más. Ella lo hubiera querido así, sin estridencias, sin gestos grandilocuentes y falsos que diluyesen su momento de protagonismo. Pues era ella, indiscutiblemente, el personaje principal de esa función, su entierro. Caía una fina lluvia constante, plomiza, que calaba casi sin que te dieses cuenta. Supongo que era un favor del destino para ayudarnos a disimular nuestras lágrimas, que no pegaban con ella. Entre la cortina de agua y las sombras de los cipreses, se adivinaban los contornos de las figuras que bordeaban el ataúd en su descenso. En frente de mí acerté a adivinar la presencia de sus padres, dos figuras enjutas con aspecto de plantearse qué deudas les estaba cobrando la vida. Al otro lado estaba Eric, tan impasible y tan destrozado como siempre, cargando con las flores y con el dolor de otras tantas escenas similares. Y junto a mí, el malí Keita buscaba algo con la mirada perdida en el infinito que, supuse, no encontraría.
De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.
Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.
No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.
Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.
Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.
– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…
De fondo, ahogada por el sonido de la lluvia y por la indiferencia de quienes la escuchábamos, se oía la voz de un sacerdote declamando palabras grandiosas de despedida para alguien a quien jamás había conocido ni conocería ya. Vivimos en un mundo hipócrita; mas gracias a él pudimos saber que se iba una gran persona, amiga de sus amigos y otras redundancias varias. Mientras, en mi cabeza sonaba Everybody´s gotta learn sometimes, de Beck. Todos conseguimos aprender alguna vez. Menos ella, que se limitó a enseñarnos a todos. Los operarios del cementerio, amados con sus palas, echaban tierra sobre el ataúd que ya reposaba al fondo. Qué fascinante profesión la de enterrador, pensé, dedicados a devolver a la Tierra lo que es de ella.
Yo había insistido en esparcir sus cenizas por África, pensando que es lo que ella habría querido, pero en ese momento me la imaginaba mirándome, sonriendo burlona y diciendo algo como: “Cariño, me explotó una granada delante, ya estoy suficientemente esparcida por África”. Y sonreí por un instante. De lado, media sonrisa, como a ella le gustaba. Al final se impuso la decisión de sus padres y allí estaba ella, cada vez más bajo tierra, como despidiéndose gradualmente. A mitad de las paladas estallaron los sollozos, fuertes, incontrolables, sin aliento ni consuelo. Miré alrededor, buscando su procedencia, pensando que sería la madre tal vez, o Keita, que siempre ha sido muy sensible; y solo cuando me vi reflejado en un charco que la incesante lluvia había formado a mis pies, caí en la cuenta de que era yo el que lloraba. Volvió a hablarme ella, entonces - ¿Qué haces llorando, tonto?- dijo. – No… no lloro, se me ha metido algo en el ojo, solo eso. – Contemplé absorto el reflejo distorsionado de su risa en el charco. Ya no lloraba. – Acuérdate de ese niño muerto. No lloraste por él, no llores por mí. – siguió hablando. – No es lo mismo, a él no le quería. – respondí despacio. - ¿Lo ves? Siempre has sido un egoísta. Vete de aquí y vive, te he dado esa oportunidad.- sentenció mientras se desvanecía en la bruma de mi dolor. Pero yo volvía a sonreír; así era ella.
No sé cuánto más duró aquello, cuántas palabras vacías más se dijeron y cuánto tardaron los demás en decidir que ya se habían despedido como debían, que ya podían irse en paz consigo mismos. Pero ahí quedé yo solo, debajo de un ciprés que punteaba la lápida con los rayos de sol que se colaban entre sus hojas, extinta ya la lluvia. Un ramo empapado reposaba encima, la única nota de color entre el sombrío gris de aquel paisaje. Lentamente me senté en el suelo y me recosté contra el tronco del árbol, indiferente al agua que calaba mi ropa y al frío que se iba extendiendo. Era octubre y el otoño despuntaba en todo su ajado esplendor. Siempre he creído que el otoño es la estación perfecta para las despedidas, para la melancolía, para pasear bajo la lluvia y rememorar tiempos mejores. Hasta para irse era así de teatral, de efectista. Las hojas cayendo, el eco de la lluvia repicando, la lápida a contraluz, el ramo de flores desentonando entre todo aquello… Poética hasta el final. Empezaba a sentir los miembros entumecidos, como el pensamiento. Me levanté con dificultad y me acerqué a leer la inscripción de la lápida: Soñando por fin.
Respondiendo a un impulso de esos que nos acometen a veces, cuando menos se lo espera el mundo, y nos empujan a hacer cosas de las que no nos creeríamos capaces en nuestras reflexiones, recogí del suelo una piedra y me senté encima de la tumba. Y empecé a grabar, con pulso firme y lento, la frase con la que, sin ser consciente, ella se había despedido de mí: Espero que vuelvas siempre. Hasta entonces, no te vayas nunca. Ahora ya me podía ir. Ya no me quedaba nada por hacer allí. Me levanté y me alejé con paso tranquilo, sin rumbo fijo.
Fuera del cementerio me estaba esperando Eric, apoyado fumando sobre su desvencijado coche azul. Debí haberlo imaginado. - ¿Qué se dice en estos momentos?- preguntó. Ninguno respondió, no hacía falta. Siguió fumando en silencio, sin prisa, recreándose en las volutas de humo que ascendían pesadamente en el aire húmedo. A lo lejos, el sol se ponía sumiéndonos en la sombra, solidario con nuestro estado de ánimo, ofreciendo el contexto ideal a nuestros sentimientos. – Siempre hacía lo que quería; hasta para morirse.- dijo mientras me ofrecía un cigarro. Lo tomé y me lo puse en la boca sin encenderlo. – Se puede decir que he perdido la Esperanza, ¿no?- respondí, ajeno a su comentario – Aunque ella me dijo una vez que es lo último que se pierde. Tal vez sea eso, esperanza, lo único que me queda. Esperanza, a secas. La esperanza de vivir como ella quiso hacerlo. Ya sabes, para honrar su memoria y eso. – Tú no eres ella- cortó él, apagando su cigarro. – Cierto, no creo que quisiera que viva su vida… - Entonces, ¿qué vas a hacer ahora?- inquirió Eric.
Sus palabras murieron lentamente mientras el sol seguía ocultándose. Me tomé mi tiempo en responder, ninguno teníamos prisa. Hasta ese momento no había asumido su muerte, que ya no volvería a verla jamás, que solo me hablaba en sueños. Evoqué una vez más sus ojos color ron mirándome mientras el sol les arrancaba reflejos dorados, esos crueles reflejos dorados. Y me sentí solo. Me sentí vacío. Me sentí perdido. La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero la había perdido. Para siempre. - ¿Qué vas a hacer ahora?- me repetí a mí mismo. - ¿Qué se dice en estos momentos?-. Tal vez no tuviese que hacer nada, ni decir nada. Habíamos ido a África a hacerlo todo, a cambiar nuestras vidas, a salvarlas, a aportar ese granito de arena que se dice tan importante para cambiar el mundo. Y ella hizo algo muy pequeño o muy grande, según se mire, pero ¿para qué? Para cambiar nuestras vidas para siempre, solo eso. Me imaginé al mundo diciendo “Que se paren las personas, que yo me bajo”. Pero… ¿y si tal vez sí habíamos cambiado algo más que nuestras vidas? ¿Sería justo que lo que hizo cayese en el olvido, sin más? ¿No debería hacer que su legado perdurase? Sí, debía e iba a hacerlo. Ella tenía esa esperanza, seguro.
– Mmm… creo que escribiré un libro. – alcancé a responder. – Sí, un corazón roto que se desangra es la tinta perfecta para escribir la mejor de las historias…
viernes, 3 de agosto de 2012
Como viajar a África
Estaba tumbado en el estrecho catre de mi cabaña, tiritando aún ante el recuerdo de su proximidad mientras conversábamos en la fuente. Sentí mi pulso acelerarse al compás de mis anhelos, incapaz de conciliar el sueño por el susurro de su voz que me ardía en la nuca. Sentí la sangre huir de mi corazón y agolparse allá donde más nos delata mientras rememoraba la calidez de su cuerpo junto al mío.Y sus palabras: “Te estoy dando falsas esperanzas. Y es gracioso, ¿no crees? Porque me llamo Esperanza, ya sabes, un juego de palabras. Y su sonrisa, burlona,ladeada, como incitándome a llevarle la contraria, a seguir su juego. El brilloen sus ojos, aún más burlón, más seguro de sí mismo, más dueño de la situación.Sentí la sangre volver a subir, esta vez a mis mejillas. Y así, acalorado, teñido de rojo y semifebril me encontró ella. Apareció de repente, como siempre. Allí estaba, recortada contra el quicio de la puerta. La Luna por detrás delineaba su figura al contraluz, jugando cómplice con el contorno de su cadera, con la suave curvatura de su cuerpo. Sonrió, y en esa sonrisa parecía haber atrapado el espíritu de África, esa peligrosa y sugerente promesa de aventura, de otra vida a la que no debías aspirar siquiera.
Paralizado,vendido y entregado a su hechizo, me limité a contemplar cómo, aún en el umbral de mi puerta y de mis deseos, se deshacía del vestido que a duras penas tapaba lo que mi imaginación llevaba un rato acariciando. Lentamente dejó caer la ropa, que se fue deslizando por su cuerpo perlado de sudor, para quedar vestida solo con rayos de Luna. Estos componían un cuadro propio sobre el lienzo de su piel morena, invitando al espectador a enamorarse del arte en su conjunto. Asentir que aquello debía ser la representación física de la música, esa música que suena continua en tu cabeza y despiertas pasiones dormidas y sueños que no pueden dormir. Ella, consciente de que acababa de seducir al mundo, que había conseguido detener el tiempo y el espacio, o que dejaran de importar, que tenía a la Luna a su merced, que… ella vino hacia mí. Y el resto del mundo se fue, porque ya no pintaba nada allí. Más tarde caería en la cuenta que fueron solo tres pasos los que dio, pero nunca antes me había enfrentado a una espera más larga,tan interminable, tan imposible.
Me empujó hacia atrás, firme, fuerte, ardiente, y se tumbó encima. Y mi consciencia se redujo a los límites físicos de su olor y su contorno. Olía a té amargo, olía a ella. Jamás me olvidaré del primer beso. Ella siempre decía que fue raro, que lo di como si fuera el último de mi vida, como si me fuera a morir, que fue tan intenso que asusté hasta a la pasión. Y cierto es que por mí podría haber muerto. Y luego vinieron más, y más, y la pasión huyó asustada porque ella era más fiera. En algún momento de aquel momento hecho de momentos me vi sin ropa, solos ella y yo y el roce nuestros cuerpos bañados en sudor. Recuerdo que pensé que ese debía ser el Mar Vivo y reí tontamente. - ¿Te peso?- preguntó ella. – No, me besas poco- respondí. Su sonrisa otra vez, la sugerente, la que nacía en los ojos y te hacía morir a ti. Y más besos. Le di la vuelta entonces,dejándola debajo – No quiero que se diga que Dios pudo conmigo- apunté, a medio susurro. Y noté que me quedaba mucho, demasiado, por besar. Y empecé a bajar.Su respiración entrecortada en mi oído, sus latidos desbocados reverberando entre sus pechos. Y allí bajé. Lento. Disfrutando del camino, de perderme encada recoveco, de trazar rutas alternativas con la lengua. Un gemido. Suyo tal vez. Un mordisco. Otro gemido. Música de nuevo.
Fuide duna en duna de aquel ardiente desierto color miel. Hasta encontrar un oasis. Y allí me quedé. Nuevos gemidos. Sería el viento entre las palmeras, tal vez. – Mmm… sube, sube aquí… Hagamos un puzle en el que encajen las piezas…- apremió ella. Y ahí se acabaron las palabras y la canción derivó instrumental. Poco apoco, como cuando caes y sabes que el impacto llegará, pero no tienes prisa,sobrevino el clímax. Ese momento de momentos en el que se te olvida todo, en que se te olvida que estás en África tratando de salvar al mundo, o de salvarte a ti mismo, y solo importa ese escaso punto de unión entre dos cuerpos que se estremecen al mismo compás. Ese momento en que supones que la felicidad o la paz pueden ser algo más que meros conceptos y que yo me quedo aquí, sigan ustedes.
-¿Cómo describirías el sexo?- me preguntó después, mientras fumábamos abrazados contemplando las estrellas. - ¿El sexo? Como viajar a África. De repente te ves metido en un sitio húmedo, caliente y que envuelve todos tus sentidos, transformándote por un instante en algo distinto a lo que sueles ser. Sí, como viajar a África.– respondí, seguro de que sería la respuesta que la complacería. Y ella se rió,muy alto, muy fuerte, durante mucho tiempo. Rió y yo lo hice con ella hasta que ya no recordábamos por qué reíamos o por qué dejar de hacerlo. – Me aseguraré de avisar a los del aeropuerto por si intentas follártelos cada vez que vengamos.- añadió entrecortadamente, aún entre risas. – El sexo es como el sexo, y punto.
miércoles, 11 de abril de 2012
El mar
Estaba un niño sentado en el borde de un barranco con las piernas colgando en el vacío, la mirada ausente perdida en el infinito y la ciudad a su espalda. En esto que se le acercó un frágil anciano con aspecto milenario y reclamó su atención preguntándole si podía sentarse a su lado. El niño cabeceó afirmativamente y siguió absorto en su contemplación.
- ¿Qué ves ahí delante? - preguntó el anciano.
- El mar. - respondió sucinto el niño.
- ¿Y más allá? - insistió el anciano.
- Umm... El infinito, supongo. - reflexionó aquel niño.
- ¿Y a tu espalda? ¿Qué ves a tu espalda? - prosiguió el frágil anciano.
- ¿Detrás mía? Solo veo la ciudad. - se limitó a decir el niño.
- Ajá. ¿Y qué crees que significa? - inquirió una vez más.
- No lo sé... - respondió confuso el niño - Nada, supongo. Que está ahí y punto.
- Ah, solo está. Sí, es una posibilidad. Pero yo prefiero verlo de otra forma. - contestó el anciano.
- ¿Cómo? - se atrevió a preguntar el niño tras una larga pausa ensimismada.
- Oh, muy sencillo: detrás nuestra ya está todo construido, por eso debemos mirar siempre hacia delante. - argumentó el anciano. Tras eso, se puso trabajosamente en pie y se alejó del precipicio caminando hacia la ciudad con paso lento.
El niño, extrañado, lo vio marchar un rato. Después, se dio la vuelta indiferente, y siguió contemplando absorto el mar.
- ¿Qué ves ahí delante? - preguntó el anciano.
- El mar. - respondió sucinto el niño.
- ¿Y más allá? - insistió el anciano.
- Umm... El infinito, supongo. - reflexionó aquel niño.
- ¿Y a tu espalda? ¿Qué ves a tu espalda? - prosiguió el frágil anciano.
- ¿Detrás mía? Solo veo la ciudad. - se limitó a decir el niño.
- Ajá. ¿Y qué crees que significa? - inquirió una vez más.
- No lo sé... - respondió confuso el niño - Nada, supongo. Que está ahí y punto.
- Ah, solo está. Sí, es una posibilidad. Pero yo prefiero verlo de otra forma. - contestó el anciano.
- ¿Cómo? - se atrevió a preguntar el niño tras una larga pausa ensimismada.
- Oh, muy sencillo: detrás nuestra ya está todo construido, por eso debemos mirar siempre hacia delante. - argumentó el anciano. Tras eso, se puso trabajosamente en pie y se alejó del precipicio caminando hacia la ciudad con paso lento.
El niño, extrañado, lo vio marchar un rato. Después, se dio la vuelta indiferente, y siguió contemplando absorto el mar.
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