El periodismo no ha muerto, pero ha quedado tuerto. La instantaneidad ha robado al periodismo su sentido semiólogico básico, el concepto de periodicidad: el flujo de información procesada y analizada de forma regular. Ahora las noticias vuelan y los aeropuertos están saturados. La clásica figura del reportero aventurero lanzado a la difícil misión de atrapar una exclusiva allá donde se escondiese y elaborar un reportaje con el que sacarlo a la luz es hoy un nostálgico fósil del pasado. La tecnología y, sobre todo, la cultura del desfase continuo han vuelto obsoleto este modelo. Ahora cualquiera puede conocer de un ligero atisbo todo lo que está pasando en el mundo al momento, directo de la fuente. Todo lo que se pueda decir se ha dicho ya antes. Las prisas, la necesidad de actualización constante, convierten en superfluo el análisis que el periodista pueda ofrecer de los hechos. Prima la rapidez del servicio frente a su calidad. La investigación, el afán profundizador y la búsqueda del trasfondo de los acontecimientos decae en lenta agonía. Internet y su infinidad han tomado el relevo. Hoy en día, el público quiere conocer, no saber. Parece así inútil la labor periodística. Puede ser. Claro que aún queda una labor innata del periodismo que se resiste a claudicar: la manipulación. Los medios siguen siendo la herramienta ideal para controlar a las masas y generar opinión pública inducida. Aún no ha perdido la comunicación su sonrisa embaucadora de vendedor de enciclopedias. Ese reverso taimado que nos muestra solo una cara de la moneda. ¿Cuál? Depende. Tuerto ha quedado el periodismo, que ya solo mira al mundo con un ojo y habla con mil bocas. Descanse en paz lo que fue.
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